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– No.

Es pura salvación. Esa sencilla afirmación, Colón no trajo a Dios consigo, hizo más que mil catecismos por lanzar un renacimiento espiritual en Chiapas, cuando el pueblo indígena empezó a buscar en su cultura señales del Dios revelado. Y las encontraron: en sus costumbres, en su administración de la tierra, en las antiguas leyes de cómo tratar a sus hermanos. Fue solo entonces, después de encontrar a Dios en su seno, cuando pudieron recibir la buena noticia de Jesucristo.

Y la esperanza de redención. De quinientos años de esclavitud. Medio milenio de opresión, humillación y pobreza extrema, desesperada, criminal. Y si Cristo no venía a redimir eso, nunca vendría.

– ¿Qué le parece esto? -dijo Antonucci-. «El misterio de la Santísima Trinidad no es el acertijo matemático de Tres en Uno. Es la manifestación del Padre en la política, del Hijo en la economía, y del Espíritu Santo en la cultura.» ¿De veras refleja esto su forma de pensar?

– Sí.

Sí, porque Dios necesita todo eso (política, economía y cultura) para revelarse en todo su poder. Por eso hemos dedicado los últimos siete años a construir centros culturales, clínicas, cooperativas agrícolas y, sí, organizaciones políticas.

– ¿Reduce Dios Padre a simple política, y a Nuestro Señor Jesucristo a una cátedra de teoría marxista en un departamento de economía de tercera fila? Ni siquiera voy a comentar la blasfema relación del Espíritu Santo con la cultura pagana local, signifique eso lo que signifique.

– El problema reside en que usted no sabe lo que significa.

– No -replicó Antonucci-, el problema es que usted sí lo sabe.

– ¿Quiere saber lo que me preguntó el otro día un indio anciano?

– Me lo va a contar de todas formas.

– Me preguntó: «¿Este Dios de usted salva solo las almas? ¿O también salva los cuerpos?».

– Tiemblo solo de pensar en lo que pudo haberle contestado.

– Más le vale.

Estaban sentados a ambos lados de un escritorio, mirándose fijamente, y entonces Parada se contuvo un poco y trató de explicarse.

– Fíjese en lo que estamos consiguiendo en Chiapas: ahora tenemos seis mil catecúmenos indígenas, esparcidos por todos los pueblos, que enseñan el Evangelio.

– Sí, fijémonos en lo que ha conseguido en Chiapas -replicó Antonucci-. Tiene el porcentaje más elevado de conversos al protestantismo de todo México. Poco más de la mitad de su gente son católicos, el porcentaje más bajo de México.

– Así que eso es lo único que importa -replicó Parada-. Coca-Cola está preocupada por perder mercado en relación con Pepsi.

Pero Parada se arrepintió al instante de la pulla. Fue inmadura, orgullosa y acabó con cualquier posibilidad de acercamiento.

Y el principal argumento de Antonucci es cierto, piensa ahora. Fui al campo a convertir a los indígenas.

En cambio, ellos me convirtieron a mí.

Y ahora, este horror del TLCAN les arrebataría la poca tierra que poseían, para dejar sitio a ranchos grandes más «eficaces». Para abrir paso a fincas de café más grandes, explotaciones mineras y madereras, y por supuesto, perforaciones petrolíferas.

¿Ha de sacrificarse todo en aras del capitalismo?, se pregunta.

Se levanta, baja la música y busca sus cigarrillos en la sala. Siempre los tiene que buscar, como pasa con sus gafas. Ella no le ayuda, aunque los ve junto a una mesilla auxiliar. Está fumando demasiado. No puede evitarlo.

– El humo me molesta -dice.

– No voy a encenderlo -dice él cuando encuentra el paquete-. Solo voy a chuparlo.

– Prueba el chicle.

– No me gusta el chicle.

Se sienta frente a ella.

– Quieres que lo deje.

Ella sacude la cabeza.

– Quiero que hagas lo que quieras.

– Deja de llevarme la corriente -dice él con brusquedad-. Dime lo que piensas.

– Tú lo has preguntado. Mereces otro tipo de vida. Te lo has ganado. Si decides dimitir, nadie te culpará. Culparán al Vaticano, y podrás alejarte de todo esto con la cabeza bien alta.

Se levanta del sofá, camina hacia el bar y se sirve una copa de vino. Le apetece el vino, pero sobre todo desea evitar el contacto visual. No quiere que la mire cuando dice:

– Soy egoísta, de acuerdo. No soportaría que te pasara algo.

– Ah.

El pensamiento compartido, no verbalizado, flota entre ellos: si me retirara no solo del cardenalato, sino del sacerdocio, entonces podríamos…

Pero él nunca podría hacerlo, piensa Nora, y yo no querría que lo hiciera.

Y tú eres un viejo de lo más idiota, piensa él. Ella tiene cuarenta años menos que tú, y tú eres un sacerdote.

– Temo que soy yo el egoísta -dice en cambio él-. Tal vez nuestra amistad te está impidiendo buscar una relación…

– No.

– … que satisfaga más tus necesidades.

– Tú satisfaces todas mis necesidades.

La expresión de su cara es tan seria que él se queda sorprendido un momento. Aquellos ojos maravillosos tan intensos.

– Todas no -contesta.

– Todas.

– ¿No quieres un marido? ¿Una familia? ¿Hijos?

– No.

Nora tiene ganas de chillar: «No me abandones. No me obligues a abandonarte». No necesito marido, familia, ni hijos. No necesito sexo, dinero, comodidades o seguridad.

Te necesito a ti.

Para lo cual deben de existir millones de razones psicológicas: un padre indiferente, disfunción sexual, temor a comprometerse con un hombre que esté disponible. Un loquero se lo pasaría en grande, pero me da igual. Tú eres el mejor hombre que he conocido. El mejor, el más inteligente, cariñoso, divertido que he conocido, y no sé qué haría si algo te pasara, así que no te vayas, por favor. No me obligues a marcharme.

– No vas a renunciar, ¿verdad?

– No puedo.

– De acuerdo.

– ¿Sí?

– Seguro.

En ningún momento pensó que fuera a renunciar.

Una suave llamada a la puerta, y el ayudante del obispo murmura que ha llegado un visitante imprevisto, a quien le han dicho…

– ¿Quién es? -pregunta Parada.

– Un tal señor Barrera -dice el ayudante-. Le he dicho…

– Le recibiré.

Nora se levanta.

– De todos modos, tengo que irme.

Se abrazan y ella va a vestirse.

Parada entra en su despacho privado y encuentra a Adán sentado.

Ha cambiado, piensa Parada.

Aún conserva la cara juvenil, pero es un chico preocupado. Y no me extraña, piensa Parada, con la hija enferma. Parada le ofrece la mano. Adán la toma e, inesperadamente, le besa el anillo.

– Eso ha sido de todo punto innecesario -dice Parada-. Ha pasado mucho tiempo, Adán.

– Casi seis años.

– Entonces, ¿por qué…?

– Gracias por los regalos que envió a Gloria -dice Adán.

– De nada. También digo misas por ella. Y ofrezco mis oraciones.

– Las agradecemos más de lo que usted piensa.

– ¿Cómo está Gloria?

– Como siempre.

Parada asiente.

– ¿Y Lucía?

– Bien, gracias.

Parada se sienta detrás del escritorio. Se inclina hacia delante, enlaza los dedos y mira a Adán con estudiada expresión pastoral.

– Hace seis años me puse en contacto contigo y te pedí clemencia para un hombre indefenso. Tu respuesta fue asesinarle.

– Fue un accidente -dice Adán-. Estaba fuera de mi control.

– Puedes mentirte a ti y a mí -replica Parada-, pero no a Dios.

¿Por qué no?, se pregunta Adán. Él nos miente a nosotros.

– Le juro por mi vida y la de mi hija que iba a dejar en libertad a Hidalgo -dice en cambio-. Uno de mis colegas le administró accidentalmente una sobredosis, con la intención de paliar su dolor.

– Que necesitaba porque fue torturado.

– No fui yo.

– Basta, Adán -dice Parada, y agita las manos como para alejar las evasivas-. ¿Para qué has venido? ¿En qué puedo ayudarte?

– No es para mí.

– Entonces…

– Le pido que sea pastor de mi tío.

– Jesús caminó sobre las aguas -dice Parada-. Que yo sepa, no ha vuelto a repetirse.

– ¿Qué quiere decir?

– ¿Qué quiero decir? -contesta Parada mientras coge un paquete de cigarrillos, se lleva uno a la boca con una mano temblorosa y lo enciende-. Que pese a la línea oficial del partido, debo creer que algunas personas están más allá de la redención. Lo que tú pides es un milagro.

– Pensé que se dedicaba al negocio de los milagros.

– Así es -contesta Parada-. Por ejemplo, en este mismo momento estoy intentando dar de comer a miles de personas hambrientas, proporcionarles agua potable, casas decentes, medicinas, educación y alguna esperanza de futuro. Cualquiera de estas cosas sería un milagro.

– Si es una cuestión de dinero…

– Métete el dinero en el culo -dice Parada-. ¿Me he expresado con claridad?

Adán sonríe, y recuerda por qué quiere a este hombre. Y por qué el padre Juan es el único cura lo bastante duro para ayudar a Tío.

– Mi tío vive en un tormento-dice.

– Bien. Se lo merece.

Cuando Adán enarca una ceja, Parada dice:

– No estoy seguro de creer en el infierno de las llamas, Adán, pero si existe uno, no me cabe duda de que tu tío acabará en él.

– Es un adicto al crack.

– Me abstendré de comentar la ironía de la circunstancia -dice Parada-. ¿Conoces el concepto de karma?

– Vagamente -dice Adán-. Sé que necesita ayuda. Y sé que usted no puede negarse a ayudar a un alma atormentada.

– Un alma que acude arrepentida de verdad, en busca de una forma de cambiar su vida -dice Parada-. ¿Describe esa frase a tu tío?

– No.

– ¿Te describe a ti?

– No.

Parada se levanta.

– Entonces, ¿de qué tenemos que hablar?

– Vaya a verle, por favor -dice Adán. Saca una libreta del bolsillo de la chaqueta y escribe la dirección de Tío-. Si pudiera convencerle de que fuera a una clínica, a un hospital…

– Hay cientos de personas en mi diócesis que quieren seguir ese tratamiento y no se lo pueden permitir -dice Parada.

– Envíe cinco con mi tío, y me envía las facturas a mí.

– Como ya he dicho antes.

– Sí, que me meta el dinero en el culo -dice Adán-. Sus principios, el sufrimiento de los demás.

– Por culpa de las drogas que vendes.

– Y lo dice con un cigarrillo en la boca.

Adán agacha la cabeza, contempla el suelo durante un segundo.

– Lo siento. He venido a pedirle un favor. Tendría que haber cambiado de actitud en la puerta. Quería hacerlo.

Parada da una larga calada al cigarrillo, se acerca a la ventana y mira el zócalo, donde los vendedores callejeros han extendido sus mantas y dispuesto los milagros que venden.

– Iré a ver a Miguel Ángel -dice-. Dudo que sirva de algo.

– Gracias, padre Juan.

Parada asiente.

– Padre Juan…

– ¿Sí?

– Hay mucha gente que quiere saber esa dirección.

– No soy policía -replica Parada.

– No tendría que haber dicho nada -contesta Adán. Camina hacia la puerta-. Adiós, padre Juan. Gracias.

– Cambia de vida, Adán.

– Es demasiado tarde.

– Si de veras lo creyeras, no habrías venido.

Parada acompaña a Adán hasta el pequeño vestíbulo, donde está esperando una mujer con una pequeña bolsa de viaje colgada del hombro.

– Tengo que irme -dice Nora a Parada. Mira a Adán y sonríe.

– Nora Hayden -dice Parada-. Adán Barrera.

– Mucho gusto -dice Adán.

– Mucho gusto. -Nora se vuelve hacia Parada-. Volveré dentro de unas semanas.

– Ojalá sea así.

Ella se vuelve para salir.

– Yo también me voy -dice Adán-. ¿Puedo llevarle la bolsa? ¿Necesita un taxi?

– Muy amable.

Nora besa a Parada en la mejilla.

– Adiós.

– Buen viaje.

– Esa sonrisa irónica… -dice ella fuera, en el zócalo.

– ¿Yo he sonreído con ironía?

– … no viene a cuento. No es lo que usted piensa.

– Me ha malinterpretado -dice Adán-. Quiero y respeto a ese hombre. Jamás envidiaré la felicidad que pueda encontrar en este mundo.

– Solo somos amigos.

– Como usted diga.

– Es la verdad.

Adán mira al otro lado de la plaza.

– Allí hay un buen café. Me disponía a desayunar, y detesto comer solo. ¿Tiene tiempo y ganas de acompañarme?

– No he comido nada.

– Pues vamos -dice Adán. Cruza la calle con ella-. Perdone, tengo que llamar por teléfono.

– Adelante.

Saca el móvil y marca el número de Gloria.

– Hola, sonrisa de mi alma -dice cuando ella contesta. Ella es la sonrisa de su alma. Su voz es su aurora y su crepúsculo-. ¿Cómo te encuentras esta mañana?

– Bien, papá. ¿Dónde estás?

– En Guadalajara. He ido a ver a Tío.

– ¿Cómo está?

– Bien, también -dice Adán. Contempla la plaza donde se han reunido los vendedores ambulantes-. Consuelo de mi corazón, aquí venden pájaros cantores. ¿Quieres que te traiga uno?

– ¿Qué cantan, papá?

– No sé. Creo que tienes que enseñarles canciones. ¿Te sabes alguna?

– Papá, yo siempre te canto -ríe la niña, complacida, pues sabe que su padre está bromeando.

– Ya lo sé.

Tus canciones me parten el corazón.

– Sí, papá, por favor. Me encantaría tener un pájaro.

– ¿De qué color?

– ¿Amarillo?

– Creo que veo uno amarillo.

– O verde. De cualquier color, papá. ¿Cuándo volverás a casa?

– Mañana por la noche -dice Adán-. Tengo que ir a ver a tío Güero, y después vuelvo.

– Te echo de menos.

– Yo también te echo de menos. Te llamaré esta noche.

– Te quiero.

– Te quiero.

Finaliza la llamada.

– ¿Su novia? -pregunta Nora.

– El amor de mi vida -contesta Adán-. Mi hija.

– Ah.

Eligen una mesa de la terraza. Adán le acerca una silla, y después se sienta. Contempla aquellos increíbles ojos azules. Ella no aparta la vista, se encoge o enrojece. Sostiene su mirada.

– ¿Y su mujer?

– ¿Qué pasa con ella?

– Es lo que le iba a preguntar -dice Nora.