Con el fin de que se sienta mejor, va a ver al cura.
Rivera no es mal tipo, aunque un poco tonto. Adán se sienta en el despacho del cura, al otro lado del escritorio.
– Espero que no esté animando a Lucía a creer que es su falta de fe lo que impide encontrar una cura para nuestra hija -dice.
– Claro que no. Jamás se me ocurriría sugerir algo semejante.
Adán asiente.
– Pero hablemos de usted -dice Rivera-. ¿En qué puedo ayudarle, Adán?
– Estoy bien, la verdad.
– No puede ser fácil…
– No lo es. La vida es así. -¿Cómo están las cosas entre usted y Lucía?
– Bien.
Una mirada astuta aparece en los ojos de Rivera.
– ¿Y en el dormitorio, si me permite la pregunta? ¿Los deberes conyugales…?
Adán consigue reprimir una sonrisa de satisfacción. Siempre le divierte que los sacerdotes, esos eunucos autocastrados, quieran dar consejos sobre asuntos sexuales. Es como si un vegetariano se ofreciera a asarte un filete en la barbacoa. No obstante, es evidente que Lucía ha estado hablando de su vida sexual con el cura, de lo contrario el hombre jamás habría tenido el valor de abordar el tema.
La verdad es que no hay nada de que hablar.
No hay vida sexual. A Lucía le aterroriza la posibilidad de quedar embarazada. Y como la Iglesia prohíbe la anticoncepción artificial, y ella no hará nada que no signifique un compromiso total con las leyes de la Iglesia…
Adán le ha dicho cien veces que las probabilidades de tener otro bebé con un defecto de nacimiento son de una entre mil, de una entre un millón, pero la lógica no influye en ella. Sabe que él tiene razón, pero una noche le confiesa entre lágrimas que no puede soportar el recuerdo de aquel momento en el hospital, aquel momento en que le dijeron, en que vio…
No puede soportar la idea de revivir aquel momento.
Ha intentado varias veces hacer el amor con él, cuando los ritmos de la anticoncepción natural lo permitían, pero se quedaba paralizada. El terror y la culpa, observa Adán, no son afrodisíacos.
La verdad, le gustaría confesar a Rivera, es que no es importante para él. Que está ocupado en el trabajo, ocupado en casa, que todas sus energías se dedican a dirigir el negocio (de cuya naturaleza específica jamás se habla), cuidar de una niña minusválida muy enferma, y tratar de encontrar una cura para ella. Comparada con los sufrimientos de su hija, la falta de vida sexual es insignificante.
– Quiero a mi mujer -dice a Rivera.
– La he animado a tener más hijos -dice Rivera-. A…
Basta, piensa Adán. Esto empieza a ser insultante.
– Padre -dice-, de momento, nuestra única preocupación es Gloria.
Deja un cheque sobre la mesa.
Vuelve a casa y dice a Lucía que ha hablado con el padre Rivera y la charla ha fortalecido su fe.
Pero Adán solo cree en los números.
Le duele ser testigo de la fe inútil y triste de ella. Sabe que cada día se hace más daño, porque algo que Adán sabe con certeza es que los números nunca mienten. Trabaja con números cada día, todos los días. Toma decisiones fundamentales basadas en los números, y sabe que la aritmética es la ley absoluta del universo, que una prueba matemática es la única prueba.
Y los números dicen que su hija empeorará, no mejorará, a medida que vaya haciéndose mayor, que nadie escuchará o contestará a las fervientes oraciones de su mujer.
De modo que deposita su confianza en la ciencia, en que alguien descubra la fórmula correcta, el fármaco milagroso, el procedimiento quirúrgico que superará a Dios y a Su inútil séquito de santos.
Entretanto, lo único que se puede hacer es seguir poniendo un pie delante del otro en esta absurda maratón.
Ni Dios ni la ciencia pueden ayudar a su hija.
La piel de Nora es de un rosado intenso, debido al agua humeante del baño.
Lleva puesto un albornoz blanco grueso y una toalla en la cabeza a modo de turbante. Se deja caer en el sofá, apoya los pies sobre la mesita auxiliar y levanta la carta.
– ¿Vas a hacerlo? -pregunta.
– ¿Voy a hacer qué? -pregunta Parada, cuando la pregunta de Nora le distrae del dulce ensueño del disco de Coltrane que suena en el estéreo.
– Dimitir.
– No lo sé -dice él-. Supongo que sí. Quiero decir, una carta del propio Papa…
– Pero dijiste que era una solicitud. Está pidiendo, no ordenando.
– Una simple cortesía -dice Parada-. Viene a ser lo mismo. Nadie se niega a una petición del Papa.
Nora se encoge de hombros.
– Siempre hay una primera vez.
Parada sonríe. Ah, la valentía despreocupada de la juventud. Es un defecto y una virtud al mismo tiempo, piensa, de la gente joven tener tan poco respeto por la tradición, y menos aún por la autoridad. ¿Que un superior te pide que hagas algo que no quieres hacer? Fáciclass="underline" niégate.
Pero sería muy fácil acceder, piensa. Más que fáciclass="underline" tentador. Dimitir y convertirse en un simple párroco otra vez, o aceptar un destino en un monasterio, «un período de reflexión», como dirían ellos. Un tiempo de contemplación y plegaria. Suena maravilloso, en contraposición a la tensión y la responsabilidad constantes. Las interminables negociaciones políticas, los incesantes esfuerzos por conseguir comida, viviendas, medicinas. Por no hablar del alcoholismo crónico, los malos tratos conyugales, el paro y la pobreza, las innumerables tragedias que se derivan de todo eso. Es una carga, piensa, muy consciente de su autocompasión, y ahora el Papa no solo desea quitarle el cáliz de las manos, sino que está pidiendo que lo suelte.
Bien, de hecho me lo arrebatará por la fuerza si no lo entrego por voluntad propia.
Eso es lo que Nora no comprende.
Una de las pocas cosas que Nora no comprende.
Hace años que va a verle. Al principio eran breves visitas de unos días, y prestaba su ayuda en el orfanato de las afueras de la ciudad. Después las visitas se prolongaron más, se quedaba unas cuantas semanas, y después las semanas se convirtieron en meses. Después volvía a Estados Unidos para hacer lo que hace para ganar dinero, y luego regresaba, y las estancias en el orfanato se alargaban cada vez más.
Lo cual es estupendo, porque su colaboración es inestimable.
Para su sorpresa, se ha dado cuenta de que lo hace muy bien. Algunas mañanas cuida de los chicos de preescolar, otras se dedica a supervisar la reparación de los, al parecer, interminables problemas de fontanería, o a negociar con los contratistas los precios de la nueva residencia. O va en coche al gran mercado central de Guadalajara para conseguir al mejor precio los comestibles de la semana.
Al principio, cada vez que se presentaba una nueva tarea, rezongaba la misma frase: «No sé nada de esto». Y siempre recibía la misma respuesta de la hermana Camila: «Ya aprenderás».
Y aprendió. Se ha convertido en una verdadera experta en las complejidades de la fontanería del Tercer Mundo. Los contratistas locales la aman y odian al mismo tiempo. Es muy guapa, pero implacable, y se quedan sorprendidos y complacidos al mismo tiempo cuando ven a una mujer acercarse y pronunciar en un español deficiente pero eficaz: No me quiebres el culo.
En otras ocasiones, puede ser tan seductora y adorable que le dan lo que quiere sin casi obtener beneficios. Se inclina hacia delante y les mira con aquellos ojos y aquella sonrisa, y les dice que aquel tejado no puede esperar hasta que reúnan el dinero. Las lluvias se acercan, ¿es que no ven el cielo?
No. No lo ven. Lo que ven es su cara y su cuerpo y, seamos sinceros, su alma, y van a arreglar el condenado tejado. Y saben que, de todos modos, va a conseguir el dinero, porque, ¿quién se lo va a negar en la diócesis?