Un sistema de distribución preparado para la cocaína de Güero Méndez.
– Genial, ¿verdad? -dice Dantzler-. Pasan la coca por el túnel, la enlatan como guindillas y la envían a donde les da la gana. Me pregunto si alguna vez la habrán cagado. Quiero decir, si alguien de Detroit habrá comprado una lata de guindillas y habrá acabado con trescientos gramos de polvitos. En ese caso, deme una lata de aquellas guindillas, ¿sabe a qué me refiero? ¿Qué quieres que hagamos con los hermanos Fuentes?
– Detenerles.
Lo cual será interesante, piensa. No solo son grandes contribuyentes del Partido Demócrata, sino grandes contribuyentes de la campaña presidencial de Luis Donaldo Colosio.
Adán tarda unos treinta y dos segundos en enterarse de la noticia.
Ahora sabemos cómo pasaba Méndez su cocaína a través de la Plaza, piensa Adán. La ha estado pasando por debajo. Y ahora también conocemos el origen de su poder en Ciudad de México. Ha comprado al presunto heredero, Colosio.
Eso es todo.
Güero ha comprado Los Pinos, y estamos acabados.
Entonces suena el teléfono.
Sal Scachi quiere ofrecer su ayuda.
Cuando explica lo que entraña su oferta, Adán se niega al instante. Firme, inalterable, tajantemente, la respuesta es no.
Es impensable.
A menos que…
Adán le dice lo que quiere a cambio.
Favor con favor se paga.
Hacen falta días de negociaciones secretas, pero Scachi accede por fin.
Pero Adán tiene que actuar con celeridad.
Estupendo, piensa Adán.
Pero necesitaremos gente para hacerlo.
Chicos.
Eso es lo que Callan anda buscando, chicos.
Está sentado en el sótano de una casa de Guadalajara. El lugar es una puta armería. Hay chatarra por todas partes, y no solo los habituales AR y AK.
Hay material pesado: ametralladoras, lanzagranadas, chalecos antibalas Kevlar. Callan está sentado en una silla plegable metálica, mirando a un puñado de adolescentes chicanos, todos miembros de bandas callejeras de San Diego, mientras miran a Raúl Barrera clavar con chinchetas una fotografía en un tablón de anuncios.
– Memorizad esta cara -les dice Raúl-. Es Güero Méndez.
Los adolescentes están fascinados. Sobre todo cuando Raúl saca lenta y teatralmente fajos de billetes de una bolsa de lona y los deja sobre la mesa.
– Cincuenta mil dólares norteamericanos -dice-. En metálico. Irán a parar al primero de vosotros que…
Una pausa melodramática.
– … se cargue a Güero Méndez.
Van a iniciar la «caza de Güero», anuncia Raúl. Van a formar convoyes de vehículos blindados hasta encontrar a Méndez, y después utilizarán su potencia de fuego combinada para enviarle al infierno, donde merece estar.
– ¿Alguna pregunta? -dice Raúl.
Sí, unas cuantas, piensa Callan. Para empezar, ¿cómo coño crees que vas a liquidar a los asesinos profesionales de Güero con esta pandilla de críos? ¿Es esto lo que nos queda? ¿Es esto lo mejor que el pasador de los Barrera, con todo su dinero y poder, es capaz de reunir? ¿Un puñado de pandilleros de San Diego?
Es una puta broma, con motes como Flaco, Soñador, Poptop y, no es coña, Scooby Doo. Fabián los reclutó en el barrio, dice que son asesinos despiadados, que se lo han dejado claro.
Sí, es posible, piensa Callan. Es posible, pero una cosa es llevarte por delante a otro pandillero que está fumando hierba en el porche, y otra muy distinta cargarte a un puñado de asesinos profesionales.
¿Una pandilla de niñatos para un golpe de envergadura? Estarán demasiado ocupados meándose encima y disparándose entre sí (espero que a mí no), cuando les entre el pánico y se dediquen a ametrallar cualquier cosa que destelle en su visión periférica. No, Callan aún no comprende esta Cruzada de los Niños de Raúl. Se va a armar un pollo de los gordos, y Callan solo espera a) localizar en el caos a Méndez y quitarle de en medio, y b) hacerlo antes de que uno de los chavales le abata por equivocación.
Entonces recuerda que solo tenía diecisiete años cuando se cargó a Eddie Friel en la Cocina. Sí, pero eso fue diferente. Tú eras diferente. Estos chicos no parecen asesinos como yo.
La pregunta que quiere plantear a Raúl es: ¿Estás borracho? ¿Se te ha ido la puta olla? De todos modos, no hace esa pregunta, sino que se decanta por otra más práctica.
– ¿Cómo sabemos que Méndez sigue en Guadalajara?
Porque Parada le pidió que fuera a verle.
Porque Adán le pidió a Parada que se lo pidiera.
– Quiero parar la violencia -le dice al anciano sacerdote.
– Eso es fácil -contesta Parada-. Párala.
– No es tan fácil -arguye Adán-. Por eso le pido ayuda.
– ¿A mí? ¿Para qué?
– Para hacer las paces con Güero.
Adán sabe que ha tocado un punto débil, el punto que ningún sacerdote puede resistir.
Presenta a Parada una difícil elección. No es idiota. Sabe que si, contra todo pronóstico, consiguiera hacer las paces entre los Barrera y los Méndez, también estaría favoreciendo un ambiente más eficaz para el funcionamiento de los cárteles de la droga. En ese sentido, estaría colaborando a perpetuar un mal, cosa que, como sacerdote, ha jurado no hacer. Por otra parte, también ha jurado aprovechar cualquier oportunidad de mitigar el mal, y la paz entre los dos cárteles enfrentados impediría solo Dios sabe cuántos asesinatos más. Y obligado a elegir entre los males del tráfico de drogas y el asesinato, ha de juzgar el asesinato como un mal mayor.
– ¿Quieres sentarte a hablar con Güero? -pregunta.
– Sí, pero ¿dónde? Güero no querrá ir a Tijuana, y yo no quiero ir a Culiacán.
– ¿Vendrías a Guadalajara? -pregunta Parada.
– Si garantiza mi seguridad.
– ¿Tú garantizarías la de Güero?
– Sí -dice Adán-, pero él no aceptaría esa garantía, del mismo modo que yo no aceptaría la de él.
– No es eso lo que estoy preguntando -dice Parada impaciente-. Te estoy preguntando si jurarás no atentar contra Güero de ninguna manera.
– Lo juro por mi alma.
– Tu alma, Adán, es más negra que el infierno.
– Cada cosa a su tiempo, padre.
Parada escucha. Si puedes arrojar un solo rayo de luz en la oscuridad, a veces se convierte en una cuña que se propagará hasta iluminar todo el vacío. Si no creyera en esto, piensa mientras reflexiona sobre el alma de este asesino múltiple, no podría levantarme por las mañanas. De modo que, si este hombre está pidiendo ese único rayo de luz, no puedo negarme.
– Lo intentaré, Adán -dice.
No será fácil, piensa mientras cuelga el teléfono. Si la mitad de lo que he oído sobre la guerra entre estos hombres es cierto, será imposible convencer a Güero para que venga a hablar con Adán Barrera sobre paz. Aunque puede que también esté harto de matar.
Tarda tres días en poder ponerse en contacto con Méndez.
Parada se pone en contacto con viejos amigos de Culiacán y hace correr el rumor de que quiere hablar con Güero. Tres días después, Güero llama.
Parada no pierde el tiempo con preliminares.
– Adán Barrera quiere hablar de paz.
– No me interesa la paz.
– Deberías.
– Mató a mi mujer y a mis hijos.
– Más motivo aún.
Güero no ve la lógica, pero lo que sí ve es una oportunidad. Mientras Parada insiste sobre la reunión de Guadalajara en un lugar público, con él como mediador y «todo el peso moral de la Iglesia» como garantía de su seguridad, Méndez ve la oportunidad de sacar por fin a los Barrera de su fortaleza de Baja. Al fin y al cabo, su mejor oportunidad de matarlos fracasó, y tiene el culo clavado en San Diego.
Así que escucha, y mientras oye al cura insistir en que su mujer y sus hijos lo habrían deseado así, finge algunas lágrimas de cocodrilo, y después, con voz entrecortada, accede a celebrar la reunión.