– Señor Krasner -rogó el juez-, usted ya tuvo su turno.
– Además -prosiguió Feinstock-, la detención del señor Brisbane fue resultado de otras actividades sospechosas en las que estaba implicado. Por ejemplo…
– ¡Protesto!
– … la de fotografiar a niños pequeños, algunos de ellos desnudos, sin que lo supieran y sin el conocimiento o el consentimiento de sus padres. El incidente por el cual…
– ¡Señoría!
– … surgieron los cargos ya citados tuvo lugar cuando el señor Brisbane trató de evitar que los agentes investigasen una denuncia contra él.
– Señoría -dijo Krasner en voz muy alta-. No existen cargos pendientes contra mi cliente. Todo lo que está tratando de hacer la fiscal del distrito es perjudicar a este hombre ante el tribunal. Esto es algo sumamente deshonesto y falto de ética. Si el señor Brisbane ha hecho esas cosas, ¿dónde están las acusaciones?
El silencio se adueñó de la sombría sala de vistas. El arranque de Krasner había servido incluso para que los otros abogados susurrasen a sus clientes que mantuvieran silencio.
La mirada del juez se deslizó muy lentamente desde Feinstock hasta Krasner y Gladden, para fijarse de nuevo en la fiscal.
Y prosiguió:
– Señorita Feinstock, ¿existen otros cargos contra este hombre que la fiscalía esté considerando en este momento? Y quiero decir exactamente en este momento.
Feinstock dudó un instante y dijo de mala gana:
– No se ha formulado ningún otro cargo, aunque la policía, como ya he dicho, continúa, su investigación sobre la verdadera identidad y las actividades del acusado.
El juez bajó la mirada a los papeles que tenía delante y empezó a escribir. Krasner abrió la boca con intención de añadir algo, pero renunció a hacerlo. La actitud del juez dejaba claro que ya había tomado una decisión.
– El cuadro de fianzas fija para este caso la cantidad de diez mil dólares -dijo el juez Nyberg-. Voy a marcar cierta diferencia para fijar la fianza en cincuenta mil dólares. Señor Krasner, tendré mucho gusto en reconsiderarla más adelante, cuando su cliente haya satisfecho las preocupaciones de la fiscalía sobre su identidad, domicilio, etcétera.
– Sí, señoría. Gracias.
El juez llamó al caso siguiente. Feinstock cerró la carpeta que tenía delante, la puso en el montón que tenía a su derecha, cogió otra de la pila de su izquierda y la abrió. Krasner se volvió hacia Gladden luciendo una leve sonrisa.
– Lo siento, pensé que la fijaría en veinticinco. Lo mejor de todo es que ella probablemente está satisfecha. Puede que pidiera un cuarto de millón esperando obtener diez centavos o un cuarto de dólar. Ha conseguido el cuarto de dólar.
– Deje eso. Dígame sólo cuándo saldré de aquí.
– No se preocupe. Lo sacaré dentro de una hora.
11
La orilla del lago Michigan estaba helada y el hielo aparecía cuarteado y traicionero, aunque hermoso, después de una tormenta. Los pisos más altos de la torre Sears habían desaparecido, devorados por el velo blanquecino que flotaba sobre la ciudad. Observé todo esto mientras llegaba por la autopista Stevenson. Eran las últimas horas de la mañana y supuse que volvería a nevar antes de que acabase el día. Pensaba que hacía frío en Denver hasta que aterricé en Midway
Habían pasado tres años desde la última vez que estuve en Chicago. Y, a pesar del frío, había echado de menos aquella ciudad. A mediados de los ochenta estuve en la escuela universitaria de Medill y allí aprendí a apreciar de verdad la ciudad. Después acaricié la posibilidad de quedarme trabajando en uno de los periódicos locales, pero, tanto en el Tribune como en el Sun-Times, me despacharon con la recomendación de que saliese por ahí a acumular experiencia y volviese después con los recortes de lo que había escrito. Fue una amarga decepción. No tanto por el rechazo como por el hecho de tener que dejar la ciudad. Por supuesto, podía haberme quedado en el Servicio Local de Noticias, donde había trabajado mientras estudiaba, pero no era ése el tipo de experiencia que buscaban aquellos diarios y a mí no me seducía la idea de trabajar en un servicio telegráfico en el que te pagaban como si fueras un estudiante más necesitado de juntar recortes que de dinero. Así que volví a casa y conseguí el puesto en el Rocky. Habían pasado muchos años. Al principio volvía a Chicago al menos dos veces al año para ver a los amigos y visitar algunos de mis bares favoritos, pero con los años fui espaciando mis visitas. Habían pasado tres desde la última. Mi amigo Larry Bernard acababa de aterrizar en el Tribune después de haber andado por ahí acumulando la misma experiencia que me habían exigido a mí. Fui a verle y no había vuelto desde entonces. Supongo que yo también había reunido los recortes suficientes para aspirar a un puesto en el Tribune, pero no había encontrado el momento de enviarlos a Chicago.
El taxi me llevó hasta el Hyatt siguiendo el río desde el Tribune. No podía registrarme en el hotel hasta las tres, de modo que le dejé mi maleta al botones y me dirigí a los teléfonos públicos. Después de trastear con la guía telefónica, llamé al Área Tres de Crímenes Violentos del Departamento de Policía de Chicago y pregunté por el detective Lawrence Washington. Cuando se puso al teléfono, colgué. Sólo quería localizarlo, asegurarme de que estaba allí. Mi experiencia como reportero me había enseñado que nunca hay que fijar citas con los polis. Si lo haces, todo lo que consigues es proporcionarles el lugar y la hora exactos para que no acudan. A muchos no les gusta hablar con periodistas, y a la mayoría ni siquiera les gusta que les vean en su compañía. Y hay que ser prudente con los pocos que hablan contigo. Hay que entrar de puntillas. Es como un juego.
Miré el reloj después de colgar. Casi mediodía. Me quedaban veinte horas. Mi vuelo a Dulles salía a las ocho de la mañana siguiente.
Al salir del hotel cogí un taxi y le dije al conductor que subiera la calefacción y que me llevase a Belmont y Western, pasando por el parque Lincoln. De camino quería detenerme en el lugar donde había sido hallado el pequeño Smathers. Había pasado un año desde el día en que se descubrió su cadáver. Tenía la impresión de que el lugar, si daba con él, tendría casi el mismo aspecto que aquel día.
Abrí la bolsa, puse en marcha el ordenador y busqué en él los recortes del Tribune que había cargado la noche anterior en la biblioteca del Rocky. Fui pasando noticias sobre el caso Smathers hasta encontrar el párrafo en que se describía el hallazgo del cadáver, hecho por un guía del zoo que atajaba por el parque cuando venía del apartamento de su novia. El chico fue hallado en un claro recubierto de nieve en el que se habían jugado los campeonatos de la Liga italoamericana de petanca el verano anterior. La noticia decía que aquel desmonte, entre las calles Clark y Wisconsin, era visible desde el establo rojo que formaba parte de la granja municipal, en el zoo.
No había mucho tráfico y llegamos al parque en diez minutos. Le dije al conductor que se desviase por Clark y que subiera por el lado en que se cruza con Wisconsin.
La nieve que cubría el campo era reciente y tan sólo la hallaban algunas pisadas. También se había acumulado sobre los bancos del sendero hasta alcanzar un espesor de unos ocho centímetros. Esa zona del parque parecía completamente desierta. Bajé del taxi y me dirigí al descampado sin muchas esperanzas, aunque concierta sensación de que iba a encontrar algo. No sabía exactamente qué. Quizás era sólo una sensación. A mitad de camino topé con unas pisadas en la nieve que cruzaban mi ruta de izquierda a derecha. Las crucé y encontré otras que se dirigían en sentido contrario: la fiesta había terminado y habían vuelto por el mismo camino. Chicos, pensé. Quizá yendo hacia el zoo. Si es que estaba abierto. Miré hacia el establo rojo y fue entonces cuando vi las flores al pie de un gigantesco roble, a unos veinte metros de allí.