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Callan se siente aliviado cuando Raúl deja caer su AK, levanta las manos y sonríe.

Entretanto, Ramos y sus muchachos llegan preparados para zurrar la badana, pero todas las badanas que quedan están sangrando o se han marchado ya. La calle entera zumba como una nube de insectos en los oídos de Ramos, mientras le llega el rumor de que la policía ha detenido a uno de los Barrera.

Era Adán.

No, era Raúl.

Sea quien sea el que ha detenido la poli, piensa Ramos, ¿adónde le habrán llevado? Es importante, porque si han sido los federales le habrán llevado a un vertedero y disparado cuatro tiros, y si ha sido la policía de Baja le habrán llevado a un piso franco, y si ha sido la policía de la ciudad, Ramos aún podría meter en el saco a un Barrera.

Sería estupendo que fuera Adán.

Y no tanto si fuera Raúl, pero aun así…

Ramos está reuniendo testigos oculares, hasta que un agente uniformado de la ciudad se acerca y le dice que los detectives de la brigada de homicidios de la ciudad han detenido a uno de los Barrera y a dos tipos que iban en el coche con ellos.

Ramos corre hacia la comisaría.

Con el puro en la boca, Esposa en la cadera, entra como una tromba en la sala de la brigada de homicidios, justo a tiempo de ver desaparecer la nuca de Raúl por la puerta de atrás. Ramos levanta la pistola para meter una bala en aquella nuca, pero un tío de homicidios agarra el cañón.

– Tómatelo con calma-dice.

– ¿Quién coño era ese? -pregunta Ramos.

– ¿Quién coño era quién?

– El tipo que acaba de matar a balazos a un montón de polis -replica Ramos-. ¿O es que te da igual?

Por lo visto, sí, porque los tíos de homicidios se apelotonan ante la puerta para dejar que Raúl, Fabián y Callan se vayan de rositas, y si están avergonzados de sí mismos, Ramos no lo detecta en sus caras.

Adán lo ve en la televisión.

El Mercadillo de Sinaloa ha salido en todos los telediarios.

Oye a reporteros sin aliento anunciar que ha sido detenido. O bien su hermano, según el canal. Pero todos están comentando que, por segunda vez en cuestión de semanas, ciudadanos inocentes han quedado atrapados en el fuego cruzado entre bandas de drogas rivales, en pleno centro de una ciudad importante. Y que hay que hacer algo para detener la violencia entre los cárteles rivales de Baja.

Bien, pronto se hará algo, piensa Adán. Tenemos suerte de haber sobrevivido a los dos últimos ataques, pero ¿cuánto tardaremos en agotar la suerte?

La conclusión es que estamos acabados.

Y cuando yo haya muerto, Güero perseguirá a Lucía y a Gloria y las matará. A menos que pueda descubrir, y neutralizar, la fuente del nuevo poder de Güero.

¿De dónde procede?

Ramos y sus tropas están poniendo patas arriba un almacén cercano a la frontera, en el lado mexicano. El soplo era bueno, y han encontrado montones de cocaína envasada al vacío. Una decena de trabajadores de Güero Méndez están maniatados, y Ramos observa que todos lanzan miradas furtivas hacia una carretilla elevadora aparcada en un rincón.

– ¿Dónde están las llaves? -le pregunta al encargado del almacén.

– En el cajón de arriba del escritorio.

Ramos se apodera de las llaves, salta sobre la carretilla y sube. Apenas da crédito a sus ojos.

La boca de un túnel.

– ¿Me estáis tomando el pelo? -pregunta en voz alta Ramos.

Salta de la carretilla, agarra al encargado y lo levanta del suelo.

– ¿Hay hombres ahí? -pregunta-. ¿Trampas explosivas?

– No.

– Si hay, volveré y te mataré.

– Lo juro.

– ¿Las luces están apagadas?

– Sí.

– Pues enciéndelas.

Cinco minutos después, Ramos sujeta a Esposa con una mano y utiliza la otra para bajar por la escalerilla clavada a un lado de la entrada del túnel.

Diecinueve metros y medio de profundidad.

El pozo tiene unos dos metros de altura y uno veinte de ancho, con suelos y paredes reforzados. Hay luces fluorescentes sujetas al techo. Un sistema de aire acondicionado bombea aire fresco a todo el túnel. Han dispuesto una vía estrecha en el suelo, con cochecitos sobre los raíles.

Joder, piensa Ramos, al menos no hay locomotora. De momento.

Empieza a caminar por el pozo en dirección norte, hacia Estados Unidos. Entonces se le ocurre que debería ponerse en contacto con alguien del otro lado antes de cruzar la frontera, incluso bajo el suelo. Vuelve a la superficie y hace algunas llamadas telefónicas. Dos horas después, vuelve a bajar la escalerilla, seguido de Art Keller. Y detrás de ellos, un batallón del Grupo Táctico Especial y un montón de agentes de la DEA.

En el lado norteamericano, un ejército de agentes de la DEA, el INS, la ATF, el FBI y Aduanas están concentrados en la zona que hay al otro lado del túnel, a la espera de asaltar el lugar preciso en cuanto el grupo del túnel les dé la orden por radio.

– Increíble, joder -dice Shag Wallace cuando llegan al fondo-. Alguien ha invertido un montón de dinero en esto.

– Alguien ha pasado un montón de dinero por aquí -contesta Art. Se vuelve hacia Ramos-. ¿Sabemos que es obra de Méndez, y no de los Barrera?

– Es de Güero -dice Ramos.

– ¿Qué pasa? ¿alguien le pasó un vídeo de La gran evasión? -pregunta Shag.

– Avísame cuando crucemos la frontera -dice Ramos a Art.

– Lo haré a ojo -contesta Art-. Joder, ¿cuánto mide esto?

Unos cuatrocientos veinte metros, más o menos, así lo calculan antes de llegar al siguiente pozo vertical. Una escalerilla de hierro clavada a las paredes de cemento conduce a una trampilla sujeta con tornillos.

Art conecta un dispositivo GPS.

Las tropas llegarán de un momento a otro.

Mira la trampilla.

– Bien -dice-, ¿quién quiere ser el primero en pasar?

– Estamos en tu jurisdicción -dice Ramos.

Art sube por la escalerilla, seguido de Shag, y se agarran a la escalerilla con una mano mientras abren la trampilla con la otra.

Debía de ser complicado subir la droga desde el túnel, piensa Art. Una cadena de hombres situados en diversos peldaños de la escalerilla, probablemente. Se pregunta si estaban pensando en construir un montacargas.

La trampilla se abre y entra luz en el pozo.

Art aferra con firmeza la pistola y sube.

Caos.

Los hombres corren como cucarachas cuando las luces se encienden, y los chicos del destacamento especial con chaqueta azul se abalanzan sobre ellos, les obligan a tirarse al suelo y les inmovilizan las manos a la espalda con cables de teléfono.

Es una fábrica de conservas, observa Art.

Hay tres cintas transportadoras organizadas, montañas de latas vacías, máquinas de empaquetar, máquinas de etiquetar. Art lee una de las etiquetas: guindillas. Y la verdad es que hay inmensas pilas de guindillas preparadas para ser colocadas en las cintas transportadoras.

Pero también hay ladrillos de cocaína.

Y Art cree que la coca se enlata a mano.

Russ Dantzler se acerca a él.

– Güero Méndez, el Willy Wonka de los polvos para la nariz.

– ¿Quién es el propietario de este edificio? -pregunta Art.

– ¿Estás preparado para esto? Los hermanos Fuentes.

– No jodas.

– Desde luego que no.

Alimentos Tres Hermanos, piensa Art. Vaya, vaya, vaya. La familia Fuentes es un elemento importante de la comunidad méxico-americana. Importantes hombres de negocios del sur de California, grandes contribuyentes del Partido Demócrata. Los camiones de los Fuentes van desde las fábricas de conservas y los almacenes de San Diego y Los Angeles a ciudades de todo el país.