– Mira, yo no voy a ir a Biscailuz y todos lo sabemos. ¿Qué tenéis contra mí? Tenéis mi cámara; no sé si lo habéis comprobado, pero no hay ninguna foto en ella. Y tenéis a alguna recoge boletos o algún salvavidas o algún otro que dice que yo he sacado unas fotos. Pero no existe otra prueba que sus palabras. Y si sólo los habéis traído para que me identifiquen a través del espejo, esa identificación tampoco es válida. No ha sido ni remotamente una rueda de reconocimiento imparcial.
Esperó a que dijeran algo, pero no lo hicieron. Ahora era él quien llevaba la batuta.
– Aunque el fondo de todo este asunto es que quienquiera que tengáis tras ese cristal, él o ella es testigo de algo que ni siquiera es delito. Si eso equivale a pasar una noche en la prisión del condado, no lo sé. Pero quizá pueda explicármelo usted, detective Sweetzer, si no es demasiado pedir a su inteligencia.
Sweetzer se levantó de pronto, tirando su silla contra la pared. Delpy sujetó su brazo, sometiéndolo esta vez físicamente.
– Tómatelo con calma, Ron -le ordenó-. Siéntate, haz el favor de sentarte.
Sweetzer cumplió la orden. Entonces Delpy miró a Gladden.
– Si van a seguir con esto, tendré que hacer esa llamada -dijo él-. Por favor, ¿dónde está el teléfono?
– Tendrá usted su teléfono. En cuanto formulemos la acusación. Pero olvídese de los cigarrillos. No se puede fumar en la cárcel del condado. Nosotros cuidamos de su salud.
– ¿Acusación? ¿De qué cargos? No pueden detenerme.
– Contaminación de aguas públicas, vandalismo contra la propiedad municipal. Evasión frente a un oficial de policía.
Las cejas de Gladden se alzaron con una mirada interrogante. Delpy le sonrió.
– Olvida usted algo -dijo ella-. El cubo de basura que tiró usted a la bahía de Santa Mónica.
Asintió triunfante y apagó la grabadora.
En la celda de la jefatura de policía le permitieron a Gladden que hiciera la llamada. Al ponerse el receptor en la oreja pudo percibir el olor del jabón industrial que le habían dado para que se quitase la tinta de los dedos. Eso le sirvió para recordar que tenía que estar libre antes de que sus huellas fuesen contrastadas en el ordenador nacional. Marcó un número que había procurado memorizar la noche en que llegó a la costa. Krasner estaba en la lista de la red.
Al principio, la secretaria del abogado estuvo a punto de colgarle, pero entonces él le pidió que le dijera al señor Krasner que llamaba de parte del señor Pederson, el nombre sugerido en el boletín de la red. Entonces Krasner se puso enseguida al teléfono.
– Sí, aquí Arthur Krasner. ¿Qué puedo hacer por usted?
– Señor Krasner, mi nombre es Harold Brisbane y tengo un problema.
Entonces Gladden le contó detalladamente a Krasner lo que le había ocurrido. Hablaba en voz baja porque no estaba solo. Había otros dos hombres en la celda, esperando ser trasladados a la prisión del condado en Biscailuz. Uno estaba estirado en el suelo, durmiendo; era un drogadicto. El otro estaba sentado al otro lado de la celda, pero no dejaba de mirar a Gladden e intentaba escuchar porque no tenía otra cosa que hacer. Gladden pensó que podía ser una trampa, un poli que se hacía pasar por detenido para escuchar furtivamente su conversación con el abogado.
Por eso Gladden evitó decir su verdadero nombre. Krasner permaneció un rato en silencio.
– ¿Qué es ese ruido? -preguntó podin.
– Hay un tipo durmiendo en el suelo. Y está roncando.
– Harold, usted no debería estar entre esa gente -se lamentó Krasner en un tono paternalista que disgustó a Gladden-. Hemos de hacer algo.
– Para eso le llamo.
– Mis honorarios por hoy y por mañana serán de mil dólares. Le hago un descuento generoso. Se lo hago porque viene usted de parte de… del señor Pederson. Si la cosa se alarga más allá de mañana, tendremos que discutirlo. ¿Tiene algún problema para conseguir el dinero?
– No, ningún problema.
– ¿Y para la fianza? Además de mis honorarios, ¿podrá usted pagar la fianza? Parece que está fuera de lugar una pignoración de propiedades. El fiador se lleva el diez por ciento de la fianza fijada por el juez. Éstos son sus honorarios. No se le devolverán.
– Sí, olvide las propiedades. Después de pagarle sus exorbitantes honorarios es probable que pueda conseguir cinco más. Eso de manera inmediata. Puedo conseguir más, pero sería difícil. Quisiera fijarlo en un máximo de cinco y quiero salir lo más pronto posible.
Krasner ignoró el comentario sobre sus honorarios.
– ¿Quiere decir cinco mil?
– Sí, claro. Cinco mil dólares. ¿Qué puede usted hacer con eso?
Gladden se imaginó que Krasner probablemente se estaba arrepintiendo de haber rebajado sus inflados honorarios.
– Vale, eso quiere decir que puede usted llegar a una fianza de cincuenta mil. Creo que vamos por buen camino. Se trata de un arresto por delito, de momento. Aunque la fuga y la contaminación se pueden calificar como delitos o como faltas. Estoy seguro de que los rebajarán. Es una exageración urdida por los polis. Sólo tenemos que llevado ante el tribunal y saldrá bajo fianza.
– Sí.
– Creo que cincuenta mil es mucho para este asunto, pero forma parte del regateo que tendré que hacer con el agente del registro. Ya veremos cómo va. Tengo entendido que no ha dado usted su domicilio.
– Correcto. Necesito uno.
– Entonces quizás hagan falta los cincuenta. Pero entretanto vaya ver qué se puede hacer con su domicilio. Eso quizá comporte algunos gastos adicionales. No será mucho. Puedo pro me…
– De acuerdo. Hágalo.
Gladden se volvió hacia el hombre que estaba al otro lado de la celda.
– ¿Y qué pasa con esta noche? -preguntó en voz baja-. Ya se lo he dicho, estos polis están intentando hacerme daño.
– Creo que es una fanfarronada, pero…
– Para usted es fácil decirlo…
– Pero no puedo hacer nada. Escúcheme, señor Brisbane. No puedo sacarle esta noche, pero voy a hacer unas llamadas. Estará usted bien. Haré que le pongan en la K-9.
– ¿Qué es eso?
– Es una zona de trato especial en la prisión. Por lo general está reservada para confidentes y casos de gente poderosa. Llamaré a la cárcel y les diré que es usted confidente en una investigación federal que se lleva desde Washington.
– ¿No lo comprobarán?
– Sí, pero hoy ya será demasiado tarde. Le pondrán en la K-9 y mañana, para cuando comprueben que es falso, usted ya estará ante el tribunal y esperemos que poco después en libertad.
– Es un buen truco, Krasner.
– Sí, pero no podré usado de nuevo. Creo que tendré que subirle un poco los honorarios de que hemos hablado, para cubrir las pérdidas.
– A la mierda con eso. Mire, éste es el trato. Tengo acceso a seis de los grandes, como máximo. Sáqueme de aquí y lo que quede después de pagar al fiador, para usted. Es un buen negocio.
– Trato hecho. Ahora, una cosa más. Usted ha hablado también de la necesidad de adelantarse en lo de las huellas dactilares. Necesito hacerme una idea de eso. De modo que, en conciencia, no puedo llegar a ningún acuerdo antes de que el tribunal…
– Tengo antecedentes, si es eso lo que me pregunta. Pero no creo que usted y yo tengamos que hablar de eso.
– Le entiendo.
– ¿Para cuándo me emplazarán?
– A última hora de la mañana. Cuando llame a la cárcel; en cuanto cuelgue, veré si pueden programado para que salga en el primer autobús a Santa Mónica. Es mejor esperar en el juzgado que en Biscailuz.
– No lo sabía. Es la primera vez que estoy aquí.
– Uf, señor Brisbane, tengo que reclamarle de nuevo mis honorarios y el importe de la fianza. Me temo que el dinero tendrá que estar en mis manos antes de acudir al juzgado mañana.