– Volvamos a mi despacho -dijo.
Le seguí en silencio y me senté en la misma silla que la vez anterior. Parecía tan abatido como yo.
– ¿Por qué? -le pregunté.
– Porque es un gilipollas -murmuró-. Porque el que manda es el Departamento de Justicia y el FBI es el Departamento de Justicia. El estudio es suyo, ellos lo han encargado. Y él no te va a dejar que entres sin decírselo antes a ellos. Nunca hará nada que pueda salirse de lo corriente. En eso te has equivocado, Jack. Tenías que haberle dicho que el FBI estaba al tanto y te habría dado vía libre.
– No se lo habría creído.
– El caso es que podría haber dicho que se lo creía. Si le vinieran con que estaba ayudando a un periodista pasándole información del FBI, podría disimular y decir que creía que el FBI lo había autorizado.
– ¿Y ahora qué? Ya no me puedo volver atrás. En realidad no le estaba preguntando nada. Me lo estaba preguntando a mí mismo.
– ¿Tienes alguna fuente en el FBI? Porque estoy seguro de que en este momento está llamándoles desde su despacho. Es probable que esté hablando directamente con Bob Backus.
– ¿Quién es?
– Uno de los peces gordos. El proyecto sobre suicidios es de su equipo.
– Creo que me suena ese nombre.
– Es probable que conozcas a Bob Backus Sr., su padre. Era una especie de superpolicía cuya colaboración solicitó el FBI para ayudar a poner en marcha los Servicios de Ciencias del Comportamiento (BSS) y el Programa de Aprehensión de Criminales Violentos conocido como VICAP. Supongo que Bobby Jr. intenta seguir sus pasos. El caso es que tan pronto como Ford le telefonee, Backus lo tirará todo por tierra. No te queda más remedio que pasar por el FBI.
No podía pensar. Estaba totalmente acorralado. Me puse en pie y empecé a pasearme por el pequeño despacho. – Por Dios, esto es absolutamente increíble. El reportaje es mío… y me lo va a quitar de las manos un estúpido barbudo que se cree J. Edgar Hoover.
– No, Nat Ford no se pone disfraces.
– No tiene maldita la gracia.
– Lo sé. Perdona.
Volví a sentarme. Él no hizo nada por impedírmelo, a pesar de que nuestro asunto ya estaba liquidado. Por fin, se me ocurrió lo que él esperaba que hiciera. Sólo que no estaba seguro de cómo abordarlo. Nunca había trabajado en Washington y no sabía cómo funcionaban las cosas allí. Decidí hacerla al estilo de Denver. Ir al grano.
– Tú tienes acceso al ordenador, ¿no? -dije mirando el terminal que tenía a su izquierda. Se me quedó mirando un instante antes de contestar.
– De ningún modo. Yo no soy Garganta Profunda, Jack. Y esto es nada menos que un tema criminal. Ese es el fondo de la cuestión. Tú sólo te quieres adelantar al FBI.
– Tú eres periodista.
– Era periodista. Ahora trabajo aquí y no voy a arriesgar mi…
– Sabes que esta historia se tiene que contar. Si Ford está telefoneando al FBI, se llevarán los datos y la historia habrá volado. Y ya sabes lo difícil que es sacarles algo a ésos. Ya has estado allí. O lo acabamos por completo aquí y ahora o se publica como una historia a medias dentro de un año o más, con más conjeturas que hechos. Es lo que ocurrirá si no me dejas entrar en el ordenador.
– He dicho que no.
– Mira, tienes razón. Lo único que busco es mi historia. La gran exclusiva. Pero me la merezco. Tú lo sabes. El FBI no se habría enterado si no fuera por mí. Pero me están dejando fuera… Piensa en esto. Piensa que te podría pasar a: ti. Piensa que es a tu hermano a quien le ha ocurrido.
– He dicho y repito que no. Me levanté.
– Bueno, si cambias de…
– No lo haré.
– Mira, cuando salga de aquí me voy a registrar en el Hilton. Donde le dispararon a Reagan. Me despedí sin añadir más y él no dijo ni palabra.
15
Mientras esperaba en la habitación del Hilton puse al día los archivos de mi ordenador con lo poco que había conseguido en la Fundación y después llamé a Greg Glenn para contarle todo lo que había pasado en Chicago y en Washington. Cuando terminé lanzó un sonoro silbido y me lo imaginé echándose hacia atrás en el sillón, pensando en las distintas posibilidades.
De hecho, ya tenía un buen reportaje, pero yo no estaba satisfecho. Quería llegar hasta el fondo. No quería depender de que el FBI o los otros investigadores me contasen lo que opinaban de ello. Quería investigar por mi cuenta.
Había escrito incontables reportajes sobre investigaciones de asesinatos, pero en todos y cada uno había sido alguien ajeno a la historia. Esta vez estaba dentro y quería seguir así. Estaba en la cresta de la ola.
Me di cuenta de que mi excitación debía de ser la misma que sentía Sean cuando seguía un caso. Cuando iba de caza, como decía él.
– ¿Estás ahí, Jack?
– ¿Qué? Ah, sí. Estaba pensando en otra cosa.
– ¿Para cuándo el reportaje?
– Depende. Mañana es viernes. Dame hasta mañana. Tengo la esperanza de que me llame ese tipo de la Fundación. Pero si no sé nada mañana a mediodía, lo intentaré con el FBI. Tengo el nombre de un tío. Si eso no me lleva a ninguna parte, regresaré y escribiré el reportaje el sábado para la edición del domingo.
El domingo era el día de mayor difusión. Sabía que Glenn querría salir con algo fuerte el domingo.
– Bien, aunque tengamos que conformarnos con lo que tenemos, lo que has conseguido es mucho, demonios. Has logrado que se investigue a nivel nacional a un asesino de policías que ha estado actuando impunemente desde quién sabe cuándo. Esto…
– No es para tanto. No hay nada confirmado. Ahora mismo no es más que una investigación en dos estados sobre un posible asesino de policías.
– Ya es bastante, maldita sea. Y en cuanto intervenga el FBI será algo de alcance nacional. Vamos a tener al New York Times y al Post besándonos el culo.
Besándomelo a mí, tuve ganas de decirle, aunque no lo hice. Las palabras de Glenn ponían de manifiesto la verdad que se oculta tras el periodismo en la mayoría de los casos. Casi nada se hace ya con propósitos altruistas. No se trata de un servicio público ni del derecho de la gente a estar informada. Es una competición, a codazos y patadas, para dirimir qué periódico tiene la noticia y a cuál se le ha escapado. Y cuál conseguirá el premio Pulitzer a fin de año. Era una triste opinión, pero es que, con los años que llevaba en ello, mi parecer no podía ser más que cínico.
Aun así, mentiría si dijera que no acariciaba la idea de salir a la palestra con un reportaje de rango nacional y de contemplar cómo lo seguían todos. La única diferencia era que no pretendía gritarlo a los cuatro vientos, como Glenn. Y, sobre todo, estaba Sean. No lo estaba perdiendo de vista. Quería al hombre que le había hecho aquello. Más que nada en el mundo.
Le prometí a Glenn que le llamaría si había novedades y colgué. Deambulé un rato por la habitación y tuve que admitir que yo también estaba sopesando las posibilidades. Pensaba en lo que me iba a promocionar aquel reportaje. Podía representar mi salida definitiva de Denver, si quería. Quizás a una de las tres grandes: Los Angeles, Nueva York, Washington. O, por lo menos, a Chicago o Miami. Por otra parte, me puse a pensar en la posibilidad de publicar un libro. El crimen real era un mercado importante.
Deseché la idea, avergonzado. Tenemos suerte de que nadie conozca nuestros pensamientos más íntimos. Todos hemos comprobado las retorcidas argucias que empleamos para damos autobombo.
Necesitaba salir de la habitación, pero no podía porque esperaba aquella llamada. Encendí el televisor y no había más que una competición de programas de entrevistas que ofrecían la acostumbrada selección diaria de historias de blancos pobres. Hijos de cabareteras en un canal, estrellas del porno cuyos cónyuges estaban celosos y hombres que opinaban que a las mujeres había que meterlas en cintura con un palo de vez en cuando. Apagué la tele y se me ocurrió una idea. Decidí que no tenía más que abandonar la habitación. Seguro que Warren llamaría cuando no estuviera allí para atender la llamada. Eso me había funcionado siempre. Aunque era de esperar que me dejase un mensaje.