Y disparando.
Callan se alegra de estar un poco bolinga. Se ha puesto el piloto automático de asesino a sueldo irlandés, con la cabeza despejada y fría, y ya sabe que quienes disparan no son federales. Por lo tanto, no es una redada, es una emboscada, y si estos tipos son polis, están fuera de servicio y ganando un dinerito extra en vista de las inminentes vacaciones. Y se da cuenta enseguida de que nadie va a salir por la puerta de delante, al menos vivo, y de que tiene que haber una puerta trasera, así que empieza a gatear hacia la parte posterior del club.
Es el muro de agua lo que salva a Adán.
Le derriba de la silla y le envía al suelo, de modo que la primera salva de disparos y metralla pasa por encima de su cabeza. Empieza a levantarse, pero el instinto toma el control mientras las balas pasan zumbando por encima de su cabeza, de modo que vuelve a sentarse. Contempla como idiotizado las balas que destrozan el costoso coral, ahora seco y sin protección detrás del acuario destrozado, y entonces pega un bote cuando una morena se retuerce a su lado. Mira hacia la otra pared donde, detrás de la cascada, Fabián Martínez está intentando ponerse los pantalones, al tiempo que una de las chicas alemanas, sentada sobre la roca, intenta hacer lo mismo, y Raúl se encuentra de pie con los pantalones caídos alrededor de los tobillos y una pistola en la mano, disparando a través de la cascada.
Los falsos federales no pueden ver a través de la cascada. Eso es lo que salva a Raúl, que sigue disparando con toda impunidad hasta que se queda sin munición, tira la pistola y se sube los pantalones. Después agarra a Fabián del hombro.
– Vámonos, tenemos que salir de aquí.
Porque los federales se están abriendo paso a través de la multitud, en busca de los hermanos Barrera. Adán les ve acercarse y se levanta con la intención de encaminarse hacia la parte de atrás, resbala y cae, vuelve a levantarse, y cuando lo hace, un federal apunta un rifle a su cara y sonríe, y Adán ya es hombre muerto, pero la sonrisa del federal desaparece en un torbellino de sangre, Adán siente que alguien aferra su muñeca y le tira al suelo, donde se encuentra cara a cara con un yanqui.
– Agáchate, capullo -le dice.
Entonces Callan empieza a disparar contra los federales que avanzan con salvas lentas y eficaces (pop-pop, pop-pop), y los derriba como patos flotantes en una feria. Adán mira al federal muerto, y ve horrorizado que los cangrejos ya han empezado a devorar el hueco bostezante donde estaba la cabeza del hombre.
Callan se arrastra hacia delante y coge dos granadas del tío al que acaba de disparar, recarga el arma a toda prisa, vuelve a gatas, agarra a Adán y, sin dejar de disparar con la otra mano, le empuja hacia la parte de atrás.
– ¡Mi hermano! -grita Adán-. ¡Tengo que encontrar a mi hermano!
– ¡Al suelo! -grita Callan cuando disparan una nueva andanada de fuego hacia ellos.
Adán se desploma cuando las balas alcanzan la parte posterior de su pantorrilla derecha y le envían de cara al agua, donde se queda tumbado como un idiota, mientras su sangre mana ante sus narices.
Da la impresión de que no puede moverse.
Su cerebro está intentando ordenarle que se levante, pero de pronto se siente agotado, demasiado cansado para moverse.
Callan se acuclilla, carga a Adán sobre sus hombros y se dirige tambaleante hacia una puerta con el rótulo de baños. Casi ha llegado cuando Raúl le quita el peso de encima.
– Yo le llevaré -dice Raúl.
Callan asiente. Otro pistolero de los Barrera está detrás de ellos, dispara hacia el caos del club. Callan abre la puerta de una patada y se encuentra en la relativa tranquilidad de un pequeño vestíbulo.
A la derecha hay una puerta con el letrero de sirenas, con la pequeña silueta de una sirena. La puerta de la izquierda indica poseidones, con la silueta de un hombre de largo pelo rizado y barba. Justo delante está la salida, y Raúl se dirige hacia allí.
– ¡No! -grita Callan, y le agarra del cuello de la camisa. Justo a tiempo, porque una ráfaga de balas barre la puerta abierta, tal como se figuraba. Cualquiera que cuente con el tiempo y los hombres necesarios para montar un atentado así habrá apostado tiradores ante la puerta de atrás.
De modo que arrastra a Raúl a través de la puerta de poseidones. El otro pistolero le sigue detrás. Callan tira de la anilla de una granada y la arroja por la puerta de atrás para disuadir a cualquiera de esperar delante o entrar.
Después salta al interior del lavabo de caballeros y cierra la puerta a su espalda.
Oye que la granada estalla con un ruido sordo de bajo.
Raúl sienta a Adán en el váter y el otro pistolero vigila la puerta, mientras Callan examina la pierna herida de Adán. Las balas la han atravesado limpiamente, pero es imposible saber si han roto algún hueso. O si han alcanzado la arteria femoral, y en ese caso Adán va a desangrarse hasta morir antes de que puedan conseguir ayuda.
La verdad es que ninguno de ellos va a salvarse si siguen llegando pistoleros, porque están atrapados. Joder, piensa, de alguna manera siempre he sabido que moriría en un cagadero, después pasea la vista a su alrededor, y no hay ventanas como en los lavabos de Estados Unidos, pero encima de él ve una claraboya.
¿Una claraboya en el lavabo de hombres?
Otro de los gustos de Raúl.
– Quiero que los baños parezcan camarotes de transatlántico al revés -había explicado a Adán cuando discutieron sobre las claraboyas-. Ya sabes, como si el barco estuviera hundido.
Así que la claraboya tiene forma de portilla, y los cuartos de baño están adornados, y todo, excepto el lavabo y el váter, está al revés. Justo lo que quieres, piensa Callan, si has estado trincando margaritas y vas a mear: un cagadero mareante. Se pregunta cuántos chicos universitarios habrán entrado aquí en plena forma y habrán acabado vomitando en cuanto se pusieron de lado, pero no piensa mucho en ello, porque la estúpida portilla del techo es su vía de escape, así que se sube al lavabo y abre la claraboya. Salta, se agarra al borde, se yergue, sale al tejado, el aire es salado y tibio, y luego asoma la cabeza por la portilla.
– ¡Venid! -dice.
Fabián salta y pasa a través de la portilla, después Raúl levanta a Adán, y Callan y Fabián le suben al tejado. A Raúl le cuesta pasar por el hueco de la pequeña portilla, pero lo consigue justo cuando los federales derriban a patadas la puerta y rocían el techo de balas.
Entran en tromba, esperando ver cadáveres y heridos agonizantes, pero no ven nada de eso y se quedan perplejos, hasta que uno levanta la vista, ve la claraboya abierta y comprende lo sucedido. Pero lo siguiente que ve es la mano de Callan, que deja caer una granada, y después la claraboya se cierra, y ahora sí que hay cadáveres y heridos agonizantes en el lavabo de caballeros de La Sirena.
Callan les guía hacia la parte posterior del edificio. Solo hay un federal custodiando la callejuela, y Callan lo despacha con dos veloces disparos en la nuca. Después Raúl y él bajan con cuidado a Adán, mientras Fabián les espera.
Corren por la callejuela, Raúl cargado con Adán, hacia la calle de atrás, donde Callan destroza de un disparo la ventanilla de un Ford Explorer, abre la puerta y tarda unos treinta segundos en hacer un puente para encender el motor.
Diez minutos después se hallan en la sala de urgencias del hospital de Nuestra Señora de Guadalupe, donde las enfermeras de recepción oyen el apellido Barrera y no hacen preguntas.
Adán tiene suerte: el fémur está astillado pero no roto, y la arteria femoral está intacta.
Raúl le está dando sangre con un brazo, habla por teléfono con la otra mano, y al cabo de pocos minutos sus sicarios están corriendo hacia el hospital o registrando el barrio de La Sirena en busca de los muchachos de Güero que hayan podido rezagarse. No vuelven con ninguno, solo con la noticia de que seis clientes han muerto, y hay diez federales muertos o heridos.