Pero los pistoleros de Méndez no han conseguido acabar con los hermanos Barrera.
Gracias a Sean Callan.
– Lo que quieras -le dice Adán.
En este Día de los Muertos.
Solo tienes que pedir.
Todo lo que quieras.
La adolescente prepara su pan de muerto.
El tradicional panecillo azucarado con una sorpresa escondida dentro, que a don Miguel Ángel Barrera le gusta tanto y espera recibir en este día. Da buena suerte que te toque el trozo de la sorpresa, de manera que prepara un panecillo solo para él, para que sea don Miguel quien obtenga la sorpresa.
Quiere que todo le salga perfecto en esta noche especial.
Por lo tanto, se viste con especial esmero: un vestido negro sencillo pero elegante, medias negras y zapatos de tacón alto. Se aplica el maquillaje con parsimonia, presta especial atención al grosor exacto del rímel, y lo que ve le gusta; su piel es suave y pálida, los ojos oscuros quedan resaltados, el pelo le cae sobre los hombros.
Entra en la cocina y coloca el pan de muerto especial sobre una bandeja de plata, dispone velas a ambos lados, las enciende y entra en el comedor de la celda.
El hombre tiene un aspecto majestuoso, piensa ella, con la chaqueta de esmoquin marrón sobre el pijama de seda. Los sobrinos de don Miguel se encargan de que su tío disfrute de todos los lujos que necesita para lograr que su existencia en la cárcel sea tolerable: buena ropa, buena comida, buenos vinos y, bien, ella.
La gente susurra que Adán Barrera cuida tanto a su tío para calmar su sentimiento de culpa, porque prefiere que su tío siga en prisión para que el viejo no se entrometa con su liderazgo como pasador de los Barrera. Lenguas más afiladas insinúan que Adán tendió la celada a su tío para tomar el control de las riendas.
La chica no sabe la verdad que contienen esas habladurías, y le da igual. Solo sabe que Adán Barrera la ha rescatado de un futuro miserable en un burdel de Ciudad de México y la eligió para compañera de su tío. Los rumores apuntan a que se parece a la mujer a quien don Miguel amó en un tiempo.
Lo cual me ha traído buena suerte, piensa.
Las exigencias de don Miguel no son excesivas. Cocina para él, le lava la ropa, complace sus necesidades masculinas. Le pega, cierto, pero no tan a menudo ni con tanta brutalidad como su padre, y sus exigencias sexuales no son muy frecuentes. Le pega, después se la tira, y si no puede mantener duro el floto se cabrea y le pega hasta que puede hacerlo.
Hay vidas peores, piensa.
Y el dinero que Adán Barrera le envía es generoso.
Pero no tan generoso como…
Aleja el pensamiento de su cabeza y ofrece el pan de muerto a don Miguel.
Le tiemblan las manos.
Tío se da cuenta.
Las pequeñas manos de la muchacha tiemblan cuando deposita el pan delante de él, y cuando la mira a los ojos ve que están húmedos, al borde de las lágrimas. ¿Es de pena?, se pregunta. ¿O de miedo? Y mientras la mira fijamente a los ojos, ella baja la vista hacia el pan de muerto, después la alza de nuevo hacia él, y Tío comprende.
– Es bonito -dice mientras contempla el panecillo.
– Gracias.
¿Se ha quebrado su voz?, se pregunta el hombre. ¿La más ínfima vacilación?
– Siéntate, por favor -dice al tiempo que le acerca la silla.
La muchacha se sienta y sus manos aferran los bordes de la silla.
– Toma el primer bocado, por favor -dice él al tiempo que toma asiento.
– Oh, no, es para usted.
– Insisto.
– No podría.
– Insisto.
Es una orden.
Que ella no puede desobedecer.
Por lo tanto, rompe un trozo de pan y se lo lleva a los labios. Su mano tiembla tanto que le cuesta encontrar la boca. Y por más que intenta reprimirlas, las lágrimas anegan sus ojos y luego se derraman, y el rímel rueda sobre sus mejillas, pintando franjas negras en su cara.
Le mira y sorbe por la nariz.
– No puedo.
– No obstante, me lo habrías dado.
La joven sorbe por la nariz, pero pequeñas burbujas de mocos surgen de ella.
Tío le da una servilleta de hilo.
– Sécate la nariz -ordena.
Ella obedece.
– Ahora tienes que comerte el pan que me has preparado -dice Tío.
– Por favor -se le escapa a la muchacha.
Después baja la vista.
¿Mis sobrinos ya están muertos?, se pregunta Tío. Güero no se atrevería a asesinarme, a menos que Adán y Raúl, sobre todo este último, hubieran sido eliminados. Así que o bien están muertos, o no tardarán en estarlo, o quizá Güero también ha fracasado en eso. Esperemos que así sea, piensa, y toma nota mental de ponerse en contacto con sus sobrinos lo antes posible, en cuanto concluya este triste asunto.
– Méndez te ha ofrecido una fortuna, ¿verdad? -pregunta Miguel Ángel a la chica-. Una vida nueva para ti, para toda tu familia.
Ella asiente.
– Tienes hermanas menores, ¿verdad? -pregunta Tío-. ¿El borracho de tu padre las maltrata? Con el dinero de Méndez podrías salvarlas, comprarles una casa.
– Sí.
– Entiendo -dice Tío.
Ella le mira esperanzada.
– Come -dice Miguel Ángel-. Es una muerte misericordiosa, ¿verdad? Sé que no habrías querido que muriera lenta y dolorosamente.
Ella se resiste a llevarse el pan a la boca. Su mano tiembla, pequeñas migas se quedan pegadas al carmín de un rojo intenso. Gruesas lágrimas caen sobre el pan, estropean la capa de azúcar tan primorosamente aplicada.
– Come.
La muchacha toma un pedazo de pan, pero no puede tragarlo, de modo que Tío llena una copa de vino y se la pone en la mano. Ella bebe, y eso parece ser de ayuda, porque engulle el pan con el líquido, da otro mordisco y bebe.
Él se inclina hacia delante y le acaricia el pelo con el dorso de la mano.
– Lo sé, lo sé -murmura con dulzura, mientras con la otra mano le introduce otro pedazo de pan en la boca. Ella abre la boca y lo recibe en la lengua, bebe un sorbo de vino, y entonces la estricnina surte efecto y su cabeza cae hacia atrás, los ojos abiertos de par en par, y la muerte gorgotea entre sus labios abiertos.
Ordena que arrojen su cadáver a los perros.
Parada enciende un cigarrillo.
Da una calada mientras se inclina, se pone los zapatos y se pregunta por qué le han despertado a las tantas de la madrugada, y de qué se trata ese «asunto personal urgente» que no podía esperar a que saliera el sol. Le dice al ama de llaves que acompañe al ministro de Educación a su estudio, que enseguida bajará.
Hace años que Parada conoce a Cerro. Era obispo de Culiacán cuando Cerro era gobernador de Sinaloa, y hasta bautizó a los dos hijos legítimos del hombre. ¿No había sido el padrino Miguel Ángel Barrera en ambas ocasiones?, se pregunta. Era Barrera quien había acudido a él para encargarse de los asuntos, espirituales y temporales, de la prole ilegítima de Cerro, cuando el gobernador se había aprovechado de una joven de un pueblo. Oh, bien, acudieron a mí por ser lo contrario de un abortista, cabe decirlo a favor del hombre.
Pero, piensa mientras se pone un viejo jersey de lana, si se trata de otra adolescente en circunstancias interesantes, estoy dispuesto a enfadarme de verdad. Cerro ya tiene edad suficiente para saber lo que se hace. Como mínimo, la experiencia tendría que haberle enseñado una lección, y en cualquier caso, ¿por qué tiene que presentarse (echa un vistazo al reloj) a las cuatro de la mañana?
Llama al ama de llaves.
– Café, por favor -le dice-. Para dos. En el estudio.