Adán asiente, y después pide permiso para abrir la maleta que tiene a los pies. Recibe el permiso, se inclina, la abre y enseña el dinero que hay dentro.
– Cinco millones del dinero de Güero Méndez. Le dimos por el culo a su mujer y la obligamos a darnos el dinero. Bien, si todavía creéis que no podemos vencerle, tomad este dinero, matadme a tiros, arrojad mi cuerpo por el puente y seguid recibiendo vuestra limosna de la Federación. Si decidís que podemos derrotar a Méndez, aceptad este dinero como un gesto de buena voluntad y un adelanto de los muchos millones que vamos a ganar juntos.
Su expresión es serena, pero deduce de la expresión de los hermanos que podría pasar cualquier cosa.
Fabián también.
Y las instrucciones del Tiburón en este caso son muy claras. Órdenes de Raúl dictadas por el legendario M-1.
– Vengan -dice Fabián a los niños. -¿Vamos a ver a mamá? -pregunta Claudia. -Sí.
Fabián la toma de la mano, se sube a Güerito al hombro y empieza a andar hacia el centro del puente.
– ¡Mi esposa, mi esposa linda!
Los gritos de Güero resuenan en la desierta y espaciosa casa.
Los criados se han escondido. Los guardaespaldas esperan fuera, mientras Güero pasea tambaleante por la casa, derriba muebles, destroza cristales, se arroja sobre el sofá de piel de vaca y sepulta la cara en la almohada mientras solloza.
Ha encontrado una simple nota: ya no te quiero, me he ido con fabián y me he llevado a los niños. se encuentran bien.
Tiene el corazón partido. Haría cualquier cosa por recuperarla. La perdonaría, se reconciliarían. Se lo dice a la almohada. Después levanta la cabeza y aúlla.
– ¡Mi esposa, mi esposa linda!
Los guardaespaldas, la docena de sicarios que vigilan los muros y puertas de la estancia, le oyen desde fuera. Les asusta, y ya estaban nerviosos desde la detención de Miguel Ángel Barrera, pues saben que se avecina una guerra. Una reorganización seguro, y suelen ir acompañadas de derramamiento de sangre.
Y ahora, el jefe está en la casa bramando como una mujer para que todo el mundo le oiga.
Es inquietante.
Y todo el día ha sido igual.
Una furgoneta de FedEx se acerca por la carretera.
Un montón de AK-47 apuntan hacia ella.
Los guardias detienen la furgoneta antes de que llegue a la puerta. Uno de ellos apunta con una metralleta al conductor, mientras los demás registran la parte posterior de la furgoneta.
– ¿Qué quieres? -preguntan al aterrorizado conductor.
– Traigo un paquete para el señor Méndez.
– ¿De quién?
El conductor señala la dirección del remitente en la etiqueta.
– De su mujer.
El guardia está preocupado. Don Güero dijo que no debían molestarle, pero si es de la señora Méndez habrá que aceptarlo.
– Se lo llevaré -dice.
– Lo tiene que firmar.
El guardia apunta el cañón del arma a la cara del conductor.
– Lo puedo firmar yo por él, ¿verdad? -pregunta.
– Por supuesto, faltaría más.
El guardia firma, lleva el paquete a la casa y toca el timbre. Una criada acude a la puerta.
– Don Güero no quiere que…
– Un paquete de la señora. Federal Express.
Güero aparece detrás de la criada. Tiene los ojos hinchados, la cara congestionada, la nariz llena de mocos.
– ¿Qué pasa? -pregunta con brusquedad-. Maldita sea, dije…
– Un paquete de la señora.
Güero lo coge y cierra la puerta de golpe. Güero abre la caja.
Al fin y al cabo, es de ella.
Abre la caja y ve la pequeña nevera portátil. La abre y ve el reluciente pelo negro.
Los ojos muertos.
La boca abierta.
Y entre sus dientes, una tarjeta.
Güero se pone a chillar.
Los guardias, presas del pánico, abren la puerta a patadas y entran.
Irrumpen en la sala y ven al jefe parado delante de una caja, sin dejar de chillar. El guardia que entró el paquete mira dentro de la caja, se agacha y vomita. La cabeza cercenada de Pilar descansa sobre el lecho de su propia sangre, con los dientes apretados alrededor de una tarjeta.
Dos guardias más toman a Güero de los brazos y tratan de llevárselo, pero él planta los pies en el suelo y sigue gritando. El otro guardia se seca la boca, se recupera y coge la nota de la boca de Pilar.
El mensaje es absurdo:
HOLA, MAMADA.
Los demás guardias intentan acercar a Güero al sofá, pero él se apodera de la nota, la lee, palidece todavía más, si eso es posible, y grita:
– ¡Dios mío, mis niños! ¿Dónde están mis niños?
– ¿Dónde está mi madre? ¡Yo quiero a mi madre!
Claudia brama porque no ve a su madre en el puente, solo un puñado de hombres desconocidos que les miran. Güerito se contagia de su pánico y empieza a llorar. Claudia no quiere abrazos ahora. Se retuerce en los brazos de Fabián.
– ¡Mi madre! -grita-. ¡Mi madre!
Pero Fabián sigue caminando hacia el centro del puente.
Adán le ve acercarse.
Como una pesadilla, una visión del infierno.
Adán se siente paralizado, con los pies clavados a la madera del puente, y así se queda mientras Fabián sonríe a los hermanos Orejuela.
– Don Miguel Ángel Barrera da por sentado que su sangre corre por las venas de su sobrino -dice.
Adán cree en los números, en la ciencia, en la física. Es en ese preciso momento cuando comprende la naturaleza del mal, que el mal posee un impulso propio, el cual, una vez puesto en marcha no puede detenerse. Es la ley de la física: un cuerpo en descanso tiende a mantenerse en descanso. Un cuerpo eh movimiento tiende a mantenerse en movimiento. Hasta que algo lo detiene.
Y el plan de Tío es, como de costumbre, brillante. Incluso en su absoluta depravación inspirada por el crack, es muy agudo en la percepción de la naturaleza humana. En eso reside el genio de Tío: sabe que un hombre incapaz de poner un gran mal en movimiento carece de energía para detenerlo una vez en marcha. Que lo más difícil del mundo no es reprimirse de cometer maldades, sino plantarles cara y frenarlas.
Interponer la vida en el camino de un maremoto.
Porque las cosas son así, piensa Adán, mientras su cabeza da vueltas. Si impido esto demostraré debilidad ante los Orejuela, una debilidad que, a la corta o a la larga, comportará consecuencias fatales. Si muestro la más mínima desunión con Fabián, somos hombres muertos.
El genio de Tío consiste en colocarme en esta posición, a sabiendas de que no me queda ninguna alternativa.
– ¡Quiero a mamá! -chilla Claudia.
– Chsss… -susurra Fabián-. Te voy a llevar con ella.
Fabián mira a Adán, esperando la señal.
Y Adán sabe que va a darla.
Porque tiene que proteger a una familia, piensa Adán, y no existe otra elección. Es la familia de Méndez o la mía.