Retirarte del negocio y vivir.
Resuelve decirle sí a Adán.
Guamuchilito, Sinaloa, México
Tijuana, México
Colombia
1992
Fabián está que arde.
Debido a lo que Pilar le había susurrado.
Yo quiero rabiar.
¿Me estaba diciendo lo que creo que me estaba diciendo?, se pregunta. Lo cual conduce a otros pensamientos, sobre su boca, sus piernas, sus pies colgando en el agua, el sexo que se le marcaba bajo el bañador. Y fantasías, de deslizar la mano por debajo de su vestido y palpar sus pechos, acariciar su chocho, oír sus gemidos, estar dentro de ella y…
¿Dijo en serio rabiar? El español es un idioma sutil, en que cada palabra puede encerrar muchos significados. Rabiar puede significar ansiar, arder, estar furioso, volverse loco, y tal vez ella se refería a todo eso. Y también puede referirse específicamente al sadomaso, y se pregunta si quería decir que deseaba ser atada, azotada, follada con brutalidad… lo cual le despierta fantasías aún más fascinantes. Sorprendentes fantasías que jamás había alimentado. Se imagina atándola con pañuelos de seda, azotando su hermoso culo, dándole con el látigo. Se imagina detrás de ella, que está a cuatro patas, follándola como a un perro, y ella chillándole que le tire del pelo. Y él agarrando un puñado de aquel cabello negro y reluciente y tirando de él como las riendas de un caballo, de manera que su largo cuello se arquea y se estira, y ella chillando de dolor y placer.
Yo quiero rabiar.
¡Ay, Dios mío!
La próxima vez que va a Rancho Méndez (semanas después, interminables semanas después), apenas puede respirar cuando baja del coche. Siente una opresión en el pecho y la cabeza ligera. Y se siente culpable, además. Se pregunta, cuando Güero le recibe con un abrazo, si el deseo por su mujer se trasluce en su cara. Y así debe ser cuando ella sale por la puerta de la casa y le sonríe. Carga en brazos al bebé y rodea con el brazo a la niña, a la que dice: Mira, Claudia. Tío Fabián está aquí.
Siente una punzada de vergüenza, como si hubiera dicho: Hola, Claudia, tío Fabián quiere follarse a mami.
Con desesperación.
Aquella noche la besa.
El jodido de Güero les deja solos en la sala de estar para llamar por teléfono, y están de pie junto al fuego y ella huele a mimosas y Fabián cree que su corazón va a estallar y se están mirando y se están besando.
Sus labios son sorprendentemente suaves.
Como melocotones pasados.
Se siente mareado.
El beso termina y se separan.
Asombrados.
Asustados.
Excitados.
Él se aleja hacia el otro lado de la sala.
– Yo no quería que esto sucediera -dice ella.
– Ni yo.
Ya lo creo que sí.
Forma parte del plan.
El plan que le explicó Raúl Barrera, pero Fabián está seguro de que el autor es Adán. Y tal vez el mismísimo Miguel Ángel Barrera.
Y Fabián está llevando a cabo el plan.
Muy pronto están intercambiando a escondidas besos, abrazos, roces de manos, miradas de complicidad. Es un juego terriblemente peligroso, terriblemente excitante. Flirtear con el sexo y la muerte, porque Güero mataría a ambos si lo descubriera.
– No lo creo -dice Pilar a Fabián-. Creo que te mataría a ti, pero después gritaría, lloraría y me perdonaría.
Lo dice casi con tristeza.
No quiere el perdón.
Quiere arder en deseos.
– Jamás puede ocurrir algo entre nosotros -dice no obstante.
Fabián le da la razón. Con palabras. En su mente, está pensando: Sí, ya lo creo que sí. Sí, sucederá. Es mi trabajo, mi tarea, mi misión. «Seduce a la mujer de Güero. Llévatela contigo.»
Empieza con las palabras mágicas: «Y si».
Las dos palabras más poderosas de cualquier idioma.
¿«Y si» nos hubiéramos conocido antes? ¿«Y si» fuéramos Ubres? ¿«Y si» pudiéramos viajar juntos, a París, Río, Roma? ¿«Y si» nos fugáramos? ¿«Y si» nos lleváramos dinero suficiente para iniciar una nueva vida?
Y si, y si, y si.
Son como dos niños que juegan. (¿«Y si» esas piedras fueran de oro?). Empiezan a imaginar los detalles de su fuga, adónde irían, cómo, qué se llevarían. ¿Cómo podrían huir sin que Güero se enterara? ¿Y sus guardaespaldas? ¿Dónde podrían encontrarse? ¿Y sus hijos? No los abandonaría jamás.
Todas estas fantasías compartidas, expresadas en fragmentos de conversaciones, momentos robados a Güero. Ya es infiel a Güero en pensamiento y corazón. Y en el dormitorio… Cuando está encima de ella, piensa en Fabián. Güero se siente muy satisfecho de sí mismo cuando ella chilla al alcanzar el orgasmo (esto es nuevo, esto es inédito), pero está pensando en Fabián. Hasta eso le está robando.
La infidelidad es completa. Solo quedan los detalles físicos.
La posibilidad conduce a la fantasía, la fantasía se convierte en especulación, la especulación en planificación. Es delicioso planificar esta nueva vida. Lo hacen hasta el mínimo detalle. Como los dos están obsesionados con la ropa, desperdician preciosos minutos hablando de qué se llevarán, qué pueden comprar allí («allí» puede ser París, Roma o Río, según el momento).
O detalles más serios: ¿deberíamos dejar una nota a Güero? ¿Deberíamos irnos juntos o encontrarnos en algún sitio? Si nos reunimos, ¿dónde? Tal vez podríamos marchar por separado, en el mismo vuelo. Intercambiar miradas de complicidad de fila a fila, un largo y sexualmente tortuoso vuelo nocturno, después acostar a los niños y encontrarse en la habitación de Fabián del hotel de París.
Rabiar.
No, yo no podría esperar, dice ella. Iré al lavabo del avión. Tú me seguirás. La puerta no estará cerrada con llave. No, se encontrarán en un bar de Río. Fingirán que no se conocen. Él la seguirá hasta un callejón, la empujará contra una valla.
Rabiar.
«¿Me harás daño?»
«Si tú quieres.»
«Sí.»
«Entonces te haré daño.»
Fabián es todo lo contrario de Güero: sofisticado, apuesto, bien vestido, elegante, sexy. Y adorable. Muy adorable.
Ella está preparada.
Le pregunta cuándo.
– Pronto -dice él-. Quiero huir contigo, pero…
Pero.
El terrible contrapeso de «Y si». La intrusión de la realidad. En este caso…
– Necesitaremos dinero -dice Fabián-.Yo tengo algo, pero no lo bastante para escondernos el tiempo necesario.
Sabe que este tema es delicado. Es el frágil momento en que la burbuja podría estallar. Ahora flota en el aire leve del romance, pero los groseros detalles mundanos podrían reventarla. Compone una máscara de sensibilidad, mezclada con una pizca de vergüenza, y clava la vista en el suelo cuando dice:
– Tendremos que esperar hasta que consiga más dinero.
– ¿Cuánto tiempo será? -pregunta ella. Suena herida, decepcionada, al borde de las lágrimas.
Fabián tiene que ser cauteloso. Muy cauteloso.
– No mucho -dice-. Un año. Tal vez dos.
– ¡Eso es demasiado!
– Lo siento. ¿Qué puedo hacer?