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– Tengo que pensarlo.

– Bueno, parece una bonita cámara. No estoy seguro de cómo funciona, pero no me importaría quedármela. Aquí está, a su disposición…

– Jó déte, Sweetzer.

La ira le había superado.

Lo había mascullado entre dientes.

– Mire, Brisbane, yo cumplía con mi deber. Si tiene problemas con esto venga a verme y algo haremos. Si quiere su jodida cámara, tendrá que venir a por ella. Pero no voy a aguantarle…

– ¿Usted tiene hijos, Sweetzer?

La línea permaneció en silencio durante un rato, aunque Gladden sabía que el detective seguía allí.

– ¿Qué ha dicho? -Ya me ha oído.

– ¿Está amenazando a mi familia, grandísimo hijo de puta?

Entonces fue Gladden el que guardó silencio un instante. Después surgió de lo más hondo de su garganta un sonido grave que fue subiendo de tono hasta convertirse en una risa de maníaco. Siguió riendo descontroladamente hasta que no pudo oír otra cosa ni pensar. Entonces, de repente, colgó bruscamente el auricular y atajó la carcajada en seco, como si se hubiera cortado el cuello.

Una mueca repugnante deformó su rostro y gritó hacia la vacía habitación a través de sus dientes apretados.

– Jó déte!

Gladden abrió de nuevo el portátil y accedió al directorio de fotos. La pantalla era una obra de arte para ser un portátil, aunque el chip de gráficos no se aproximaba al nivel de calidad que habría obtenido en un ordenador personal de sobremesa. Aún así, las imágenes eran lo bastante nítidas y estaban a su alcance. Repasó el archivo foto por foto. Era una macabra colección de vivos y muertos. De algún modo halló alivio en las fotos, una sensación de que seguía controlando su vida.

Aún así, le acongojaba lo que acababa de ver y lo que había hecho. Aquellos pequeños sacrificios. Los ofrendó para obtener un bálsamo para sus heridas. Sabía lo egoísta que era, lo grotescamente retorcido. Y el hecho de convertir esos sacrificios en dinero le desazonaba, siempre hacía que se detestase, que sintiese repugnancia de sí mismo. Sweetzer y los demás tenían razón. Merecía que lo acosaran.

Echó la cabeza hacia atrás para mirar las aguas que hacía el techo. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Los cerró y trató de dormir, de olvidar. Pero su amigo del alma estaba allí, en la oscuridad bajo sus párpados. Estaba allí como siempre. Con la cara tiesa y una horrible cuchillada en vez de labios.

Gladden abrió los ojos y miró hacia la puerta. Alguien había llamado. Se sentó de un salto al oír el ruido metálico de una llave que se introducía en la cerradura exterior. Reparó en su error. Sweetzer había localizado la llamada. ¡Sabían que llamaría!

Se abrió la puerta de la habitación. Una mujer menuda, negra y con uniforme blanco apareció en el umbral con dos toallas dobladas sobre el brazo.

– Servicio de limpieza -dijo-. Siento venir tan tarde, pero hoy ha sido un día muy liado. Mañana haré su habitación la primera.

Gladden suspiró y recordó que había olvidado colgar el letrero de «No molesten» en el picaporte exterior.

– Está bien -dijo levantándose rápidamente para impedir que entrase en la habitación-. Déme sólo las toallas, de todos modos.

Al coger las toallas vio que la chica llevaba bordado en el uniforme el nombre de Evangeline. Tenía una cara agradable y enseguida sintió pena de verla hacer aquel trabajo, limpiando lo que otros ensuciaban.

– Gracias, Evangeline.

Advirtió que los ojos de ella pasaban de él al interior de la habitación y se detenían en la cama. Estaba sin deshacer. La noche anterior no había quitado la colcha. Entonces ella volvió a mirarle y asintió con lo que quiso ser una sonrisa.

– ¿No necesita nada más? -No, Evangeline.

– Que tenga un buen día.

Gladden cerró la puerta y se volvió. Allí, sobre la cama, estaba el ordenador portátil abierto. En la pantalla había una de las fotografías. Se acercó a la cama y la estudió sin mover el ordenador. Entonces volvió a la puerta, la abrió y se colocó bajo el umbral, donde había estado ella. Miró hacia el ordenador. Se veía perfectamente. El chico en el suelo y algo que no podía ser otra cosa que sangre sobre el lienzo perfectamente blanco de la nieve.

Corrió hacia el ordenador y pulsó el botón de borrado de emergencia que él mismo había programado. La puerta seguía abierta. Gladden trató de concentrarse. «Dios mío -pensó-, qué gran error.»

Fue hasta la puerta y salió. Evangeline estaba al fondo del pasillo, de pie junto al carretón de la limpieza. Se volvió para mirarlo, sin que su cara denotase nada especial. Pero Gladden sabía que tenía que asegurarse. No podía arriesgarlo todo a la simple lectura de la cara de la mujer.

– Evangeline -le dijo-. He cambiado de idea. Es probable que la habitación necesite un repaso. De todos modos, me hace falta papel higiénico y jabón.

Ella dejó la carpeta en la que estaba escribiendo y se agachó para sacar del carro el papel higiénico y el jabón. Mientras la miraba, Gladden se metió las manos en los bolsillos. Observó que la muchacha mascaba chicle ruidosamente. Era una conducta insultante ante cualquiera. Como si él fuera invisible. Como si no fuera nadie.

Cuando Evangeline se acercó con las cosas que había cogido del carro, él no hizo el menor gesto para sacarse las manos de los bolsillos. Dio un paso atrás para cederle el paso. Cuando ella hubo entrado, Gladden se acercó al carro y miró la carpeta que la chica había dejado encima. Detrás del número 112 había puesto: «Sólo toallas.»

Gladden volvió a la habitación mirando a su alrededor. El motel tenía un patio central y a su alrededor se alzaban dos pisos de unas veinticuatro habitaciones cada uno. Vio otro carro de limpieza cruzado en el pasillo del piso de arriba. Estaba ante la puerta abierta de una habitación, pero no se veía a la sirvienta. En el centro del patio, la piscina estaba desierta. Demasiado frío. No vio a nadie más.

Entró en la habitación y cerró la puerta mientras Evangeline salía del cuarto de baño con la bolsa del cubo de basura.

– Perdone, señor, tenemos que dejar la puerta abierta mientras trabajamos en las habitaciones. Son las normas de la casa.

Gladden le cortó el paso hacia la puerta.

– ¿Ha visto la fotografía?

– ¿Qué? Perdone, señor, tengo que abrir la…

– ¿Ha visto usted la foto en el ordenador?, ¿encima de la cama?

Señaló el ordenador y la miró a los ojos. Ella parecía desconcertada, pero no se giró.

– ¿Qué foto?

Volvió los ojos hacia la cama combada y luego hacia él con una mirada confusa y una expresión de creciente incomodidad.

– Yo no he tocado nada. Puede llamar ahora mismo al señor Barrs si cree que he tocado algo. Soy una mujer honrada. Puede que haya mandado a una de las chicas a buscarme. No he cogido su foto. Ni siquiera sé de qué foto me habla.

Gladden se la quedó mirando un momento y después sonrió.

– Evangeline, creo que quizá sea usted una mujer honrada. Pero tengo que asegurarme. Usted ya me entiende.

14

La Fundación para el Cumplimiento de la Ley (LEF) estaba en la calle Nueve de Washington D.C., a pocas manzanas del Departamento de Justicia y del cuartel general del FBI. Era un edificio grande y supuse que albergaría también los despachos de otras agencias y organizaciones públicas. Una vez franqueadas las pesadas puertas, miré el panel y subí en el ascensor hasta el tercer piso.

Daba la impresión de que la LEF ocupaba todo el tercer piso. Al salir del ascensor me encontré ante un gran mostrador de recepción tras el cual se sentaba una voluminosa mujer. Entre los periodistas los llamábamos «mostradores de decepción» porque las mujeres contratadas para sentarse tras ellos raramente te encaminaban adonde querías ir o te enviaban a quien querías ver. Le dije que quería hablar con el doctor Ford, el director de la Fundación al que habían entrevistado para un artículo del New York Times sobre suicidios de policías. Ford era el encargado de la base de datos a la que yo tenía que acceder.