– Es un placer -dice.
Dios, ahora comprende por qué Peaches la quería para su último polvo. Una belleza increíble. Todas son guapas, pero esta…
Johnny Boy toma a Scachi del brazo.
– Sal -dice-, solo quería darte las gracias por organizar la velada. Sé que ha hecho falta mucha mano izquierda, muchos detalles. Si esta noche obtenemos los resultados que esperamos, tal vez pueda haber paz en la familia.
– Eso es lo único que deseo, Johnny.
– Y un lugar para ti en la mesa.
– No persigo eso -dice Scachi-. Solo amo a mi familia, Johnny. Amo esta cosa nuestra. Quiero verla fuerte, unida.
– Eso es lo que deseamos también nosotros, Sally.
– Tengo que ir a comprobar cómo va todo -dice Sal.
– Claro -dice Johnny Boy-. Ahora ya puedes llamar al rey y decirle que puede hacer su entrada, ahora que han llegado los súbditos.
– Escucha, esa es la clase de actitud…
Johnny Boy ríe.
– Feliz Navidad, Sal.
Se abrazan e intercambian besos en las mejillas.
– Feliz Navidad, Johnny. -Sal se pone el abrigo, a punto de salir-. Por cierto, Johnny…
– ¿Sí?
– Feliz Año Nuevo, joder.
Sal sale bajo el toldo. Una noche de puta pena. Caen cortinas de lluvia, que amenazan con convertirse en una tormenta de hielo. El trayecto de vuelta a Brooklyn será la hostia en verso.
Saca el pequeño walkie-talkie del bolsillo del chaquetón, lo sostiene bajo el cuello pegado a su boca.
– ¿Estás ahí?
– Sí -dice Callan.
– Voy a llamar al jefe para que entre -dice Sal-. El reloj se ha puesto en movimiento.
– ¿Todo va bien?
– Tal como quedamos -dice Sal-. Tienes diez minutos, muchacho.
Callan se acerca a un cubo de basura. Tira el estuche dentro, desliza el arma bajo su abrigo y empieza a recorrer la Cuarenta y seis abajo.
Bajo la lluvia.
El champán se derrama de la copa.
Carcajadas y risas.
– Qué coño -anuncia Peaches-. Hay de sobra.
Llena todas las copas.
Nora levanta la suya. En realidad, no piensa beber, solo tomará un sorbo durante el brindis inminente. De todos modos, le gusta sentir el cosquilleo de las burbujas en la nariz.
– Un brindis -dice Peaches-. Hay momentos malos en la vida pero también muy buenos. Así que nadie esté triste en estas fiestas La vida es bella. Tenemos muchas cosas que celebrar.
En este tiempo de esperanza, piensa Nora.
Y entonces se desata el infierno.
Callan abre el abrigo y saca el arma.
Apunta a través de la lluvia torrencial.
Bellavia es el primero en verle. Acaba de abrir la puerta del coche para que el señor Calabrese baje, levanta la vista y ve a Callan. Hay un brillo de reconocimiento, y después de alarma, en los ojos porcinos del hombre, está a punto de preguntar «¿Qué estás haciendo aquí?», pero adivina la respuesta y lanza la mano hacia su pistola, que guarda dentro del abrigo.
Demasiado tarde.
Su brazo queda destrozado cuando las balas de 9 milímetros Parabellum cosen su pecho. Cae contra la puerta abierta del Lincoln Continental negro, y después se desploma sobre la acera.
Callan vuelve el arma hacia Calabrese.
Sus ojos se encuentran medio segundo antes de que Callan vuelva a apretar el gatillo. El anciano se tambalea, y después parece fundirse con la lluvia hasta formar un charco.
Callan se yergue sobre los dos cuerpos caídos. Acerca el cañón a la cabeza de Bellavia y aprieta el gatillo dos veces. La cabeza de Bellavia rebota en el cemento mojado. Después Callan apoya el cañón en la sien de Calabrese y aprieta el gatillo.
Callan tira el arma, da media vuelta y camina hacia la Segunda avenida.
La sangre se cuela por el desagüe detrás de él.
Nora oye los chillidos.
La puerta se abre.
Los camareros entran gritando que han disparado a alguien fuera. Nora se levanta, como todos, pero sin saber por qué. No saben si salir corriendo a la calle o quedarse donde están.
Entonces, Sal Scachi entra a informarles.
– Todo el mundo quieto -ordena-. Han matado al jefe.
Nora se pregunta: ¿Qué jefe? ¿Quién?
Ahora el aullido de las sirenas ahoga todo lo demás, y pega un bote cuando…
Pop.
El corazón se le sube a la garganta. Todo el mundo se sobresalta cuando Johnny Boy, todavía sentado, sirve champán en su copa.
Un coche está esperando en la esquina.
La puerta trasera se abre y Callan sube. El coche gira hacia el este por la Cuarenta y siete, va hacia el FDR y se dirige a los barrios altos. Hay ropa nueva detrás. Callan se quita su ropa y se pone la nueva. Mientras tanto, el conductor no dice nada, se limita a abrirse paso con eficacia entre el tráfico brutal.
Hasta el momento, piensa Callan, todo marcha como habían planeado. Bellavia y Calabrese llegaron esperando encontrar la escena de un crimen, sus colegas brutalmente asesinados y el escenario preparado para el llanto y rechinar de dientes, y esperaban oír gritos de «Hemos venido para hacer las paces con nuestra familia».
Pero no era eso lo que Sal Scachi y el resto de la familia tenían en mente.
Si traficas, mueres, pero si no traficas también mueres, porque ahí residen el dinero y el poder. Y si permites que las demás familias se queden con todo el dinero y el poder, te encuentras abocado al suicidio. Ese era el razonamiento de Scachi, y era el correcto.
Por lo tanto, Calabrese tenía que desaparecer.
Y Johnny Boy tenía que convertirse en rey.
– Es algo generacional -había explicado Sal Scachi durante su largo paseo por Riverside Park-. Fuera lo viejo, adelante con lo nuevo.
Las cosas tardarán un tiempo en calmarse, por supuesto.
Johnny Boy negará cualquier implicación, porque los capos de las otras Cuatro Familias, o lo que queda de ellas, jamás aceptarían que hubiera hecho esto sin su permiso, que jamás le habrían concedido. («Un rey -le había sermoneado Scachi-, nunca sancionará el asesinato de otro rey.») Así que Johnny Boy jurará perseguir a los mamones traficantes de drogas que mataron a su jefe, y habrá algunos recalcitrantes leales a Calabrese que tendrán que seguir a su jefe al otro mundo, pero las cosas se calmarán al final.
Johnny Boy permitirá a regañadientes que le elijan como nuevo jefe.
Los demás jefes le aceptarán.
Y la droga correrá de nuevo.
Sin interrupciones desde Colombia hasta México, pasando por Honduras.
Hasta Nueva York.
Donde, al fin y al cabo, habrá Navidades Blancas.
Pero yo no estaré aquí para verlas, piensa Callan.
Abre la bolsa de lona que hay en el suelo.
Tal como habían acordado, cien mil dólares en metálico, un pasaporte, billetes de avión. Sal Scachi lo organizó todo. Un viaje a Sudamérica y un nuevo trabajo.
El coche entra en el puente de Triborough.
Callan mira por la ventanilla y, pese a la lluvia, ve la línea del horizonte de Manhattan. Ahí, en algún lugar, estaba mi vida, piensa. La Cocina, el Sagrado Corazón, el pub Liffey, el Landmark, el Glocca Morra, el Hudson, Michael Murphy y Kenny Maher y Eddie Friel. Y Jimmy Boylan, Larry Moretti y Matty Sheehan.
Y ahora, Tommy Bellavia y Paulie Calabrese.
Y los fantasmas vivos… Jimmy Peaches. Y O-Bop.
Siobhan.
Mira hacia Manhattan y lo que ve es su apartamento. Cuando ella se acercaba a la mesa para desayunar los domingos por la mañana. Despeinada, sin maquillaje, tan hermosa. Sentado con ella, con una taza de café y el periódico, que casi no había leído, mirando el gris Hudson y Jersey al otro lado.
Callan creció mecido por fábulas.
Cuchulain, Edward Fitzgerald, Wolfe Tone, Roddy McCorley, Pádraic Pearse, James Connelly, Sean South, Sean Barry, John Kennedy, Bobby Kennedy, el Domingo Sangriento, Jesucristo.
Todos terminaron cubiertos de sangre.
TERCERA PARTE. TLCAN
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