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Deja la pregunta flotando en el aire, como si no hubiera respuesta. Ella le proporciona la contestación que desea y espera.

– Yo tengo dinero.

– No -dice Fabián con firmeza-. Jamás.

– Pero dos años…

– Está descartado.

Al igual que el flirteo estuvo descartado en su momento, los besos descartados en su momento, la huida.

– ¿Cuánto necesitaríamos? -pregunta Pilar.

– Millones -dice él-. Por eso tardaré.

– Puedo retirarlos del banco.

– Yo no podría.

– Solo piensas en ti -dice ella-. Tu orgullo masculino. Tu machismo. ¿Cómo puedes ser tan egoísta?

Y esa es la clave, piensa Fabián. Ya es trato hecho, ahora que ha invertido la ecuación. Ahora que aceptar su dinero sería un acto de generosidad y altruismo por su parte. Ahora que la ama tanto que es capaz de sacrificar su orgullo, su machismo.

– No me quieres -dice ella haciendo pucheros.

– Te quiero más que a mi vida.

– No me amas lo suficiente para…

– Sí -dice Fabián-. Sí te quiero.

Ella le rodea en sus brazos.

Cuando vuelve a Tijuana, se encuentra con Raúl y le dice que el trato está hecho.

Ha tardado meses, pero el Tiburón está a punto de comer.

Un momento óptimo, piensa Raúl.

Porque ha llegado el momento de declarar la guerra a Güero Méndez.

Pilar dobla y guarda en la maleta con cuidado un pequeño vestido negro.

Junto con sujetadores, panties y otra ropa interior negra.

A Fabián le gusta el negro.

Quiere complacerle. Quiere que la primera vez con él sea perfecta. Bueno, a menos que la fantasía sea mejor que el acto. Pero no lo cree. Ningún hombre puede hablar como él lo hace, utilizar esas palabras, abrigar esas ideas, y no ser capaz de respaldar al menos algunas. Si ya se pone húmeda cuando habla con él, ¿qué conseguirá cuando la rodee en sus brazos?

Le dejaré hacer todo lo que quiera, piensa.

Quiero que haga todo lo que quiera.

«¿Me harás daño?»

«Si tú quieres.»

«Sí.»

«Entonces te haré daño.»

Eso espera, espera que lo diga en serio, que su belleza no le intimide y pierda el valor.

Que no lo pierda en ningún momento, porque desea una nueva vida, lejos de este pueblucho de Sinaloa con su marido y los patanes de sus amigos. Quiere una vida mejor para sus hijos, una buena educación, cultura, la idea de que el mundo es más amplio y mejor que una grotesca fortaleza oculta en las afueras de una aislada ciudad de las montañas.

Y Fabián comparte sus ideas. Han hablado de ello. Le ha hablado de hacer amistades fuera del estrecho círculo de los narcotraficantes, de forjar relaciones con banqueros, inversionistas, incluso artistas y escritores.

Pilar lo desea para ella.

Lo desea para sus hijos.

Durante el desayuno, Güero se había excusado, momento que Fabián había aprovechado para inclinarse hacia ella.

– Hoy -susurró, y ella sintió un aleteo en el corazón. Fue casi como un pequeño orgasmo.

– ¿Hoy?-preguntó.

– Güero se va a inspeccionar sus campos -dijo Fabián.

– Sí.

– Cuando me vaya al aeropuerto, me acompañarás. He reservado un vuelo a Bogotá.

– ¿Y los niños?

– Por supuesto -dijo Fabián-. ¿Puedes meter algunas cosas en una maleta, y deprisa?

Oye que Güero se acerca por el pasillo. Pilar esconde la maleta debajo de la cama.

Güero ve ropa esparcida por la habitación.

– ¿Qué estás haciendo?

– Estoy pensando en deshacerme de algunas cosas viejas -dice ella-. Las llevaré a la iglesia.

– ¿Después irás de compras? -pregunta él con una sonrisa. Le gusta que vaya de compras. Le gusta que gaste dinero. Él la alienta.

– Es probable.

– Me voy -dice Güero-. Estaré fuera todo el día. Puede que no venga hasta mañana.

Ella le da un beso cariñoso.

– Te echaré de menos.

– Yo también. Tal vez me agencie una nena para que me dé calor.

Ojalá, piensa ella. Entonces no vendrías a nuestra cama con tanta desesperación.

– Tú no -dice en cambio-. Tú no eres como esos viejos gomeros.

– Y quiero a mi esposa.

– Y yo quiero a mi marido.

– ¿Fabián se ha ido ya?

– No, creo que está haciendo el equipaje.

– Iré a despedirme de él.

– Y dale un beso a los niños.

– ¿Aún no se han dormido?

– Por supuesto, pero les gusta saber que les has besado antes de marcharte.

Él la besa de nuevo.

– Eres toda mi vida.

En cuanto sale, Pilar cierra la puerta y saca la maleta de debajo de la cama.

Adán se despide de su familia.

Entra en la habitación de Gloria y la besa en la mejilla. La niña sonríe.

Pese a todo, sonríe, piensa Adán. Es tan alegre, tan valiente… Al fondo, el pájaro que le compró en Guadalajara gorjea.

– ¿Le has puesto nombre al pájaro? -pregunta Adán.

– Gloria.

– ¿Como tú?

– No -ríe ella-. Como Gloria Trevi.

– Ah.

– Te vas, ¿verdad?

– Sí.

– Papáááááá…

– Solo una semana o así.

– ¿Adónde?

– A muchos sitios. Costa Rica, tal vez Colombia.

– ¿Por qué?

– Porque quiero comprar café. Para los restaurantes.

– ¿No puedes comprarlo aquí?

– No es bastante bueno para nuestros restaurantes.

– ¿Puedo ir contigo?

– Esta vez no. Tal vez la próxima.

Si hay una próxima, piensa. Si todo va bien en Badiraguato, en Culiacán y en el puente del río Magdalena, donde va a encontrarse con los Orejuela.

Si todo va bien, mi amor.

Si no, siempre ha tomado la precaución de que Lucía sepa dónde están los seguros de vida, cómo acceder a las cuentas bancarias de las Caimán, los valores de las cajas de seguridad, las carteras de inversiones. Si las cosas van mal en este viaje, si los Orejuela arrojan su cuerpo desde el puente, su esposa y su hija tendrán la vida asegurada.

Y también Nora.

Ha dejado una cuenta bancaria e instrucciones a su banquero particular.

Si no vuelve de su viaje, Nora contará con fondos suficientes para iniciar un pequeño negocio, una nueva vida.

– ¿Qué quieres que te traiga? -pregunta a su hija.

– Bastará con que vuelvas -contesta la niña.

La intuición de los niños, piensa. Te leen la mente y el corazón con misteriosa precisión.

– Te traeré una sorpresa -dice-. ¿Le das un beso a papá?

Siente los labios secos en su mejilla, y los delgados brazos que rodean su cuello aferrándose. Se le parte el corazón. Siempre le cuesta separarse de ella, y por un momento considera la posibilidad de no ir. Salir de la pista secreta y dedicarse solo a sus restaurantes. Pero es demasiado tarde para eso. La guerra con Güero se avecina, y si no le matan, Güero les matará a ellos.

De modo que endurece su corazón, interrumpe el abrazo y se levanta.

– Adiós, mi alma -dice-. Te llamaré todos los días.

Se vuelve a toda prisa para que no vea las lágrimas en sus ojos. Le aterrarían. Sale de su cuarto, y Lucía está esperando en la sala de estar con su maleta y la chaqueta.

– Una semana, más o menos -dice Adán.

– Te echaremos de menos.

– Yo os echaré de menos.

La besa en la mejilla, coge la chaqueta y camina hacia la puerta.

– ¿Adán?

– ¿Sí?

– ¿Te encuentras bien?

– Sí -dice-. Un poco cansado.

– A lo mejor puedes dormir en el avión.

– A lo mejor. -Va a abrir la puerta, pero da media vuelta-. Lucía, ya sabes que te quiero.

– Yo también te quiero, Adán.