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Una parte del dinero se destina al ocio, pero otro tanto va a parar a los sobornos.

Plata o plomo.

Es sencillo: uno de los lugartenientes de los Barrera va al comandante de la policía local, o a cualquier oficial del ejército al mando, con una bolsa llena de dinero y le da a elegir con estas palabras exactas: ¿Plata o plomo?

Es lo único que hace falta decir. El significado está muy claro: puedes enriquecerte o morir. Tú eliges.

Si deciden enriquecerse, es asunto de Adán. Si deciden morir, es asunto de Raúl.

La mayoría prefieren enriquecerse.

Coño, piensa Adán, la mayoría de los polis planeaban enriquecerse. De hecho, tenían que comprar sus cargos a sus superiores, o pagar una cuota mensual de mordida. Era como en una franquicia. Burger King,Taco Bell, McSobornos. El dinero más fácil del mundo. Dinero gratis. Solo hacer la vista gorda, estar en otro sitio, no ver nada, no oír nada, no decir nada, y el pago mensual llegará completo y puntual.

Y la guerra, reflexiona Adán, mientras ve a la gente bailar bajo la luz azul centelleante, ha supuesto una bonificación para la pasma y el ejército. Méndez paga a sus polis para que confisquen nuestra droga, nosotros pagamos a nuestros chicos para que confisquen la de Méndez. Es un buen acuerdo para todos, excepto para aquel a quien le confiscan la droga. Digamos que la policía estatal de Baja se apodera de cocaína de Güero valorada en un millón de dólares. Nosotros les pagamos una «cuota de descubridor» de cien mil dólares, aparecen como héroes en los periódicos y quedan como buenos chicos delante de los yanquis, y tras un intervalo decente nos venden aquel cargamento valorado en un millón de dólares por quinientos mil.

Es un trato en que todo el mundo sale ganando.

Y eso solo en México.

También hay que pagar a los agentes de Aduanas de Estados Unidos para que hagan la vista gorda cuando coches cargados de coca, hierba o heroína cruzan sus puestos, treinta mil dólares por cargamento, sea cual sea. Y aun así, no existe garantía de que el coche vaya a cruzar por un puesto de control «limpio», aunque hayas comprado edificios de apartamentos desde cuyos tejados se dominan los pasos fronterizos, y tengas apostados vigías que están en contacto por radio con tus conductores e intenten encaminarles hacia los carriles «correctos». Pero cambian con frecuencia y de manera arbitraria a los agentes de Aduanas, de modo que si envías una docena de coches a la vez, que vayan a cruzar la frontera por San Isidro y Otay Mesa, esperas que al menos nueve o diez lo consigan.

Están los sobornos a los polis de San Diego, Los Angeles, San Bernardino, lo que quieras. Y a la policía estatal, y a los departamentos del sheriff. Y a las secretarias y mecanógrafas de la DEA, para que te pasen información sobre las investigaciones en marcha, o con qué tecnología se están llevando a cabo. O incluso ese extraño, extrañísimo, agente de la DEA que se ha vendido, pero son pocos y están muy alejados entre sí, porque entre la DEA y los cárteles mexicanos todavía existe una enemistad mortal, debido al asesinato de Ernie Hidalgo. Art Keller se encarga de eso.

Y menos mal, piensa Adán, porque la obsesión vengativa de Keller podría costarme dinero a corto plazo, pero a la larga me hace ganar dinero. Y esto es lo que los norteamericanos no consiguen llegar a comprender, que lo único que consiguen es aumentar el precio y hacernos ricos. Sin ellos, cualquier bobo con un camión viejo o una barca agujereada con motor fueraborda podría transportar drogas al norte. Y entonces el precio no compensaría el esfuerzo. Pero tal como están las cosas, hacen falta millones de dólares para mover las drogas, y en consonancia los precios son altísimos. Los norteamericanos se apoderan de un producto que crece literalmente en los árboles y lo transforman en una mercancía valiosa. Sin ellos, la cocaína y la marihuana serían como las naranjas, y en lugar de ganar miles de millones pasándolas de contrabando, yo ganaría unos pocos centavos trabajando como un negro en algún campo de California, recogiéndolas.

Y lo más divertido de todo reside en que el propio Keller es también un producto, porque yo gano millones vendiendo protección contra él, cobrando miles de dólares por el uso de nuestros polis, soldados y agentes de Aduanas a los contratistas independientes que quieren transportar su producto a través de la Plaza. Agentes de Aduanas, guardia costera, equipos de vigilancia, comunicaciones… Es lo que la pasma mexicana valora y la norteamericana no. Somos socios, mi hermano Arturo, de la misma empresa.

Camaradas en la Guerra contra las Drogas.

No podríamos existir el uno sin el otro.

Adán ve a dos chicas de aspecto nórdico que se colocan bajo la cascada, para dejar que el chorro moje sus camisetas y exhibir los pechos a sus admiradores, que son numerosos. La música retumba, el baile es frenético, la bebida fluye sin parar. Es el Día de los Muertos, y casi toda la gente que ha venido esta noche son viejos amigos de Culiacán o Badiraguato, y si eres un narco de Sinaloa tienes muchos muertos a los que recordar.

Hay un montón de fantasmas en esa fiesta.

La guerra ha sido sangrienta.

Pero, piensa Adán, con suerte casi ha terminado, y volveremos a los negocios propiamente dichos.

Porque Adán Barrera ha reinventado el negocio de la droga.

La forma tradicional de cualquier pasador mexicano era la pirámide. Como en las familias de la mafia siciliana, había un padrino, un jefe, y después capitanes, soldados, y cada nivel «sustentaba» al siguiente. Los niveles inferiores ganaban muy poco dinero, a menos que pudieran construir niveles por debajo, que a su vez los sustentaban, pero ganaban muy poco. Todo el mundo, salvo los idiotas, comprendían el problema de la pirámide: si entras pronto, te forras; si entras tarde, estás jodido. Todo ello condujo a Adán, después de analizar el problema, a crear motivaciones para salir y crear una pirámide nueva.

La pirámide también era demasiado vulnerable a la agresión de las fuerzas de la ley. Lo único que se necesitaba, pensó Adán, era un dedo, un chivato, un soldado insatisfecho de los niveles inferiores, que podía delatarte a la pasma y derrumbar la estructura piramidal integrada. Todos los cabecillas de las Cinco Familias de Nueva York están ahora en la cárcel, y sus familias han entrado en un pronunciado e inevitable declive.

Fue Adán quien se cargó la pirámide y la sustituyó por una estructura horizontal. Bien, casi horizontal. Su nueva organización solo tenía dos niveles: los hermanos Barrera arriba y todos los demás debajo.

Pero a la misma altura.

– Queremos empresarios, no empleados -explicó Adán a Raúl-. Los empleados cuestan dinero, los empresarios ganan dinero.

La nueva estructura creó un creciente grupo de hombres de negocios independientes, bien recompensados y muy motivados, que pagaban el doce por ciento de sus ganancias a los Barrera, y de buena gana. Ahora solo había un nivel al que sustentar, y dirigías tu propio negocio, corrías tus propios peligros, recibías tus propias recompensas.

Y Adán se encargaba de que las recompensas potenciales fueran mayores para los empresarios emergentes. Reconstruyó su cártel de Baja sobre ese principio, permitiendo (no, alentando) a su gente que se independizara: redujo sus «impuestos» al doce por ciento, concedió préstamos a un interés bajo para reunir el capital de lanzamiento, les facilitó acceso a servicios financieros (por ejemplo, blanqueo de dinero), todo a cambio de la simple lealtad al cártel.