– ¿Quiere hablar conmigo a solas? ¿Adonde quiere ir a parar?
– Bueno, de eso es de lo que quiero hablarle a solas.
– No será usted uno de esos tipos que quieren confesar, ¿eh? Sonreí.
– ¿Y qué, si lo soy? Quizá sea el verdadero culpable.
– No lo creo. Bueno, vamos a la sala. Aunque espero que no me haga perder el tiempo… ¿Cómo ha dicho que se llama?
– Jack McEvoy
– Vale, Jack; si saco a esa gente de ahí y resulta que me hace perder el tiempo, no nos va a hacer ninguna gracia, ni a ellos ni a mí.
– No creo que eso sea un problema.
Se levantó y comprobé que era más bajo de lo que me imaginaba. La mitad inferior era la de otro hombre. Piernas cortas, rechonchas, bajo un torso ancho y fornido. De ahí el mote que había usado el poli de recepción: Larry el Piernas. Por muy elegante que se vistiera, esa rareza física siempre le traicionaría.
– ¿Pasa algo? -preguntó cuando estuvo delante de mí.
– Oh, no. Yo soy… Jack McEvoy.
Dejé el portátil y tendí la mano, pero Washington no la tomó.
– Pasemos a la sala, Jack.
– Claro.
Me había hecho pagar la ofensa de mi mirada anterior.
Seguí sus pasos hacia la puerta de la habitación en que el hombre y la mujer estaban almorzando. Él se volvió, mirando la bolsa que yo acarreaba.
– ¿Qué es lo que lleva ahí?
– Un ordenador. Tengo un par de cosas para mostrarle, si es que le interesa. Abrió la puerta y el hombre y la mujer levantaron la vista hacia él.
– Lo siento, chicos, se acabó el almuerzo campestre -dijo Washington.
– ¿Puedes damos diez minutos, Piernas?
– Imposible. Tengo aquí a un cliente.
Envolvieron lo que les quedaba del bocadillo y salieron de la sala sin decir palabra. El hombre me lanzó una mirada que interpreté como de disgusto. No hice caso. Washington me cedió el paso y puse el ordenador sobre la mesa, junto a una cartulina doblada con el símbolo de no fumar. Nos sentamos frente a frente. La sala olía a humo rancio y a condimento para ensaladas italiano.
– Bueno, ¿qué puedo hacer por usted? -me preguntó Washington.
Reuní mis ideas y traté de parecer tranquilo. Nunca me había sentido cómodo al tratar con polis, a pesar de que me fascinaba su mundo. Siempre me daba la impresión de que sospechaban algo de mí. Algo malo. Algo que me delataba.
– No estoy seguro de por dónde empezar. Soy de Denver. Acabo de llegar esta mañana. Soy periodista y he venido para…
– Un momento, un momento. ¿Es usted periodista? ¿Qué clase de periodista? Advertí en su rostro un gesto involuntario de desagrado. Ya me lo esperaba.
– De prensa diaria. Trabajo en úRocky Mauntain News. Sólo escúcheme y si después quiere echarme, pues de acuerdo. Pero no creo que lo haga.
– Mire, hombre, he escuchado todo tipo de historias de tipos como usted. Y no tengo tiempo. Yo no…
– ¿Y qué pasa si le digo que John Brooks fue asesinado?
Busqué en su cara alguna señal de que se lo hubiera creído. No la hubo. No hizo el menor gesto.
– Su compañero -añadí-. Creo que pudo haber sido asesinado. Washington sacudió negativamente la cabeza.
– Bueno, ya he escuchado bastante. ¿Por quién? ¿Quién lo mató?
– La misma persona que mató a mi hermano. -Me detuve un instante y me quedé mirándolo hasta que me prestó toda su atención-. Era un poli de homicidios. Trabajaba en Denver. Lo mataron hace casi un mes. Al principio también pensaron que era un suicidio. Empecé a investigar y he venido a parar aquí. Soy periodista, pero eso no tiene nada que ver. Se trata de mi hermano. Y de su compañero.
Washington alzó las cejas hasta ponerlas en forma de uve y se me quedó mirando un buen rato. Yo esperaba. Estaba al borde del abismo. O me hacía caso o me despachaba. Bajó la vista y echó la silla hacia atrás. Sacó del bolsillo interior de la americana un paquete de cigarrillos y encendió uno. Acercó una papelera de hierro del rincón para usarla como cenicero. Me preguntaba cuántas veces habría oído a la gente decide que fumar no le ayudaría a crecer. Levantaba la cabeza cada vez que exhalaba, de modo que el humo azulado subía y revoloteaba por el techo. Se inclinó sobre la mesa.
– No sé si está usted loco o no. Déjeme ver algún documento de identidad.
Seguíamos estando al borde del abismo. Saqué mi cartera y le di el carnet de conducir, el de prensa y el pase policial del Departamento de Policía de Denver. Los miró detenidamente, aunque yo ya sabía que había decidido escucharme. Había algo en la muerte de Brooks que empujaba a Washington a escuchar la historia de un reportero al que ni siquiera conocía.
– Vale -dijo al devolverme los carnets-. Está usted legitimado. Pero eso no significa que tenga que creerme todo lo que dice.
– No. Aunque me parece que usted ya se lo cree.
– Bueno, ¿va a contarme la historia o no? No piense en si hubo algo incorrecto en este jodido asunto, algo como… como… De todos modos, ¿qué sabe usted de esto?
– No mucho. Sólo lo que salió en los periódicos.
Washington apagó el cigarrillo en el borde de la papelera y tiró la colilla dentro.
– Eh, Jack, cuénteme su historia. Y si no, hágame el puñetero favor de largarse.
No tuve que consultar mis notas. Le conté la historia con todos los detalles, porque me los sabía. Me llevó una media hora, durante la cual Washington se fumó dos cigarrillos más, aunque no me hizo ninguna pregunta. Todo el rato mantenía el cigarrillo en la boca, de modo que el humo le tapaba los ojos. Sabía lo que le estaba ocurriendo. Igual que con Wexler. Le estaba confirmando algo que desde el principio le reconcomía por dentro.
– ¿Quiere el número de Wexler? -le pregunté al terminar-. Él le confirmará todo lo que le he contado.
– No, ya lo conseguiré si lo necesito.
– ¿Quiere hacerme alguna pregunta?
– No. De momento, no. No hacía más que mirarme.
– Y ahora ¿qué?
– Voy a comprobado. ¿Dónde va a estar usted?
– En el Hyatt, río abajo.
– Vale, ya le llamaré.
– Detective Washington, eso no es suficiente.
– ¿Qué quiere decir?
– Quiero decir que he venido aquí a traer información, pero no sólo para dársela y volverme a mi hotel. Quiero que hablemos de Brooks.
– Mira, chico, nada de eso. Tú vienes aquí, me cuentas la historia y no hay…
– Oiga, no se haga el paternalista llamándome chico como si fuera un paleto. Le he dado una cosa y quiero algo a cambio. Para eso he venido.
– De momento no tengo nada que darle, Jack.
– Eso es una chorrada. Puede usted seguir sentado ahí y mintiendo, Larry el Piernas, pero yo sé que usted tiene algo. Y lo necesito.
– ¿Para qué? ¿Para hacer un gran reportaje que atraiga a otros chacales como usted? Esta vez fui yo el que me incliné sobre la mesa.
– Ya se lo he dicho, no se trata de un reportaje.
Me eché hacia atrás y nos quedamos mirándonos. Quería fumar, pero no tenía cigarrillos y no quería pedirle uno. El silencio se rompió cuando uno de los detectives que había visto en la sala de homicidios abrió la puerta y nos miró.
– ¿Todo en orden? -preguntó.
– Largo de aquí, Rezzo -dijo Washington. Y cuando se cerró la puerta comentó-: Pelmazo entrometido… Sabes lo que están pensando, ¿no? Creen que has venido a entregarte por lo del chico. Ahora hace un año, ya sabes. Pasan cosas raras. Y espérate a que oigan la historia.
Me acordé de la foto del chico que llevaba en el bolsillo.
– He pasado por allí cuando venía -le dije-. Hay flores.
– Siempre las hay -contestó Washington-. La familia va por allí con frecuencia.
Asentí y por primera vez me sentí culpable por haber cogido la foto. No dije nada. Sólo esperaba a que Washington hablase. Parecía aliviado. Su expresión era más amable y relajada.