R: No.
P: ¿Algo llamado Cerbero estuvo relacionado con el asesinato del agente Hidalgo?
R: No.
Althea abandonó la tribuna al oír la respuesta. Más tarde, en el Watergate, le dijo:
– Tal vez un grupo de senadores no puedan decirte que estás mintiendo, Art, pero yo sí.
– ¿No podríamos ir a cenar tranquilamente con los chicos? -preguntó Art.
– ¿Cómo pudiste hacerlo?
– ¿El qué?
– Alinearte con un grupo de fascistas…
– Basta.
Levantó la mano y le dio la espalda. Está harto de oírlo.
Está harto de todo, pensó Althea. Si ya se mostraba distante durante sus últimos meses en Guadalajara, fue una luna de miel comparado con el hombre que volvió de México. O no volvió, al menos el hombre al que consideraba su marido. No quería hablar, no quería escuchar. Pasó la mayor parte de su «permiso sin sueldo» sentado solo junto a la piscina de los padres de ella, dando largos y solitarios paseos por Pacific Palisades, o en la playa. Cuando se sentaba a cenar apenas hablaba, o, peor aún, lanzaba amargas diatribas acerca de la jodida política, y después se excusaba para subir, solo, o dar un paseo nocturno. Después se tumbaba en la cama, zapeaba como un poseso con el mando a distancia, saltando de canal en canal, anunciando que todo era una mierda. En las raras ocasiones en que hacían el amor (si es que podía llamarse así), era agresivo y veloz, como si intentara descargar su ira, más que expresar su amor o su lujuria.
– No soy un saco de arena -dijo Althea una noche, con él encima durante una de sus espectaculares depresiones poscoitales.
– Nunca te he pegado.
– No me refería a eso.
Siguió siendo un padre dedicado, aunque acartonado. Hacía todo lo de antes, pero como un robot, un robot que llevaba a los chicos al parque, el robot Art que enseñaba a Michael los secretos del bodyboarding, el robot Art que jugaba al tenis con Cassie. Los niños se daban cuenta.
Althea intentó que fuera a ver a alguien.
Art se rió.
– ¿Un loquero?
– Un loquero, un consejero, alguien.
– Lo único que hacen es atiborrarte de drogas -dijo él.
Pues atibórrate, hostia, pensó ella.
La cosa empeoró cuando llegaron las citaciones.
Las reuniones con los burócratas de la DEA, funcionarios de la administración, investigadores del Congreso. Y abogados, Dios mío, cuántos abogados. Althea estaba preocupada por si las facturas acababan por arruinarles, pero él decía que no debía preocuparse. «Alguien se hace cargo.» Nunca supo de dónde procedía el dinero, pero lo había, porque jamás vio ni una sola factura.
Art, por supuesto, se negó a hablar del tema.
– Soy tu mujer -le suplicó una noche-. ¿Por qué no te sinceras conmigo?
– Hay cosas que no puedes saber -fue la respuesta.
Deseaba hablar con ella, contárselo todo, salvar el abismo, pero no podía. Era como si existiera un muro invisible, un campo de fuerza de ficción científica (no entre ellos, sino dentro de él) que era incapaz de atravesar. Era como si estuviera todo el tiempo caminando en el agua, bajo el agua, mirando la luz del mundo real, pero viendo solo los rostros distorsionados por el agua de su mujer y sus hijos. Incapaz de llegar hasta ellos, incapaz de tocarles. Incapaz de dejar que le tocaran.
Cada vez se iba hundiendo más.
Se sumió en el silencio, el lento veneno de un matrimonio.
Aquel día en el Watergate miró a Althea y supo que ella sabía que se había tirado a la piscina, que había mentido para la administración, que les había ayudado a ocultar el jodido acuerdo que había inundado de crack las calles de los guetos norteamericanos.
Lo que ella ignoraba era el motivo.
Este es el motivo, piensa Art, mientras mira a través de la persiana el 2718 de la calle Cosmos, al otro lado de la calle, donde Tío Barrera está atrincherado.
– Ya te tengo, cabronazo -dice Art-.Y esta vez, nadie impedirá que caigas en mis garras.
Tío ha estado cambiando de residencia cada pocos días, moviéndose entre su docena de apartamentos y pisos de Guadalajara. Si es resultado del temor a ser detenido, o, como afirman los rumores, de haber estado fumando su propio producto, Tío está cada vez más paranoico.
Con motivo, piensa Art. Lleva tres días vigilando a Tío. Mucho tiempo para estar en el mismo lugar. Es probable que esta tarde se traslade.
Eso cree él.
Art tiene planes al respecto.
Pero hay que hacerlo bien.
Su gobierno ha prometido al gobierno mexicano que se hará con discreción. Sobre todo, no habrá daños colaterales. Y Art tienes que desaparecer lo antes posible. Tiene que parecer una operación mexicana desde el primer momento, un triunfo de los federales.
Lo que queráis, piensa Art.
Me da igual, Tío, mientras acabes en la celda de una cárcel.
Se acuclilla junto a la ventana y vuelve a mirar. La recompensa de mi Travesía del Desierto, como llama al espantoso período 87-89, cuando se abrió paso entre el campo de minas de las investigaciones, esperó sudando la acusación de perjurio que nunca llegó, vio que un presidente abandonaba el cargo y su vicepresidente (el mismo hombre que había dirigido la guerra secreta contra los sandinistas) le sustituía. Mi Travesía del Desierto, recuerda Art, trasladado de un trabajo administrativo a otro mientras su matrimonio agonizaba, mientras Althea y él se retiraban a habitaciones separadas y vidas separadas, mientras Althea solicitaba por fin el divorcio y él luchaba a cada paso del camino.
Incluso ahora, piensa Art, un fajo de papeles del divorcio continúan sin firmar sobre la mesa de la cocina de su pequeño apartamento en el centro de San Diego.
– Nunca permitiré que te lleves a mis hijos.
Por fin llegó la paz.
No para los Keller, sino para Nicaragua.
Se celebraron elecciones, los sandinistas fueron barridos, la guerra secreta llegó a su fin, y unos cinco minutos después Art fue a ver a John Hobbs para reclamar su recompensa.
La destrucción de todos los hombres implicados en el asesinato de Ernie Hidalgo.
La operación limpieza de la lista: Ramón Mette, Quito Fuentes, el doctor Álvarez, Güero Méndez.
Raúl Barrera.
Adán Barrera.
Y Miguel Ángel Barrera.
Tío.
Sea cual sea la opinión de Art sobre el presidente, John Hobbs, el coronel Scott Craig y Sal Scachi han demostrado ser hombres de palabra. Concedieron carta blanca a Art Keller y toda la colaboración posible. No se apartó ni un milímetro de su objetivo.
– Como resultado -había dicho Hobbs-, tenemos una embajada quemada en Honduras y una batalla en marcha por los derechos civiles, y nuestras relaciones diplomáticas con México están por los suelos. Para llevar la metáfora al límite, al Estado le encantaría celebrar un auto de fe contigo de protagonista, al cual Justicia aportaría los malvaviscos.
– Pero estoy seguro de contar con el pleno apoyo de la Casa Blanca y el presidente.
Una forma de recordar a Hobbs que, antes de que el actual presidente ocupara la Casa Blanca, estaba muy ocupado financiando a la Contra con cocaína, de modo que basta de chorradas acerca del «Estado» y la «Justicia».
La extorsión funcionó: Art recibió permiso para cazar a Tío.
No fue fácil arreglarlo.
Negociaciones al más alto nivel, en las que Art ni siquiera participó.
Hobbs fue a Los Pinos, la residencia del presidente, para hacer el trato: la detención de Miguel Ángel Barrera eliminaría un obstáculo fundamental para la aprobación del TLCAN.
El TLCAN es la clave, la clave absolutamente esencial de la modernización de México. Con ella, México puede dar el salto al nuevo siglo. Sin ella, la economía se estancará y derrumbará, y el país seguirá siendo otro país del Tercer Mundo más, anclado en la pobreza.
Por lo tanto, entregarán a Barrera como parte del trato.
Pero hay otra condición más preocupante: esa será la última detención. Esto salda las cuentas del asesinato de Hidalgo. Art Keller no podrá volver a entrar en el país nunca más. Detendrá a Barrera, pero no a Adán, ni a Raúl ni a Güero Méndez.