Este es el rostro de la maldad, piensa Art.
Una triste parodia.
Sentado en un rincón con los pantalones caídos, suplicándome que le mate.
Patético.
– Tres minutos -dice Ramos.
Antes de que vuelvan los guardias.
– Saquemos de aquí a este pedazo de mierda -dice Art. Se arrodilla para acercar la boca al oído de Tío-. Tío, voy a decirte lo que siempre has querido saber -susurra.
– ¿Qué?
– Quién era Mamada.
– ¿Quién?
– Güero Méndez -dice Art.
Güero Méndez, grandísimo cabronazo.
– Te odiaba -añade Art-, porque le robaste a la putita y la mancillaste. Sabía que la única forma de conseguirla era deshaciéndose de ti.
Tal vez me sea imposible acabar con Adán, Raúl y Güero, piensa Art, de modo que me conformaré con la mejor alternativa.
Conseguiré que se destruyan entre sí.
Adán se derrumba sobre el cuerpo de Nora. Ella le sujeta el cuello y acaricia su pelo.
– Ha sido increíble -murmura él.
– Hace mucho tiempo que no estabas con una mujer -dice Nora.
– ¿Tan evidente ha sido?
Habían salido del café para dirigirse al hotel más cercano. Los dedos de Adán temblaban cuando le desabrochó la blusa.
– No te has corrido -dice él.
– Lo haré. La próxima vez.
– ¿La próxima vez?
Una hora después, ella apoya las manos contra el antepecho de la ventana, con las piernas formando una V musculosa, mientras él la empala por detrás. La brisa que entra por la ventana abierta enfría el sudor que cubre su piel, en tanto gime y finge un hermoso orgasmo, hasta que él se queda satisfecho y se corre.
– Quiero verte otra vez -dice después Adán, tendido en el suelo. -Podríamos arreglarlo -contesta Nora.
Es solo un asunto de negocios.
Tío está sentado en una celda.
La lectura del acta de acusación no salió como él esperaba.
– No sé por qué me relacionan con el negocio de la cocaína -dijo desde el banquillo de los acusados-. Me dedico a la compraventa de coches. Del tráfico de drogas solo sé lo que leo en los periódicos.
Y la gente que estaba en la sala del tribunal se echó a reír.
Rieron, y el juez decretó que fuera a juicio. Sin fianza. Un delincuente peligroso, dijo el juez. Riesgo de fuga muy elevado. Sobre todo en Guadalajara, donde el acusado ejerce una notable influencia sobre las fuerzas de la ley. Así que le condujeron esposado a un avión militar con destino a Ciudad de México. Bajo un dosel especial desde el avión hasta una furgoneta con las ventanillas tintadas. Después, a la cárcel de Almoloya, a una celda de aislamiento.
Donde el frío se filtra en sus huesos.
Y la necesidad de crack roe sus huesos como un perro hambriento. El perro le devora, le devora, ansioso de cocaína.
Pero lo peor es su rabia.
La rabia de la traición.
La traición de sus aliados, pues tiene que haber existido traición a los niveles más altos para que esté en esta celda.
Aquel hijo de puta y su hermano en Los Pinos. A los que compró, pagó y nombró. Las elecciones robadas a Cárdenas utilizando mi dinero y el dinero que obligué al cártel a darles… y me han traicionado así. Los hijos de puta, cabrones, lambiosos.
Y los norteamericanos, los norteamericanos a los que ayudé en su guerra contra los comunistas, también me han traicionado.
Y Güero Méndez, que me robó mi amor. Méndez, quien posee a la mujer que debería ser mía, y los hijos que deberían ser míos.
Y Pilar, el putón que me traicionó.
Tío está sentado en el suelo de la celda, con los brazos alrededor de las piernas, meciéndose atrás y adelante con rabia y mono. Tarda un día en localizar a un guardia que le venda crack. Inhala el delicioso humo y lo retiene en los pulmones. Deja que suba hasta su cerebro. Que le proporcione euforia, y después claridad.
Entonces lo ve todo.
Venganza.
De Méndez.
De Pilar.
Se duerme sonriente.
Fabián Martínez, alias el Tiburón, es un asesino implacable.
El Junior se ha convertido en uno de los principales sicarios de Raúl, su pistolero más eficaz. El director del periódico de Tijuana que llevó demasiado lejos el periodismo de investigación… El Tiburón acabó con él como si fuera el blanco de un videojuego. Aquel surfero y camello californiano que desembarcó tres toneladas de yerba en la playa, cerca de Rosarita, pero no pagó la cuota de desembarco… El Tiburón lo reventó como un globo, y después se fue a una fiesta. Y aquellos tres idiotas pendejos de Durango que robaron un cargamento de coca que los Barrera habían garantizado… Bien, el Tiburón cogió un AK y los cosió a balas en plena calle como si fueran mierda de perro, después vertió gasolina sobre sus cuerpos, les prendió fuego y dejó que quemaran como luminarias. Los bomberos tuvieron miedo de apagarlos, y con fundadas razones, y la historia dice que dos de los tipos todavía respiraban cuando el Tiburón dejó caer la cerilla.
– Eso son chorradas -dijo Fabián, negando la veracidad de la historia -. Utilicé mi encendedor.
Da igual.
Mata sin remordimientos ni conciencia.
Justo lo que necesitamos, piensa Raúl, sentado en el coche con el chico, cuando le pide el favor de que sea el nuevo pasador de los Barrera.
– Queremos que te encargues de las entregas de dinero a Güero Méndez -le dice Raúl-. Que seas el nuevo correo.
– ¿Eso es todo? -pregunta Fabián.
Pensaba que habría algo más, algo húmedo, algo que implicara el dulce y penetrante chute de adrenalina de matar.
De hecho, hay algo más.
Los hijos de Pilar son el amor de su vida.
Es una joven madonna, con una hija de tres años y un bebé, de rostro y cuerpo ya maduros, y una personalidad alrededor de los ojos que antes no existía. Está sentada en el borde de la piscina y sus pies desnudos cuelgan en el agua.
– Los niños son la sonrisa de mí corazón -le dice a Fabián Martínez-. Mi marido no -añade después con tristeza.
Fabián cree que la estancia de Güero Méndez es de una ordinariez apabullante.
«Un traficante chic», le describe Pilar en privado, en un tono que no pretende disimular su desprecio.
– Intento cambiarlo, pero tiene metida esa imagen en su cabeza…
Narcovaquero, piensa Fabián.
En lugar de disimular sus raíces rurales, Güero las exhibe. Recrea una grotesca versión moderna de los grandes terratenientes del pasado, los dones, los rancheros, los vaqueros que llevaban sombreros de ala ancha, botas y chaparreras porque los necesitaban para conducir los rebaños. Ahora, los nuevos narcos han recreado la imagen en su mente: camisas de vaquero de poliéster negro con falsos botones de nácar, chaparreras de poliéster de colores chillones, verde lima, amarillo canario y rosa coral. Y botas de tacón alto. No son botas prácticas para caminar, sino botas puntiagudas de vaquero yanqui, hechas de toda clase de materiales, cuanto más exóticos mejor (avestruz, caimán), teñidas de rojos y verdes brillantes.
Los antiguos vaqueros se habrían partido el culo.
O se habrían revuelto en sus tumbas.
Y la casa…
A Pilar le da vergüenza.
No es el clásico estilo de estancia (una planta, tejado de tejas un porche agradable y elegante), sino una monstruosidad de tres plantas de ladrillo amarillo, columnas y barandilla de hierro. Y el interior… Butacas de cuero con cuernos de vaca a modo de orejeras y pezuñas a modo de pies. Sofás hechos de piel de vaca roja y blanca. Taburetes con sillas de montar como asientos.