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– ¿La tenía?

– No. La vi en el asiento de al lado. Había caído sobre el asiento.

– ¿Recuerda usted si llevaba puestos unos guantes cuando miró al interior?

– Guantes… guantes -dijo, como si tratara de arrancarle una respuesta al banco de datos de su cerebro. Después de otra larga pausa, añadió-: No lo sé. No tengo la imagen en la memoria. ¿Qué dice la policía?

– Bueno, sólo intento comprobar si lo recuerda.

– Pues no puedo recordarlo, lo siento.

– Si la policía se lo pidiera, ¿se dejaría hipnotizar? Para ver si se lo podían sacar de esa manera.

– ¿Hipnotizarme? ¿Esas cosas hacen? -Aveces, si es necesario.

– Bueno, si fuera necesario supongo que lo haría.

Estábamos frente a la cabana. Me quedé mirando al Tempo, que había estacionado en el mismo lugar en que lo había hecho mi hermano.

– Otra cosa que quiero preguntarle es sobre el tiempo. El informe policial dice que usted avistó el coche a los cinco segundos de oír el disparo. Y en cinco segundos no hay manera de que alguien corriera desde el coche hasta el bosque sin que usted lo viera.

– Cierto. No hay manera. Lo habría visto.

– De acuerdo, ¿y después?

– ¿Después de qué?

– Después de que usted fuera hasta el coche y viera que el hombre estaba muerto. El otro día me dijo que volvió a la cabana e hizo un par de llamadas, ¿no es cierto?

– Sí, al 911 ya mi jefe.

– De modo que estaba usted dentro de la cabana y no podía ver el coche, ¿verdad?

– Cierto.

– ¿Durante cuánto tiempo?

Pena, dándose cuenta de lo que yo pretendía, comentó:

– Pero eso no tiene importancia, porque él estaba solo en el coche.

– Ya lo sé, pero dígame: ¿durante cuánto tiempo?

Se encogió de hombros como diciendo ¿qué demonios?, y volvió a guardar silencio. Después entró en la cabana e hizo con la mano el gesto de descolgar el teléfono.

– Llamé al 911. Me contestaron muy rápido. Tomaron nota de mi nombre y de lo que había visto, y eso llevó algún tiempo. Después volví a telefonear y pregunté por Dough Paquin, que es mi jefe. Dije que era una emergencia y me comunicaron con él enseguida. Se puso al teléfono y le conté lo que había pasado, entonces me ordenó que saliera y

que no perdiera de vista el coche hasta que llegase la policía. Eso fue todo. Entonces salí.

Consideré todo aquello y llegué a la conclusión de que probablemente había perdido de vista el Caprice durante al menos treinta segundos.

– La primera vez que fue al coche, ¿comprobó todas las puertas para ver si alguna se podía abrir?

– Solamente la del conductor. Pero estaban todas bloqueadas.

– ¿Cómo lo sabe?

– Cuando llegaron los policías lo intentaron y estaban todas cerradas por dentro. Tuvieron que usar una de esas palanquetas para hacer saltar el mecanismo de bloqueo.

Asentí y le dije:

– ¿Y el asiento trasero? Usted me comentó ayer que las ventanas estaban empañadas. ¿Se acercó lo suficiente al cristal para mirar directamente el asiento trasero? ¿Y al suelo?

Pena comprendió entonces lo que le estaba preguntando. Se quedó pensativo un instante y sacudió la cabeza negativamente.

– No, no miré directamente la parte trasera. Me limité a pensar que el hombre estaba solo y ya está.

– ¿Le han hecho los policías estas preguntas?

– No, realmente no. Creo que sé adonde quiere ir a parar. Asentí.

– Una cosa más. Cuando usted llamó, ¿le dijo a alguien que era un suicidio o sólo que había habido un disparo?

– Yo… -sus ojos buscaban por entre las nubes de su memoria-. Sí, dije que alguien había subido aquí y se había suicidado. Sólo eso. Supongo que lo tendrán grabado.

– Es probable. Muchas gracias.

Inicié el regreso a mi coche mientras empezaban a caer los primeros copos. Oí que Pena me llamaba.

– ¿Qué hay de lo de hipnotizarme?

– Ya le llamarán si quieren hacerlo.

Antes de entrar en el coche miré en el maletero. No había cadenas.

De regreso a Boulder me detuve en una librería llamada, con bastante acierto, «La calle Morgue» y elegí un volumen que contenía los relatos completos y los poemas de Edgar Alian Poe. Tenía la intención de empezar a leerlo aquella misma noche. Mientras conducía hacia Denver me esforcé intentando encajar las respuestas de Pena en la teoría sobre la que estaba trabajando. Independientemente de cómo barajase las respuestas, no había nada que hiciera descarrilar mi nueva creencia.

Cuando llegué al Departamento de Policía, en el despacho de la SIU me dijeron que Scalari había salido, de modo que me fui a homicidios y encontré a Wexler sentado a su mesa. No vi por allí a St. Louis.

– Mierda -dijo Wexler-. ¿Otra vez aquí a jeringarme?

– No -le dije-. ¿Me la vas a jeringar tú a mí?

– Depende de lo que preguntes.

– ¿Dónde está el coche de mi hermano? ¿Se ha vuelto a utilizar?

– ¿Qué es esto, Jack? ¿Ni siquiera se te ha ocurrido concebir la posibilidad de que nosotros sabemos cómo llevar una investigación?

Tiró airadamente a la papelera del rincón el bolígrafo con el que estaba escribiendo. Después se dio cuenta de lo que había hecho y fue a recuperarlo.

– Mira, yo no intento enseñarte nada ni crearte problemas -le dije en tono apacible-. Sólo intento plantear todas las cuestiones, y cuanto más lo intento, más preguntas aparecen.

– ¿Como qué?

Le conté mi visita a Pena y advertí que se iba enfadando.

La sangre se le subía a la cara y le temblaba levemente la mandíbula izquierda.

– Mira, vosotros, tíos, habéis cerrado el caso -le dije-. No hay nada malo en que yo hable con Pena. Además, tú o Scalari o quien sea os olvidáis de algo. El coche estuvo fuera de su alcance visual durante más de medio minuto mientras telefoneaba.

– ¿Y qué cono importa?

– A vosotros, tíos, sólo os preocupaba el tiempo antes de que avistase el coche. Cinco segundos, de modo que nadie pudo salir corriendo. Caso cerrado, suicidio. Pero Pena me dijo que las ventanas estaban empañadas. Tenían que estarlo, si no nadie hubiera podido escribir la nota. Pena no miró en la parte trasera, en el suelo. Y luego se alejó durante al menos treinta segundos. Alguien pudo haber estado escondido en la parte trasera, salir mientras hacía las llamadas y correr hacia el bosque. Es fácil que pudiera ocurrir.

– ¿Estás loco? ¿Y qué hay de la nota? ¿Qué me dices del GSR en el guante?

– Cualquiera pudo haber escrito en el parabrisas. Y el guante con los residuos podía haberlo llevado puesto el asesino. Después se lo quitó y se lo puso a Sean. Treinta segundos es mucho tiempo. Quizá fue más. Es probable que fuera más. Hizo dos llamadas, Wex.

– Demasiado rebuscado. El asesino no podía confiar en que Pena tardase tanto tiempo.

– Quizá no. Quizá se imaginó que le daría tiempo o que podría deshacerse de él. Por el modo en que lo habéis

llevado vosotros, tíos, os habríais limitado a decir que Sean lo mató y luego se suicidó.

– Eso es una charrada, Jack. Yo apreciaba a tu hermano como si fuera mi jodido hermano. ¿Piensas que me gusta creer que se tragó la maldita bala?

– Deja que te pregunte algo. ¿Dónde estabas cuando te enteraste de lo de Sean?

– Aquí, en mi mesa. ¿Por qué?

– ¿Quién te lo dijo? ¿Recibiste una llamada?

– Sí, me llamaron. Era el capitán. Parks llamó al capitán de guardia. Y éste llamó a nuestro capitán.

– ¿Qué te dijo? Sus palabras exactas. Wexler dudó un instante mientras recordaba.

– No me acuerdo. Sólo dijo que Mac había muerto.

– ¿Dijo eso o dijo que Mac se había suicidado?

– No sé lo que dijo. Quizá lo dijo. ¿Qué importancia tiene eso?