La falta de acción de Güero es una demostración de debilidad, no de fuerza, porque la verdad es que se está quedando sin recursos. Puede que domine Sinaloa con mano de hierro, pero su amado estado natal carece de accesos al mar. Sin poder utilizar la Plaza, Güero tiene que pagar al Verde para transportar droga a través de Sonora, o pagar a Abrego para transportarla a través del Golfo, y no cabe duda de que esos dos avariciosos bastardos le cargan una buena cantidad por cada gramo de producto que atraviesa sus territorios.
No, Güero está casi acabado, y la matanza de los tíos, la tía y los primos de los Barrera era el último coletazo de un pez moribundo sobre la cubierta de un barco.
Es el Día de los Muertos, y Adán y Raúl aún siguen con vida, algo que vale la pena celebrar.
Cosa que hacen en su nueva disco de Puerto Vallarta.
Güero Méndez peregrina al cementerio de los Jardines del Valle, en Culiacán, hasta una cripta anónima con columnas talladas en mármol, esculturas en bajorrelieve y una cúpula adornada con frescos de dos angelitos. Dentro hay las tumbas de su mujer y sus hijos. Fotografías en color encerradas en cajas de cristal cuelgan de la pared.
Claudia y Güerito.
Sus dos angelitos.
Pilar.
Su querida esposa.
Seducida, pero aún amada.
Güero ha traído la ofrenda a los muertos.
Para sus angelitos, papel picado, papel de seda cortado en forma de esqueletos y calaveras de animalitos. Y galletas, y caramelos en forma de calavera con sus nombres en azúcar escarchado. Y juguetes, muñequitas para ella, soldaditos para él.
Para Pilar ha traído flores (los tradicionales crisantemos, maravillas y celosías) que forman cruces y guirnaldas. Y un ataúd hecho de azúcar hilado. Y las galletitas con semillas de amaranta que tanto le gustaban.
Se arrodilla delante de las tumbas y deposita sus ofrendas, y después vierte agua fresca en tres cuencos, para que puedan lavarse las manos antes de comer. Fuera, una pequeña banda norteña toca música alegre bajo el ojo vigilante de un pelotón de sicarios. Güero deja una toalla limpia al lado de cada cuenco, después erige un altar, distribuye con cuidado las velas votivas y los platos de arroz y judías, pollo con salsa de mole, calabazas y ñames escarchados. Enciende una varilla de incienso y se sienta en el suelo.
Comparte recuerdos con ellos.
Buenos recuerdos de picnics, zambullidas en lagos de montaña, partidos familiares de fútbol. Habla en voz alta, oye sus respuestas en la cabeza. Una música más dulce que la que están tocando fuera.
Pronto me reuniré con vosotros, dice a su mujer y a sus hijos.
No muy pronto, pero pronto.
Antes hay mucho trabajo que hacer.
Antes tengo que preparar una mesa para los Barrera.
Y cargarla de fruta amarga.
Y de calaveras de caramelo con sus nombres: Miguel Ángel, Adán, Raúl.
Y enviar sus almas al infierno.
Al fin y al cabo, es el Día de los Muertos.
La disco, piensa Adán, es un monumento a la vulgaridad.
Raúl ha construido La Sirena con temas submarinos. Una grotesca sirena de neón preside la entrada, y cuando entras, las paredes interiores están esculpidas como arrecifes de coral y cavernas submarinas.
Toda la pared izquierda es un enorme depósito que contiene dos mil litros de agua salada. El precio del cristal consiguió que Adán se estremeciera, dejando aparte el coste de los peces exóticos tropicales: cirujanos amarillos, azules y púrpura a doscientos dólares cada uno; un pez globo a trescientos; un pez payaso a quinientos, de un hermoso color amarillo y lunares negros. Después los costosos corales, y por supuesto Raúl los quiso de varios tipos: coral cerebro abierto, coral hongo, coral flor, en forma de dedos que se alzan del fondo marino como un marinero ahogado. Y «rocas vivas», con algas calcificadas que proyectan destellos púrpura bajo las luces. Las anguilas (morenas copo de nieve negras y blancas, morenas marrones a franjas negras) asoman la cabeza por los agujeros de la roca y los corales, y hay cangrejos que corretean sobre las rocas y gambas que flotan en la corriente creada mediante impulsos eléctricos.
El lado derecho del club está dominado por una cascada de verdad. («Eso es absurdo -protestó Adán cuando estaba en construcción-. ¿Cómo puedes poner una cascada submarina?» «Quería una, punto», fue la contestación de Raúl. Bien, ya tengo la respuesta, pensó Adán. Quería una.) Y debajo de la cascada hay una gruta con rocas lisas que sirven de cama a las parejas, y Adán se alegra de que, por motivos higiénicos, la cascada rocíe regularmente la gruta.
Las mesas del club son de metal retorcido y oxidado, y la superficie de madreperla con conchas incrustadas. La pista de baile está pintada como el fondo del mar, y la cara iluminación crea un efecto de ondulación azul, como si los bailarines estuvieran nadando bajo el agua.
El lugar costó una fortuna.
– Puedes construirlo -había advertido Adán a Raúl-, pero será mejor que dé dinero.
– ¿No lo hacen todos? -replicó Raúl.
En justicia, era cierto, tuvo que admitir Adán. Raúl podía tener un gusto aterrador, pero es un genio creando clubes nocturnos y restaurantes de moda, centros de beneficios per se y de incalculable valor para blanquear los narcodólares que ahora fluyen desde el norte como un profundo río verde.
El lugar está atestado de gente.
No solo porque es el Día de los Muertos, sino porque La Sirena es un éxito rotundo, incluso en esta ciudad tan competitiva. Y durante la orgía alcohólica anual conocida como vacaciones de primavera, los universitarios norteamericanos acudirán en bandadas al club, para gastar todavía más dólares (limpios) norteamericanos.
Pero esta noche la clientela es sobre todo mexicana, la mayoría amigos y socios comerciales de los hermanos Barrera, que han venido a celebrar el día con ellos. Hay algunos turistas norteamericanos que han conseguido hacerse un hueco, y también un puñado de europeos, pero no hay problema. Esta noche no se hablará de negocios, ni ninguna noche. Existe la regla no escrita de que los negocios legales de los complejos de ocio veraniegos están al margen de cualquier actividad relacionada con el narcotráfico. Nada de negocios, nada de reuniones y, sobre todo, nada de violencia. Después de los narcóticos, el turismo es la mayor fuente de divisas del país, de manera que nadie quiere asustar a los norteamericanos, ingleses, alemanes y japoneses que dejan sus dólares, libras, marcos y yens en Mazatlán, Puerto Vallaría, Cabo San Lucas y Cozumel.
Todos los cárteles son propietarios de clubes nocturnos, restaurantes, discos y hoteles en estas ciudades, de modo que tienen intereses que proteger, unos intereses que saldrían malparados si un turista recibiera una bala perdida. Nadie quiere coger un periódico y ver titulares acerca de un tiroteo sangriento, con fotos de cadáveres tirados en la calle. De modo que los pasadores y el gobierno han llegado a un próspero acuerdo del tipo «Lleváoslo a otro sitio, chicos». Hay demasiado dinero en juego para cagarla.
En estas ciudades puedes jugar, pero tienes que jugar limpio.
Y esta noche no cabe duda de que están jugando, piensa Adán, mientras ve a Fabián Martínez bailar con tres o cuatro alemanas rubias.
Hay demasiados negocios de que ocuparse, el ciclo incesante del producto que va al norte y el dinero que va a al sur. Existen los acuerdos comerciales constantes con los Orejuela, después el movimiento de la cocaína desde Colombia a México, el sempiterno desafío de que llegue sana y salva a Estados Unidos y se convierta en crack, de venderla a los minoristas, de recoger el dinero, de transportar el dinero hasta México y blanquearlo.