– Creo que será mejor que me cuente toda la historia -dijo al fin-. No, espere.
Levantó la mano como un guardia de tráfico dando el alto, cogió el teléfono con la otra y pulsó una tecla de marcado rápido.
– ¿Drex? Soy Mike. Escucha, ya sé que es tarde, pero no voy a ir. Aquí ha ocurrido algo… No… Tendremos que quedar para otro día. Te llamo mañana. Gracias, adiós.
Colgó el teléfono y me miró.
– No era más que un almuerzo. Ahora cuénteme su historia.
Media hora más tarde, después de hacer unas llamadas para convocar una reunión, Warren me condujo a través del laberinto de pasillos de la Fundación hasta una puerta marcada con el número 383. Era una sala de reuniones y en ella estaban ya sentados el doctor Nathan Ford y Oline Fredrick. Las presentaciones fueron rápidas y Warren y yo nos sentamos.
Fredrick aparentaba veintitantos años, tenía el cabello rubio y rizado y un aire despreocupado. Inmediatamente centré mi atención en Ford. Warren ya me había aleccionado. Me había dicho que Ford era quien tomaba todas las decisiones. El director de la Fundación era un hombre menudo, vestido de oscuro, pero que imponía su presencia en la sala.
Llevaba unas gafas con una montura de gruesas franjas negras y lentes rosadas. Su barba abundante de un gris uniforme encajaba perfectamente con su cabello. Sin mover la cabeza, siguió todos nuestros movimientos desde que entramos hasta que nos sentamos en torno a la mesa ovalada. Tenía los codos sobre la mesa y las manos cruzadas ante sí.
– ¿Por qué no empezamos? -dijo nada más acabar las presentaciones.
– Me gustaría que Jack les contase a ustedes lo que me acaba de contar hace un momento -dijo Warren-. Será nuestro punto de partida. Jack; ¿le importa volver sobre ello?
– En absoluto.
– Esta vez voy a tomar unas notas.
Conté la historia con casi los mismos detalles con que se la había contado a Warren. De vez en cuando recordaba algo nuevo, aunque no necesariamente significativo, pero que de ningún modo quería despreciar. Sabía que tenía que impresionar a Ford, porque él era el único capaz de decidir que Oline Fredrick me prestase ayuda.
La única interrupción durante el relato provino de Fredrick. Cuando hablaba de la muerte de mi hermano, ella dijo que el informe del Departamento de Policía de Denver sobre el caso se había recibido la semana anterior. Le dije que ya podía tirado a la papelera. Cuando acabé de contar mi historia miré a Warren y levanté las manos.
– ¿Me he dejado algo?
– Creo que no.
Ambos nos quedamos mirando a Ford, esperando. Durante el relato apenas se había movido. Entonces soltó las manos que tenía entrelazadas y se mesó con ellas repetida y suavemente la barba mientras pensaba. Yo me preguntaba qué clase de doctor sería. ¿Qué habría que ser para dirigir una fundación? Más político que doctor, pensé.
– Es una historia muy interesante -dijo tranquilamente-. Ya veo por qué está usted entusiasmado. Comprendo que el señor Warren lo esté también. Ha sido periodista durante la mayor parte de su vida adulta y creo que, a veces, los temas emocionantes todavía le hacen hervir la sangre, posiblemente en detrimento de su profesión actual.
No miró a Warren mientras le atizaba de esa manera. Sus ojos estaban fijos en mí.
– Lo que no alcanzo a comprender, y ésa es la razón por la que parece que no comparto la emoción de ustedes dos, es qué tiene que ver esto con la Fundación. Se me escapa la relación que pueda haber, señor McEvoy
– Bueno, doctor Ford -empezó a decir Warren-, Jack tiene que…
– No -le cortó Ford-. Deje que me lo diga el señor McEvoy.
Intenté pensar en términos precisos. A Ford no le gustaban los rollos. Sólo quería saber qué beneficio sacaría de aquello.
– Supongo que el proyecto sobre suicidios está en un ordenador.
– Eso es cierto -dijo Ford-. La mayoría de nuestros estudios están cotejados en ordenadores. Para nuestra investigación recibimos información de numerosos departamentos de policía. Nos llegan los informes, como el que ha mencionado antes la señorita Fredrick. Se introducen en el ordenador. Pero eso no significa nada. Es el investigador experto quien debe digerir esos hechos y decimos lo que significan. En este estudio, la investigación está asistida por personal del FBI, expertos en la revisión de datos en bruto.
– Todo eso lo entiendo -dije-. Lo que estoy diciendo es que ustedes disponen de una inmensa base de datos sobre casos de suicidios de policías.
– Se remonta a cinco o seis años, creo. El trabajo se inició antes de la incorporación de alineo.
– Necesito acceder a su ordenador.
– ¿Por qué?
– Si estamos en lo cierto -y no hablo sólo por mí, los detectives de Denver y Chicago piensan lo mismo-, tenemos dos casos que están conectados. El…
– Aparentemente conectados.
– Cierto, aparentemente conectados. Si lo están, es posible que existan otros. Estamos hablando de un asesino en serie. Puede que haya muchos, quizás unos cuantos, quizá ninguno. Pero quiero comprobarlo y ustedes tienen los datos aquí. Todos los suicidios de los que se ha informado en los últimos seis años. Pretendo introducirme en su ordenador y buscar los que puedan ser falsos y puedan ser obra de nuestro hombre.
– ¿Cómo se propone hacerla? -dijo Fredrick-. Tenemos centenares de casos en el archivo.
– El informe que rellenan y envían los departamentos de policía ¿incluye el rango de las víctimas y su posición en el escalafón?
– Sí.
– Entonces empezaremos mirando todos los detectives de homicidios que se han suicidado. La teoría en la que estoy trabajando es que esa persona está matando a agentes de homicidios. Quizá se trate de una especie de cazador de cazadores. Desconozco cuál es su perfil psicológico, pero tengo que empezar por algún sitio. Por los agentes de homicidios. Después, los miraré caso por caso. Necesitamos las notas. Las notas de los suicidas. Con ellas…
– Eso no está en el ordenador -dijo Fredrick-. Si es que tenemos una fotocopia de la nota de cada incidente, estará en los archivos manuales. Las notas en sí no forman parte del expediente a menos que contengan alguna alusión a la patología de la víctima.
– ¿Pero tienen ustedes las fotocopias?
– Sí, todas. En el archivo.
– Entonces, a por ellas -terció Warren, excitado.
Su intrusión quebró el silencio. Finalmente, todas las miradas convergieron en Ford.
– Una pregunta -dijo el director-. ¿Sabe el FBI algo de esto?
– De momento no se lo puedo decir con seguridad -dije-. Sé que la policía de Chicago y la de Denver tienen intención de seguir mis pasos para después, una vez que hayan comprobado que estoy sobre la pista correcta, informar al FBI. Así funcionará la cosa.
Ford asintió y dijo:
– Señor McEvoy, ¿querría usted salir y esperarme en recepción? Quiero hablar en privado con la señorita Fredrick y el señor Warren antes de tomar una decisión sobre este asunto.
– No hay problema -me levanté y me encaminé hacia la puerta, donde dudé y me dirigí a Ford-. Espero… Quiero decir… Espero que podamos hacerlo. Gracias, de todos modos.
La cara de Michael Warren lo decía todo antes de que pronunciase palabra. Yo estaba en recepción, sentado en un mullido sofá tapizado en vinilo, cuando apareció por el pasillo con ojos alicaídos. Cuando me vio se limitó a menear la cabeza.