Después se ducha.
La sangre de Pilar baila sobre sus pies antes de desaparecer por el desagüe.
Se seca, se pone ropa limpia y sale a la calle con la caja, donde un coche está esperando.
Los niños van sentados en el asiento trasero.
Fabián sube con ellos e indica a Manuel con una seña que se ponga en marcha.
– ¿Dónde está mamá? ¿Dónde está mamá? -pregunta Claudia.
– Se reunirá con nosotros allí.
– ¿Dónde?
Claudia se pone a llorar.
– Un lugar especial -dice Fabián-. Una sorpresa.
– ¿Cuál es la sorpresa? -dice Claudia. Seducida, deja de llorar.
– Si te lo dijera, no sería una sorpresa, ¿verdad?
– ¿La caja también es una sorpresa?
– ¿Qué caja?
– La que has puesto en el maletero -dice Claudia-. Te he visto.
– No -dice Fabián-. Es algo que tengo que enviar por correo.
Entra en la oficina postal y deja la caja sobre el mostrador. Es sorprendentemente pesada, piensa, la cabeza de Pilar. Recuerda su abundante cabello, su peso cuando jugaba con él, lo acariciaba, durante el cortejo. Era maravillosa en la cama, piensa. Siente -algo horrorizado, teniendo en cuenta lo que acaba de hacer, lo que está a punto de hacer- un escalofrío de deseo sexual.
– ¿Cómo quiere que lo enviemos? -pregunta el funcionario.
– Para esta noche.
El funcionario lo deposita sobre una balanza.
– ¿Lo quiere certificado?
– No.
– De todos modos, va a ser caro -dice el funcionario-. ¿Está seguro de que no quiere que lo envíe urgente? Tardará dos o tres días en llegar.
– Tiene que llegar mañana -dice Fabián.
– ¿Un regalo?
– Sí, un regalo.
– ¿Una sorpresa?
– Eso espero -dice Fabián. Paga el envío y vuelve al coche.
Claudia se ha asustado otra vez durante la espera.
– Quiero a mamá.
– Voy a llevarte con ella -dice Fabián.
El puente de Santa Isabel salva una garganta del mismo nombre, a través de la cual, doscientos diez metros más abajo, el río Magdalena corre sobre rocas afiladas en su largo y tortuoso viaje desde su origen en la Cordillera Occidental hasta mar Caribe. Durante su trayecto atraviesa casi toda Colombia central, y pasa cerca, aunque no las cruza, de las ciudades de Cali y Medellín.
Adán comprende por qué los hermanos Orejuela han elegido este lugar. Está aislado, y desde cualquier extremo del puente es posible detectar una emboscada desde varios cientos de metros de distancia. Al menos eso espero, piensa Adán. La verdad es que podrían estar cortando la carretera detrás de mí en este mismo momento y no me enteraría. Pero es un riesgo que hay que correr. Sin la fuente de cocaína de los Orejuela, el pasador no puede confiar en ganar la guerra contra Güero y el resto de la Federación.
Una guerra que, a estas alturas, debería estar irrevocablemente declarada.
El Tiburón ya tendría que haberse fugado con Pilar Méndez, tras convencerla de que robara millones de dólares a su marido. Tendría que aparecer aquí en cualquier momento, con el dinero para seducir a los Orejuela y lograr que abandonen la Federación. Todo es parte del plan de Tío para vengarse de Méndez, convirtiéndole primero en un cornudo, y después añadiendo a la humillación que sea su esposa quien aporte el dinero para declararle la guerra.
O quizá Fabián está colgando de un poste telefónico con la boca llena de plata y los Orejuela vienen a asesinarme.
Oye el sonido de otro coche que se acerca por detrás. ¿Balas en la espalda, o Fabián con el dinero?, se pregunta. Se vuelve para ver…
Fabián Martínez con un conductor, y en el asiento trasero los hijos de Güero. ¿Qué coño está pasando? Adán sale del coche y se acerca.
– ¿Tienes el dinero? -pregunta a Fabián.
Fabián exhibe su sonrisa de estrella de cine.
– Con una prima.
Entrega la maleta con los cinco millones a Adán.
– ¿Dónde está Pilar? -pregunta Adán.
– Camino de casa -dice Fabián con una sonrisa torcida que pone la carne de gallina a Adán.
– ¿Se ha ido sin sus hijos? -pregunta-. ¿Qué están haciendo aquí? ¿Qué…?
– Solo estoy siguiendo las instrucciones de Raúl -dice Fabián-. Adán…
Señala al otro lado del puente, por donde se está acercando poco a poco un Land Rover negro.
– Espera aquí -dice Adán. Coge la maleta y empieza a cruzar el puente.
– ¿Es aquí donde nos encontraremos con mamá? -oye Fabián que pregunta la niña.
– Sí -contesta.
– ¿Dónde está? ¿Está con esa gente? -pregunta Claudia, y señala el coche que hay al otro lado del puente, del cual están bajando los Orejuela.
– Creo que sí -dice Fabián.
– ¡Quiero ir allí!
– Tendrás que esperar unos minutos -dice Fabián.
– ¡Quiero ir ahora!
– Antes tenemos que hablar con esos hombres.
Adán camina hacia el centro del puente, tal como habían acordado. Siente las piernas rígidas a causa del miedo. Si hay un francotirador en las colinas, soy hombre muerto, se dice. Pero podrían haberme matado en cualquier momento desde que llegué a Colombia, así que querrán oír lo que voy a decirles.
Llega a la mitad del puente y espera, mientras los Orejuela se acercan. Dos hermanos, Manuel y Gilberto, bajos, morenos y achaparrados. Se estrechan la mano.
– ¿Hablamos de negocios? -pregunta Adán.
– Para eso hemos venido -contesta Gilberto.
– Vosotros habéis pedido este encuentro -añade Manuel.
Con brusquedad, piensa Adán. Con rudeza.Y le da igual. Por lo visto, la dinámica será que Gilberto se incline por el pacto y Manuel se resista. Muy bien. Empecemos.
– Voy a sacar a nuestro pasador de la Federación -dice Adán-. No obstante, quiero asegurarme de que nuestras relaciones con Colombia continuarán.
– Nuestra relación es con Abrego -dice Manuel-, y con la Federación.
– Muy bien -dice Adán-, pero por cada kilo de vuestra cocaína que la Federación maneja, maneja cinco kilos de Medellín.
Se da cuenta de que ha tocado un punto débil, sobre todo en Gilberto. Los hermanos están celosos de sus rivales más poderosos de Medellín, y son ambiciosos. Ahora que la DEA norteamericana está machacando el cártel de Medellín y sus sucursales de Florida, se presenta una oportunidad para los Orejuela de dar un paso adelante.
– ¿Nos estás ofreciendo un acuerdo en exclusiva? -pregunta Gilberto.
– Si dejáis que me ocupe de vuestra cocaína -dice Adán-, solo comerciaríamos con producto de Cali.
– La oferta es muy generosa -dice Manuel-, pero a don Abrego le sabría mal que os mantuviéramos en el negocio, y nos negaría el suyo.
Pero Gilberto está buscando una respuesta a eso, piensa Adán. Se siente tentado.
– Don Abrego es el pasado… Nosotros somos el futuro -dice Adán.
– Cuesta creerlo -dice Manuel-, cuando el jefe de vuestro pasador está en la cárcel. Da la impresión de que los poderes fácticos de México creen que Abrego es su futuro. Y después de él… Méndez.
– Derrotaremos a Méndez.
– ¿Por qué estás tan convencido? -pregunta Manuel-. Tendréis que luchar contra Méndez, y Abrego apoyará a Méndez, al igual que los otros pasadores. Y los federales. No te ofendas, Adán Barrera, pero la verdad es que creo estar mirando a un hombre muerto, ofreciéndome la exclusiva de dejar de trabajar con los vivos para trabajar con los muertos. ¿Cuánta cocaína podrás manejar desde la tumba?
– Nosotros somos el pasador de los Barrera -dice Adán-.Ya hemos ganado antes, y volveremos a…
– No -dice Manuel-. Perdóname de nuevo, pero vosotros ya no sois el pasador de los Barrera. Tu tío, estoy de acuerdo, habría podido vencer a Abrego, a Méndez y a todo el gobierno mexicano, pero tú no eres tu tío. Eres muy inteligente, pero el cerebro solo no es suficiente. ¿Hasta qué punto eres duro? Te diré la verdad, Adán: me pareces blando. No me pareces un hombre lo bastante duro para cumplir lo que dices, lo que tendrás que hacer.