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Le introducen en una sala de estar a oscuras y le quitan la venda.

Álvarez se pone a gritar cuando ve al hombre alto espatarrado en la silla delante de él.

– ¿Sabe quién soy? -pregunta Art-. Era amigo íntimo de Ernie Hidalgo. Un hermano. Sangre de mi sangre.

Álvarez está temblando de manera incontrolable.

– Usted fue su torturador -dice Art-. Le raspó los huesos con pinchos metálicos, le metió dentro hierros al rojo vivo. Le dio inyecciones para mantenerle consciente y con vida.

– No -dice Álvarez.

– No me mienta -dice Art-. Solo conseguirá enfurecerme más. Lo tengo grabado en cinta.

Una mancha aparece en la parte delantera de los pantalones del médico y se extiende por una pernera.

– Se ha meado encima -dice Ramos.

– Desnudadle.

Le quitan la camisa y la dejan colgando alrededor de sus muñecas esposadas. Le bajan los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos. Los ojos de Álvarez se convierten en pequeñas órbitas de terror. Sobre todo cuando Kleindeist dice:

– Huela. ¿A qué huele?

Álvarez sacude la cabeza.

– En la cocina -continúa Kleindeist-. Piense: ya lo ha olido antes. ¿No? Muy bien: metal al rojo vivo. Un espetón.

Entra uno de los hombres de Ramos, sujetando el hierro al rojo vivo con una manopla de cocina.

Álvarez se desmaya.

– Despertadle -dice Art.

Ramos le dispara en la pantorrilla.

Álvarez recobra el sentido gritando.

– Inclinadle sobre el sofá.

Arrojan a Álvarez sobre el brazo del sofá. Dos hombres le sujetan los brazos y le abren las piernas. Otros dos inmovilizan sus pies en el suelo. El otro se acerca con el hierro y se lo enseña.

– No, por favor… No.

– Quiero los nombres -dice Art-. De todos los que vio en la casa con Ernie Hidalgo. Y los quiero ahora.

Ningún problema.

Álvarez empieza a largar como si le hubieran dado cuerda.

– Adán Barrera, Raúl Barrera -dice-. Ángel Barrera, Güero Méndez.

– ¿Cómo?

– Adán Barrera, Raúl Barrera…

– No -interrumpe Art-. El último nombre.

– Güero Méndez.

– ¿Estaba allí?

– Sí, sí, sí. Era el líder, señor. -Álvarez toma una bocanada de aire-. Él mató a Hidalgo.

– ¿Cómo?

– Una sobredosis de heroína -dice Álvarez-. Un accidente. Íbamos a liberarle. Lo juro. La verdad.

– Levantadle.

Art mira al sollozante médico.

– Va a declararlo por escrito. Contará todo sobre su implicación. Todo sobre los Barrera y Méndez. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

– Después redactará otra declaración -dice Art-, afirmando que no fue torturado ni coaccionado de ninguna manera a hacer esta declaración. ¿De acuerdo?

– Sí. -Recupera la compostura y empieza a negociar-. ¿Me ofrecerá algo a cambio de mi colaboración?

– Intercederé por usted, sí -dice Art.

Se sientan a la mesa de la cocina con papel y pluma. Una hora después, las dos declaraciones están terminadas. Art las lee, las guarda en su maletín.

– Ahora va a hacer un pequeño viaje -dice.

– ¡No, señor! -grita Álvarez. Conoce muy bien esos viajecitos. Suelen incluir palas y tumbas poco profundas.

– A Estados Unidos -dice Art-. Un avión nos espera en el aeropuerto. Supongo que vendrá por voluntad propia.

– Sí, por supuesto.

Por supuesto, piensa Art. El hombre acaba de delatar a los Barrera y a Güero Méndez. Sus esperanzas de vida en México son nulas, más o menos. Art confía en que en el penal federal de Marion su longevidad alcance proporciones bíblicas.

Dos horas después tienen a Álvarez, aseado y con unos pantalones limpios, en un avión con destino a El Paso, donde es detenido y acusado del asesinato mediante torturas de Ernie Hidalgo. En la cárcel le fotografían desnudo, desde la cabeza a las rodillas, para demostrar que no ha sido torturado.

Y Art, fiel a su promesa, intercede por Álvarez. Dice a los fiscales federales que no quiere la pena de muerte.

Quiere la perpetua sin posibilidad de que le concedan la libertad provisional.

Una vida sin esperanza.

El gobierno mexicano protestó y un escuadrón de abogados norteamericanos defensores de los derechos civiles se le sumaron, pero tanto Mette como Álvarez están sentados en la prisión federal de máxima seguridad de Marion, esperando el resultado de sus apelaciones, Quito Fuentes está en la celda de una cárcel de San Diego, y nadie se ha preocupado de frenar a Art Keller.

Los que quieren, no pueden.

Los que pueden, no quieren.

Porque mintió.

Art mintió como un bellaco al comité del Senado que investigaba los rumores acerca de que la CIA era cómplice de los manejos de la Contra en el intercambio de drogas por armas. Art todavía conserva en su cabeza una transcripción de su testimonio, como la banda sonora de una película que no puedes silenciar.

P: ¿Ha oído hablar de una compañía aérea de transportes llamada SETCO?

R: Lejanamente.

P: ¿Cree ahora o creyó en algún momento que los aviones de SETCO se utilizaban para transportar cocaína?

R: No sé nada acerca de eso.

P: ¿Ha oído hablar alguna vez de algo llamado el «Trampolín Mexicano»?

R: No.

P: ¿Puedo recordarle que está bajo juramento?

R: Sí.

P: ¿Ha oído hablar del TIWG?

R: ¿Qué es eso?

P: El Terrorist Incident Working Group.

R: Hasta ahora no.

P: ¿Y la directiva número tres de Seguridad Nacional?

R: No.

P: ¿Y de la NHAO?

El abogado de Art se inclinó hacia delante y dijo al micrófono:

– Abogado, si lo que quiere es ir a pescar, ¿puedo sugerirle que alquile una barca?

P: ¿Ha oído hablar de la NHAO? R: Hace muy poco, en los periódicos.

P: ¿Alguien de la NHAO le ha presionado en relación con su testimonio?

– No pienso permitir que esto se prolongue más -dijo el abogado de Art.

P: ¿Le presionó el coronel Craig, por ejemplo?

La pregunta tenía la intención de despertar a la prensa.

El coronel Scott Craig estaba metiendo la bandera norteamericana, con palo y todo, por el culo de otro comité, que intentaba colgarle el muerto del trato de armas a cambio de rehenes con los iraníes. Entretanto, Craig se estaba convirtiendo en un héroe del pueblo norteamericano, un ídolo de los medios, un patriota de la televisión. El país estaba concentrado en la atracción secundaria Irán-Contra, el asqueroso acuerdo de armas a cambio de rehenes, y no acababa de caer en la cuenta del verdadero escándalo: que la administración había ayudado a la Contra a intercambiar drogas por armas. Por lo tanto, la insinuación de que el coronel Craig, a quien Art había visto por última vez en Ilopongo descargando cocaína, había presionado a Keller para que guardara silencio dio paso a un momento de gran tensión.

– Esto es indignante, abogado -dijo el abogado de Art.

P: Estoy de acuerdo. ¿Su cliente contestará a la pregunta?

R: He venido para responder a sus preguntas sincera y adecuadamente, y es lo que estoy intentando hacer.

P: Por lo tanto, ¿contestará a la pregunta?

R: No conozco ni he mantenido conversaciones con el coronel Craig sobre ningún tema.

Los medios volvieron a dormitar.

P: ¿Qué sabe de algo llamado «Cerbero», señor Keller? ¿Ha oído hablar de eso?