– El guarda que llamó dijo que Sean se había suicidado. Así empezó a rodar la bola. Todos acudisteis allí esperando encontraros con un suicidio y eso es lo que encontrasteis. Las piezas del rompecabezas encajaban con la imagen que os habíais hecho. Aquí todos sabíais lo que le estaba pasando con el caso Lo ñon. ¿Te das cuenta de lo que estoy diciendo? Todos estabais predispuestos a creerlo. Incluso me lo hicisteis creer a mí aquella noche, camino de Boulder.
– Todo eso son chorradas, Jack. Y no puedo seguir perdiendo el tiempo. No hay pruebas de lo que dices y no tengo tiempo para escuchar teorías de alguien que no puede admitir los hechos.
Me quedé callado un momento, esperando a que se calmase.
– Entonces, ¿dónde está el coche, Wex? Si estás tan seguro, enséñame el coche. Ya sé cómo puedo demostrártelo. Wexler se tomó un respiro. Supuse que estaba sopesando si se vería implicado. Si me enseñaba el coche estaría
admitiendo que, al menos, yo había sembrado algo de duda en su mente.
– Todavía está en el aparcamiento -dijo al fin-. Lo veo cada maldito día cuando vengo a trabajar.
– ¿Está aún en las mismas condiciones que cuando lo encontraron?
– Sí, sí, lo mismo. Está sellado. Cada día, al entrar aquí, veo su sangre por la ventana.
– Déjame verlo, Wex. Creo que, de un modo u otro, lograré convencerte.
La nevada había llegado ya desde Boulder. En el aparcamiento de la policía, Wexler consiguió que el encargado le diera las llaves. También comprobó en un listado que nadie las hubiera tocado o hubiera entrado en el coche, aparte de los investigadores. Nadie lo había hecho. El vehículo estaría en las mismas condiciones; que cuando fue remolcado hasta allí.
– Están esperando una orden del jefe de la oficina para mandarlo a limpiar. Han de llevarlo fuera. ¿Sabes que hay empresas especializadas en limpiar casas, coches o lo que sea después de que hayan matado a alguien allí? Vaya un jodido trabajo.
Creo que Wexler se mostraba tan locuaz porque estaba nervioso. Nos acercamos al coche y nos quedamos de pie mirándolo. La nieve se arremolinaba a nuestro alrededor. La sangre esparcida en el lado interior de la ventana trasera se había secado hasta adquirir un color marrón oscuro.
– Va a apestar cuando lo abramos -dijo Wexler-. Por Dios, me parece increíble que esté haciendo esto. No seguiremos adelante hasta que me digas adonde quieres ir a parar.
Asentí.
– De acuerdo. Hay dos cosas que quiero mirar. Quiero ver si el mando de la calefacción está al máximo y si el cierre de seguridad de las puertas traseras está conectado o no.
– ¿Para qué?
– Las ventanas estaban empañadas y hacía frío, pero Sean no lo notaría mucho, porque he visto en las fotos que iba bien abrigado. Tenía puesta la chaqueta. No necesitaba la calefacción al máximo. ¿Cómo, si no, se iban a empañar las ventanas estando aparcado y con el motor parado?
– Yo no…
– Piensa en cuando estás de vigilancia, Wex. ¿Qué es lo que produce el vaho? Mi hermano me contó que una vez echasteis por la borda una vigilancia a causa de las ventanas empañadas y perdisteis a un tipo cuando salía de su casa.
– El vaho se produce al hablar. Eso fue la semana después de la Super Bowl; estábamos charlando sobre los jodidos Broncos que habían perdido otra vez, y el aire caliente lo empañó todo.
– Claro. Y, que yo sepa, mi hermano no solía hablar solo. Así que si la calefacción estaba baja y las ventanas lo bastante empañadas como para escribir en ellas, creo que eso significa que había alguien con él. Y que estuvieron hablando.
– Eso es una especulación que no demuestra nada. ¿Y lo del cierre? Le expliqué mi teoría:
– Alguien está con Sean. De algún modo se hace con el arma de Sean. Quizá lleva su propia pistola y le desarma. También le pide que le entregue los guantes. Sean obedece. El tipo se pone los guantes y mata a Sean con su propia arma. Entonces salta al asiento trasero y se oculta pegado al suelo. Espera a que Pena llegue y se vaya, después vuelve a pasar sobre el asiento, escribe en el parabrisas y vuelve a colocarle los guantes a Sean… ahora ya tienes el GSR en las
manos de Sean. Entonces el sujeto sale por la puerta trasera, la bloquea y sale corriendo para ponerse a cubierto bajo los árboles. No deja huellas porque el aparcamiento acaba de ser limpiado y recubierto de sal. Y ha desaparecido cuando Pena regresa para vigilar el coche como le ha ordenado su jefe. Wexler permaneció largo rato en silencio tratando de asimilarlo.
– Vale, es una teoría -dijo al fin-. Ahora demuéstrala.
– Tú conocías a mi hermano. Trabajabas con él. ¿Cuál era la rutina que seguíais con el cierre de seguridad? Siempre conectado, ¿no? Así no podía haber errores con los detenidos, ni meteduras de pata. Si llevabais un pasajero normal, siempre podíais desbloqueárselo. Como hicisteis la noche que vinisteis a buscarme. Cuando me estaba mareando, el cierre estaba bloqueado. ¿Te acuerdas? Tuvisteis que desbloquearlo para que yo pudiera salir a vomitar.
Wexler no dijo nada, aunque por su cara supe que había dado en el blanco. Si el cierre de seguridad del Caprice no estaba conectado, aquello no sería una prueba sólida, sin embargo, como conocía a mi hermano, comprendería que Sean no había estado solo en el coche.
Por fin abrió la boca:
– No se puede decir con sólo mirado. No es más que un botón. Alguien tiene que entrar en la parte trasera y ver si puede salir.
– Ábrelo. Yo ya entrar.
Wexler desactivó el cierre centralizado y yo abrí la puerta trasera del lado del pasajero. Me golpeó el penetrante olor dulzón a sangre seca. Entré en el coche y cerré la puerta.
Estuve un buen rato sin moverme. Había visto las fotos, pero eso no me había servido de preparación para el momento de encontrarme dentro del coche. El olor nauseabundo, la sangre seca de mi hermano esparcida por la ventanilla, el techo y el reposacabezas del conductor… Sentí ganas de vomitar. Rápidamente, miré por encima del asiento el salpicadero y el mando de la calefacción. Entonces, a través de la ventana derecha, miré a Wexler. Por un instante, nuestras miradas se cruzaron y me pregunté si yo deseaba realmente que el bloqueo de seguridad estuviera desconectado. Se me pasó por la mente la ocurrencia de que sería más fácil dejarlo correr, pero la deseché enseguida. Sabía que si lo hacía me arrepentiría para el resto de mi vida.
Extendí el brazo y accioné la manija de la puerta. La empujé y se abrió. Salí y me quedé mirando a Wexler. La nieve empezaba a cuajar sobre su cabello y sus hombros.
– Y la calefacción está apagada. No pudo empañar los vidrios. Creo que había alguien en el coche con Sean. Estuvieron hablando. Entonces, quienquiera que fuera, el muy bastardo, lo mató.
Wexler me miró como si hubiera visto un fantasma. Todas las piezas iban encajando en su mente. Ahora era algo más que una simple teoría y él lo sabía. Parecía a punto de ponerse a gritar.
– Maldición-dijo.
– Ya ves, se nos había escapado a todos.
– No, no es lo mismo. Un poli nunca abandona a su compañero de esta manera. ¿Para qué servimos si no podemos cuidar de nosotros mismos? Un jodido periodista…
Dejó la frase sin terminar, pero yo sabía lo que sentía. Se sentía como si de algún modo hubiera traicionado a Sean. Lo sabía porque era lo mismo que yo sentía.
– Y eso no es todo -le dije-. Aún tenemos que preparamos para lo peor.
Él aún parecía abatido. Yo no era quién para consolarlo. Eso tenía que venirle de dentro.
– Todo lo que hemos perdido es un poco de tiempo, Wex -le dije de todos modos-. Volvamos adentro. Aquí está haciendo frío.
La casa de mi hermano estaba a oscuras cuando llegué allí para contárselo a Riley Esperé antes de llamar a la puerta, sorprendido por lo absurdo que era creer que las noticias que le traía pudieran llegar a animarla. Buenas noticias, Riley: Sean no se suicidó, como todos creíamos, sino que fue asesinado por algún chiflado que probablemente había matado antes y volverá a hacerla.