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Si Parada hubiera estado presente lo hubiera expresado de otra manera. Habría dicho que en ausencia de Dios solo existe la naturaleza, y las leyes de la naturaleza son crueles. Que lo primero que hacen los nuevos líderes es matar a la prole de los antiguos. Sin Dios, solo existe una cosa: la supervivencia.

Bien, Dios no existe, piensa Adán.

Asiente.

Fabián arroja a la niña desde el puente. Su cabello se eleva como alas inútiles y se precipita al fondo, mientras Fabián agarra al pequeño y lo tira por encima de la barandilla de un solo movimiento.

Adán se obliga a mirar.

Los cuerpos de los niños caen doscientos diez metros y se estrellan contra las rocas.

Entonces mira a los hermanos Orejuela, que han palidecido de horror. La mano de Gilberto tiembla cuando cierra la maleta, la levanta y retrocede por el puente.

Abajo, el río Magdalena se lleva los cuerpos y la sangre.

9

D Í AS DE LOS MUERTOS

¿No habrá nadie capaz de librarme de este cura

turbulento?

Enrique II

San Diego

1994

Es el Día de los Muertos.

Un gran día en México.

La tradición se remonta a la época azteca y rinde honor a la diosa Mictecacihuatl, la «Señora de los Muertos», pero los sacerdotes españoles la maquillaron y la trasladaron de mediados de verano a otoño, para que coincidiera con la víspera del día de Todos los Santos. Sí, vale, piensa Art, los dominicanos ya pueden decir misa, pero todo gira en torno a la Muerte.

A los mexicanos no les importa hablar de la muerte. Le dan muchos nombres: la Señora Guapa, la Flaca, la Huesuda, o solo la Muerte. No intentan mantenerla alejada. Están muy unidos con la muerte, son carne y uña. Mantienen lazos firmes con los muertos. El Día de los Muertos, los vivos van a visitar a los muertos. Preparan platos muy laboriosos, se los llevan al cementerio, se sientan y comparten una sabrosa comida con sus seres queridos.

Mierda, piensa Art, me gustaría compartir una sabrosa comida con mi familia viva. Viven en la misma ciudad, ocupan el mismo tiempo y espacio físico, y no obstante vivimos en diferentes planos de existencia.

Firmó los papeles del divorcio poco después de enterarse de los asesinatos de Pilar Méndez y sus dos hijos. ¿Un simple reconocimiento de una realidad inevitable, o una forma de penitencia?, se preguntó. Sabía que compartía cierta responsabilidad por la muerte de los niños, que había colaborado en poner en marcha la espantosa máquina, en el mismo momento en que susurró en los oídos de Tío la falsa información de que Güero Méndez era el imaginario informador Mamada. De modo que cuando corrió la voz por los canales de inteligencia (los rumores de que los Barrera habían decapitado a Pilar y arrojado a sus hijos desde un puente de Colombia), Art tomó una pluma por fin y firmó los papeles de divorcio que llevaban meses encima de su mesa.

Concedió la custodia absoluta de los niños a Althie.

– Estoy agradecida, Art -dijo ella-, pero ¿por qué ahora?

Castigo, pensó él.

Yo también he perdido dos hijos.

No los ha perdido, por supuesto. Los ve cada dos fines de semana y un mes en verano. Va a los partidos de voleibol de Cassie y a los partidos de béisbol de Michael. Asiste religiosamente a las asambleas escolares, las obras de teatro, los recitales de ballet, las reuniones de padres y profesores.

Pero es una especie de obligación. Por definición, los escasos momentos de espontaneidad no tienen lugar durante el tiempo estipulado, y se pierde pequeñas cosas. Prepararles el desayuno, leer cuentos, pelearse en el suelo. La triste realidad es que no existe eso llamado «tiempo de calidad», sino solo «tiempo», y se echa de menos.

También echa de menos a Althie.

Dios, cómo la echa de menos.

Pero tú la expulsaste de tu lado, piensa.

¿Y para qué?

¿Para convertirme en el Señor de la Frontera? Así le llaman ahora en la DEA, a sus espaldas, claro está. A excepción de Shag, que se lo dice a la cara. Entra en su despacho con una taza de café y pregunta: «¿Cómo está el Señor de la Frontera esta mañana?».

Desde un punto de vista técnico, es el jefe del Destacamento Especial de la Frontera Sudoeste, y dirige un grupo de coordinación de todas las agencias que combaten en la Guerra contra las Drogas: la DEA, el FBI, la Patrulla de Fronteras, Aduanas e Inmigración, la policía local y estatal. Todos se hallan bajo el mando de Art Keller. Con base en San Diego, tiene una oficina enorme, y personal en consonancia.

Es una posición de poder, justo la que exigió a John Hobbs.

También es miembro del Comité Vertical. Es un grupo pequeño (consiste en John Hobbs y él) que coordina las actividades de la DEA y la CIA en las Américas, para evitar que se hagan la zancadilla mutuamente. Ese es el propósito oficiaclass="underline" el extraoficial es evitar que Art Keller haga algo que estropee los planes de la Compañía.

Ese fue el trato. Art consiguió el Destacamento Especial de la Frontera del Sudoeste para poder continuar su guerra contra los Barrera. A cambio, pasa por el aro.

¿Día de los Muertos?, piensa, sentado en un coche aparcado en una calle de La Jolla. No estaría mal ir a depositar caramelos sobre mi propia tumba.

Entonces ve a Nora Hayden salir de la tienda de modas.

Es una persona de costumbres, y así lo ha sido durante los meses que la ha tenido bajo vigilancia. La primera vez que llamó su atención fue gracias a sus fuentes de Tijuana. El rumor de que Adán Barrera tenía una novia, una amante, que había alquilado un apartamento en el distrito de Río y la iba a ver con regularidad.

Un descuido impropio de Adán, elegir a una mujer norteamericana para ser infiel, piensa Art, mientras ve a la mujer acercarse por la acera con bolsas de compras en ambas manos. Algo extraño en Adán, que tenía fama, al menos hasta hace poco, de ser un devoto padre de familia.

Pero Art comprende la tentación cuando ve a Nora.

Tal vez la mujer más hermosa que ha visto en su vida.

Por fuera, piensa, al recordar que esta puta se está tirando a Adán Barrera.

En plan profesional.

Había ordenado seguirla tres meses antes, cuando había vuelto a cruzar la frontera. Obtuvo un nombre y una dirección, y muy pronto algo más.

Haley Saxon.

La DEA tenía fichada a la madame desde hacía años. Y también el IRS. El Departamento de Policía de San Diego lo sabía todo sobre la Casa Blanca, por supuesto, pero nadie había efectuado el menor movimiento, porque la lista de clientes de Haley Saxon era un avispero político que nadie tenía pelotas de remover.

Y ahora resulta que la segundera de Adán es una de las mejores chicas de Haley. Mierda, piensa Art, si Haley Saxon fuera Mary Kay, a estas alturas Nora Hayden sería la propietaria de una flota de Cadillacs.

Espera a que se acerque un poco más, sale del coche, exhibe su identificación.

– Tenemos que hablar, señorita Hayden.

– Me parece que no.

Tiene unos ojos azules asombrosos, y su voz es educada y segura de sí misma. Art tienes que recordarse que solo es una puta.

– ¿Por qué no vamos a sentarnos en mi coche? -sugiere Art.

– Porque no.

Empieza a alejarse, pero él la toma por el codo.

– ¿Por qué no ordeno que detengan a su amiga Haley Saxon por dirigir una casa de prostitución? -pregunta Art-. ¿Por qué no cierro su negocio de una vez por todas?

Nora deja que la conduzca hasta el coche. Art abre la puerta del pasajero y ella sube. Después Art da la vuelta y se sienta en el asiento del conductor.

Nora consulta sin disimulos su reloj.

– Mi intención es ir al cine a la sesión de la una y cuarto.

– Hablemos de su novio -dice Art.

– ¿Mi novio?

– ¿O Barrera es su «cliente»? Enséñeme la jerga.