Entonces fui yo el que permanecí un rato en silencio. Warren entró con el coche por el acceso principal del hotel y rodeamos la plaza en dirección a las puertas. A través del parabrisas señaló el lado derecho del hotel.
– ¿Ves eso de ahí abajo? Fue donde le dieron a Reagan. Yo estaba allí. Esperando a sólo metro y medio de Hinckley Hasta me preguntó la hora. No había casi ningún periodista más por allí. Antes de eso, la mayoría de ellos no se molestaban en cubrir los actos públicos del presidente. Pero lo hicieron a partir de entonces.
– Guau.
– Sí, fue un hito.
Lo miré, asentí completamente en serio, y los dos nos pusimos a reír. Ambos conocíamos el secreto. Sólo en el mundo de los reporteros se podía considerar aquello un hito, un momento culminante. Ambos sabíamos que, para un reportero, quizá lo único mejor que presenciar un magnicidio frustrado era presenciar un magnicidio consumado. Siempre y cuando no te cruzaras con una bala en el tiroteo. Abrió la puerta, salí y volví a meter la cabeza en el coche.
– Ahora me has demostrado cuál es tu verdadera identidad, colega. Sonrió.
– Tal vez.
16
Las trece carpetas eran delgadas y todas contenían las cinco páginas del cuestionario de expediente facilitado por el FBI y la Fundación; algunas llevaban unas cuantas páginas más con notas complementarias o testimonios de colegas del fallecido sobre lo estresante que era el oficio.
La mayoría contaban la misma historia. Estrés profesional, alcohol, problemas conyugales, depresión. La fórmula básica de los conflictos del policía. Pero el ingrediente clave era la depresión. En casi todos los expedientes se informaba de que la víctima se había visto aquejada de una forma u otra de depresión producida por el trabajo. No obstante, sólo unos cuantos decían que las víctimas habían tenido problemas con un determinado caso no resuelto o con una investigación que se les había asignado.
Realicé una lectura rápida de las conclusiones de cada uno de los expedientes y descarté enseguida de mi investigación varios de los casos debido a factores diversos, desde los suicidios que habían sido presenciados por alguien hasta los que habían tenido lugar en circunstancias que impedían considerarlos.
Rebajar los ocho casos restantes iba a resultar más difícil porque todos ellos encajaban, al menos por los detalles del sumario. En cada uno de ellos se hacía alguna referencia a casos concretos que agobiaban a las víctimas. El agobio por un caso sin resolver y las citas de Poe eran, en realidad, todo lo que tenía como modelo. De modo que me basé en ello y lo convertí en el patrón por el que juzgaría si aquellos ocho casos restantes podían formar parte de una serie de falsos suicidios.
Siguiendo este protocolo particular descarté dos casos más en los que encontré referencias a notas del suicida. En ambos casos la víctima había dirigido su escrito a una persona determinada, uno a la madre y el otro a la esposa, pidiéndole perdón y comprensión. Las notas no contenían ningún atisbo poético ni el más mínimo rasgo de estilo literario. Los descarté y me quedaron seis.
Leyendo uno de los casos restantes topé con la nota del suicida -una frase, como las que habían dejado mi hermano y Brooks- en un apéndice añadido al informe de los investigadores. Al leer aquellas palabras sentí un escalofrío, una descarga eléctrica. Porque las conocía:
Me rondan ángeles aviesos
Abrí rápidamente mi cuaderno de notas por la página en la que había escrito la estrofa de «Tierra de sueños» que Laurie Prine me había leído del CD-ROM:
Por un sendero desierto y oscuro,
en el que rondan tan sólo ángeles aviesos,
y en el que un ídolo llamado Noche
reina erguido sobre su oscuro trono;
poco tiempo ha arribé a estas tierras
desde una sombría Tule,
desde un país sobrenatural, que se halla, sublime,
fuera del espacio…fuera del tiempo.
Me quedé helado. Mi hermano y Morris Kotite, un detective de Albuquerque que supuestamente se había suicidado de un tiro en el pecho y otro en la sien, habían dejado notas que citaban la misma estrofa de un poema. Era una clave.
Pero esos sentimientos de reivindicación y excitación pronto dejaron paso a una rabia profunda y creciente. Me enfurecía lo que les había pasado a mi hermano y a estos otros hombres. Me enfurecí con los polis supervivientes por no haber detectado esa coincidencia y el pensamiento me voló a lo que Wexler había dicho cuando le convencí. «Un jodido periodista», había dicho. Ahora comprendía su rabia. Pero sobre todo, mi ira la provocaba aquel que lo había hecho y lo poco que sabía de él. Utilizando sus propias palabras, el asesino era un ídolo. Y yo estaba persiguiendo a un fantasma.
Me llevó una hora repasar los cinco casos restantes. Tomé notas de tres de ellos y descarté los otros dos. Uno lo rechacé al enterarme de que la muerte había ocurrido el mismo día que John Brooks fue asesinado en Chicago. Parecía improbable, dada la planificación que debía de haber supuesto cada uno de los crímenes, que se hubieran llevado a cabo dos en el mismo día.
El otro caso lo descarté porque el suicidio de la víctima había sido atribuido, entre otras cosas, a su desesperación ante el horrendo rapto y asesinato de una joven de Long Island, en Nueva York. En principio y aparentemente, aunque la víctima no había dejado ninguna nota, el suicidio encajaría en líneas generales en mi pauta y requeriría un escrutinio posterior, pero cuando leí el informe hasta el final me percaté de que en realidad aquel detective había resuelto el caso de rapto y asesinato con el arresto de un sospechoso. Esto se salía de la pauta y, claro, no encajaba con la teoría que Larry Washington había lanzado en Chicago, y que yo compartía, de que una misma persona se dedicaba a matar a la
víctima y después al policía de homicidios.
Uno de los tres últimos casos que me llamaron la atención -además del caso Kotite- fue el de Garland Petry, un detective de Dallas que se pegó un tiro en el pecho y después otro en la cara. Dejó una nota que decía: «Por desgracia, sé que me han despojado de mi fuerza.» Por supuesto, yo no conocía a Petry. Pero nunca había oído que un policía utilizara el verbo «despojar». La frase que supuestamente se le atribuía tenía cierto tono literario. Me limité a considerar que no correspondía a la mano ya la mente de un policía suicida.
El segundo de los casos también era de una sola frase. Clifford Beltran, detective de la Oficina del Sheriff del Condado de Sarasota, en Florida, se había suicidado supuestamente tres años atrás -era el caso más antiguo- dejando una nota que decía, simplemente: «Señor, ten piedad de mi pobre alma.» De nuevo se trataba de un conjunto de palabras que me sonaban extrañas en boca de un poli, de cualquier poli. Era sólo una corazonada, pero incluí a Beltran en mi lista.
Finalmente, el tercer caso lo incluí en mi lista a pesar de que no se mencionaba ninguna nota en el suicidio de John P McCafferty detective de homicidios de la policía de Baltimore. Puse a McCafferty en la lista porque su muerte tenía un misterioso parecido con la de John Brooks. Se suponía que McCafferty había disparado al suelo de su apartamento antes del segundo disparo fatal en la garganta. Recordé la suposición de Lawrence Washington de que ésta era la forma de dejar residuos de pólvora en las manos de la víctima.
Cuatro nombres. Los revisé un momento, junto con el resto de las notas que había ido tomando y después saqué de la bolsa de viaje el libro de Poe que había comprado en Boulder.