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– No es para mí.

– Entonces…

– Le pido que sea pastor de mi tío.

– Jesús caminó sobre las aguas -dice Parada-. Que yo sepa, no ha vuelto a repetirse.

– ¿Qué quiere decir?

– ¿Qué quiero decir? -contesta Parada mientras coge un paquete de cigarrillos, se lleva uno a la boca con una mano temblorosa y lo enciende-. Que pese a la línea oficial del partido, debo creer que algunas personas están más allá de la redención. Lo que tú pides es un milagro.

– Pensé que se dedicaba al negocio de los milagros.

– Así es -contesta Parada-. Por ejemplo, en este mismo momento estoy intentando dar de comer a miles de personas hambrientas, proporcionarles agua potable, casas decentes, medicinas, educación y alguna esperanza de futuro. Cualquiera de estas cosas sería un milagro.

– Si es una cuestión de dinero…

– Métete el dinero en el culo -dice Parada-. ¿Me he expresado con claridad?

Adán sonríe, y recuerda por qué quiere a este hombre. Y por qué el padre Juan es el único cura lo bastante duro para ayudar a Tío.

– Mi tío vive en un tormento-dice.

– Bien. Se lo merece.

Cuando Adán enarca una ceja, Parada dice:

– No estoy seguro de creer en el infierno de las llamas, Adán, pero si existe uno, no me cabe duda de que tu tío acabará en él.

– Es un adicto al crack.

– Me abstendré de comentar la ironía de la circunstancia -dice Parada-. ¿Conoces el concepto de karma?

– Vagamente -dice Adán-. Sé que necesita ayuda. Y sé que usted no puede negarse a ayudar a un alma atormentada.

– Un alma que acude arrepentida de verdad, en busca de una forma de cambiar su vida -dice Parada-. ¿Describe esa frase a tu tío?

– No.

– ¿Te describe a ti?

– No.

Parada se levanta.

– Entonces, ¿de qué tenemos que hablar?

– Vaya a verle, por favor -dice Adán. Saca una libreta del bolsillo de la chaqueta y escribe la dirección de Tío-. Si pudiera convencerle de que fuera a una clínica, a un hospital…

– Hay cientos de personas en mi diócesis que quieren seguir ese tratamiento y no se lo pueden permitir -dice Parada.

– Envíe cinco con mi tío, y me envía las facturas a mí.

– Como ya he dicho antes.

– Sí, que me meta el dinero en el culo -dice Adán-. Sus principios, el sufrimiento de los demás.

– Por culpa de las drogas que vendes.

– Y lo dice con un cigarrillo en la boca.

Adán agacha la cabeza, contempla el suelo durante un segundo.

– Lo siento. He venido a pedirle un favor. Tendría que haber cambiado de actitud en la puerta. Quería hacerlo.

Parada da una larga calada al cigarrillo, se acerca a la ventana y mira el zócalo, donde los vendedores callejeros han extendido sus mantas y dispuesto los milagros que venden.

– Iré a ver a Miguel Ángel -dice-. Dudo que sirva de algo.

– Gracias, padre Juan.

Parada asiente.

– Padre Juan…

– ¿Sí?

– Hay mucha gente que quiere saber esa dirección.

– No soy policía -replica Parada.

– No tendría que haber dicho nada -contesta Adán. Camina hacia la puerta-. Adiós, padre Juan. Gracias.

– Cambia de vida, Adán.

– Es demasiado tarde.

– Si de veras lo creyeras, no habrías venido.

Parada acompaña a Adán hasta el pequeño vestíbulo, donde está esperando una mujer con una pequeña bolsa de viaje colgada del hombro.

– Tengo que irme -dice Nora a Parada. Mira a Adán y sonríe.

– Nora Hayden -dice Parada-. Adán Barrera.

– Mucho gusto -dice Adán.

– Mucho gusto. -Nora se vuelve hacia Parada-. Volveré dentro de unas semanas.

– Ojalá sea así.

Ella se vuelve para salir.

– Yo también me voy -dice Adán-. ¿Puedo llevarle la bolsa? ¿Necesita un taxi?

– Muy amable.

Nora besa a Parada en la mejilla.

– Adiós.

– Buen viaje.

– Esa sonrisa irónica… -dice ella fuera, en el zócalo.

– ¿Yo he sonreído con ironía?

– … no viene a cuento. No es lo que usted piensa.

– Me ha malinterpretado -dice Adán-. Quiero y respeto a ese hombre. Jamás envidiaré la felicidad que pueda encontrar en este mundo.

– Solo somos amigos.

– Como usted diga.

– Es la verdad.

Adán mira al otro lado de la plaza.

– Allí hay un buen café. Me disponía a desayunar, y detesto comer solo. ¿Tiene tiempo y ganas de acompañarme?

– No he comido nada.

– Pues vamos -dice Adán. Cruza la calle con ella-. Perdone, tengo que llamar por teléfono.

– Adelante.

Saca el móvil y marca el número de Gloria.

– Hola, sonrisa de mi alma -dice cuando ella contesta. Ella es la sonrisa de su alma. Su voz es su aurora y su crepúsculo-. ¿Cómo te encuentras esta mañana?

– Bien, papá. ¿Dónde estás?

– En Guadalajara. He ido a ver a Tío.

– ¿Cómo está?

– Bien, también -dice Adán. Contempla la plaza donde se han reunido los vendedores ambulantes-. Consuelo de mi corazón, aquí venden pájaros cantores. ¿Quieres que te traiga uno?

– ¿Qué cantan, papá?

– No sé. Creo que tienes que enseñarles canciones. ¿Te sabes alguna?

– Papá, yo siempre te canto -ríe la niña, complacida, pues sabe que su padre está bromeando.

– Ya lo sé.

Tus canciones me parten el corazón.

– Sí, papá, por favor. Me encantaría tener un pájaro.

– ¿De qué color?

– ¿Amarillo?

– Creo que veo uno amarillo.

– O verde. De cualquier color, papá. ¿Cuándo volverás a casa?

– Mañana por la noche -dice Adán-. Tengo que ir a ver a tío Güero, y después vuelvo.

– Te echo de menos.

– Yo también te echo de menos. Te llamaré esta noche.

– Te quiero.

– Te quiero.

Finaliza la llamada.

– ¿Su novia? -pregunta Nora.

– El amor de mi vida -contesta Adán-. Mi hija.

– Ah.

Eligen una mesa de la terraza. Adán le acerca una silla, y después se sienta. Contempla aquellos increíbles ojos azules. Ella no aparta la vista, se encoge o enrojece. Sostiene su mirada.

– ¿Y su mujer?

– ¿Qué pasa con ella?

– Es lo que le iba a preguntar -dice Nora.

La puerta chasquea como un disparo.

El metal destroza la madera.

El pito de Tío se sale de la chica cuando se vuelve y ve que los federales irrumpen por la puerta.

Art piensa que es casi cómico ver a Tío arrastrar los pies con los pantalones en los tobillos, en un burdo intento de correr, el gotero móvil siguiéndole como un lacayo servil, con la intención de llegar a las armas amontonadas en un rincón de la habitación. Entonces el gotero móvil se derrumba, le arranca la aguja del brazo, Tío cae sobre las armas y se levanta con una granada de mano, forcejeando con la anilla hasta que un federal le arrebata la granada de la mano.

Un culo gordo y blanco sobresale de la mesa de la cocina, como una pila de masa gigantesca. Ramos se acerca y lo golpea con la culata del rifle.

Ella suelta un «Ay» indignado.

– Tendrías que haber preparado el desayuno, puta perezosa.

Ramos la agarra del pelo y la levanta.

– Ponte los pantalones, nadie quiere ver tus gordas nalgas.

– Te daré cinco millones de dólares -dice Ángel al federal-. Cinco millones de dólares norteamericanos si me sueltas. -Entonces ve a Art y sabe que los cinco millones no van a servirle de nada, no hay dinero suficiente. Se pone a gritar-. Mátame. Por favor, mátame ahora.