Decepcionado, supuso que quizá la muerte de una sirvienta negra no era noticia en aquella ciudad.
Tiró el periódico sobre la cama. Pero en cuanto aterrizó le llamó la atención la fotografía que encabezaba la portada de la sección. Era la foto de un muchacho bajando por un tobogán. Volvió a coger el diario y leyó el pie de la foto. Decía que por fin habían repuesto en el parque MacArthur los columpios y demás atracciones infantiles, suprimidas durante el largo período en que gran parte del parque había estado cerrada a causa de la construcción de una estación de metro.
Gladden volvió a mirar la foto. Al chico del tobogán lo identificaban como Miguel Arax, de siete años. Gladden no conocía la zona en que estaba ubicado el nuevo parque, pero supuso que la construcción de una estación de metro nueva sólo se aprobaría en un sector deprimido de la ciudad. Eso significaba que la mayoría de los niños serían pobres y de piel morena, como el de la foto. Decidió que iría a ese parque más tarde, después de hacer sus tareas y una vez instalado. Siempre resultaba más fácil con los pobres. Tenían muchas necesidades.
«Instalado», repitió Gladden para sus adentros. Pensó que su prioridad real era instalarse. Por mucho que hubiera borrado sus huellas, no podía seguir en aquel motel ni en ningún otro. No era seguro. Los polis iban estrechando la vigilancia y pronto le echarían la vista encima. Era una sensación que no se basaba en otra cosa que en su instinto de supervivencia. Pronto le echarían la vista encima y tenía que ponerse a salvo.
Tiró el periódico y cogió el teléfono. La voz curada por el tabaco que respondió después de que él marcase el cero era inconfundible.
– Soy, bueno, Richard… el de la seis. Sólo quería decirle que siento lo que ha pasado antes. He estado un poco brusco y le pido disculpas.
Como ella no decía nada, insistió.
– De todos modos, tenía usted razón, se siente uno muy solo aquí y me preguntaba si seguiría en pie la oferta que me hizo antes.
– ¿Qué oferta?
Se lo estaba poniendo difícil.
– Ya sabe, me preguntó si había visto algo que me gustara. Bueno, pues, en realidad, sí.
– No sé. Estaba usted bastante irritable. No me gusta la gente irritable. ¿En qué está pensando?
– No sé. Pero dispongo de un centenar de pavos para asegurarme de que pasemos un buen rato. Se quedó callada un instante.
– Bueno, yo salgo de este tugurio a las cuatro. Después dispongo de todo el fin de semana. Podríamos salir. Gladden sonrió para sus adentros.
– No puedo esperar.
– Entonces, discúlpeme también. Por haber estado brusca y por las cosas que le he dicho.
– Eso me complace. La veré pronto… ¡Eh!, oiga, ¿me escucha?
– Seguro, chato.
– ¿Cómo se llama?
– Darlene.
– Bueno, Darlene, no puedo esperar hasta las cuatro. Ella rió y colgó. Gladden no se reía.
18
A la mañana siguiente tuve que esperar hasta las diez para encontrar a Laurie Prine en su puesto, en Denver. Para entonces ya estaba ansioso por acelerar la marcha del día, aunque ella acababa de iniciarlo y tuve que aguantar sus cumplidos y sus preguntas sobre dónde estaba y qué hacía antes de entrar por fin en el tema.
– Cuando me hiciste aquella búsqueda de suicidios policial es, ¿estaba incluido el Boltimore Sun? -Sí.
Lo suponía, pero tenía que comprobado. También sabía que las búsquedas por ordenador a veces pasan cosas por alto.
– Vale, entonces vuelve a buscar en el Sun utilizando sólo el nombre de John McCafferty. Se lo deletreé.
– Bueno. ¿Hasta cuándo me remonto?
– No sé, bastará con cinco años.
– ¿Para cuándo necesitas la información?
– Para ayer.
– Supongo que eso significa que no piensas colgar.
– Así es.
Oí cómo tecleaba las órdenes de búsqueda. Me puse el libro de Poe en el regazo y releí algunos poemas mientras esperaba. Con la luz del día entrando a través de las cortinas, las palabras no me producían el mismo efecto que la noche anterior.
– Vale… ¡Guau! Aquí hay muchas entradas, Jack. Veintiocho. ¿Estás buscando algo en particular?
– Bueno, no. ¿Cuál es la más reciente?
Sabía que ella podía reseguir las entradas mediante los titulares que aparecían en pantalla.
– Vale, la última: «Detective despedido por entrometerse en la muerte de un excompañero.»
– Fantástico -dije-. Tendría que haber aparecido en la primera búsqueda que me hiciste. ¿Puedes leerme algo? La oí teclear de nuevo y esperar a que la noticia completa apareciese en su pantalla.
– Vale, ahí va:
Un detective de la policía de Baltimore fue despedido el lunes por alterar la escena de un crimen y por pretender simular que el que fue su compañero durante mucho tiempo no se había suicidado la pasada primavera.
La decisión la tomó la Junta de Investigaciones Internas contra el detective Daniel Bledsoe, después de una vista a puerta cerrada que duró dos días. A Bledsoe no se le pudo localizar para que lo comentase, pero un compañero inspector que lo representó durante la vista afirmó que el condecorado detective había sido tratado con inusitada dureza por el Departamento en el que sirvió a plena satisfacción durante veintidós años.
Según fuentes oficiales de la policía, el compañero de Bledsoe, el detective John McCafferty, murió de un disparo que se había infligido él mismo el 8 de mayo. El cuerpo fue hallado por su esposa Susan, que telefoneó inmediatamente a Bledsoe. Éste, según las mismas fuentes, acudió al apartamento de su compañero, destruyó una nota que encontró en el bolsillo de la camisa del detective fallecido y alteró otros aspectos de la escena del crimen para hacer que pareciese que McCafferty había sido asesinado por un intruso que se había apoderado del arma del detective. La policía afirma…
– ¿Quieres que siga leyendo, Jack?
– Sí, sigue.
La policía afirma que Bledsoe llegó incluso a disparar otro tiro sobre el cadáver de McCafferty, concretamente en el muslo. Después, Bledsoe le dijo a Susan McCafferty que llamase al 911 y abandonó el apartamento, fingiendo sorpresa más tarde, cuando fue informado de la muerte de su compañero. Al parecer, McCafferty ya había disparado un tiro al suelo de su casa antes de ponerse el arma en la boca para efectuar el disparo fatal.
Los investigadores sostienen que Bledsoe intentó hacer que la muerte pareciese un asesinato para que Susan McCafferty pudiese percibir una gran cantidad de dinero por su muerte, además de una buena pensión si se demostraba que su marido no se había suicidado.
Sin embargo, la conspiración se vino abajo cuando unos investigadores suspicaces interrogaron a fondo a Susan McCafferty sobre lo ocurrido el día en que falleció su marido. Ella acabó admitiendo que había visto lo que hizo Bledsoe.
– ¿Estoy leyendo demasiado deprisa? ¿Estás tomando notas?
– No, ya está bien. Continúa.
– Vale.
Durante la investigación, Bledsoe se negó a reconocer que había participado en la conspiración y declinó el derecho a
declarar en defensa propia durante la vista de la Junta de Investigaciones Interna.
Jerry Liebling, detective amigo de Bledsoe y encargado de su defensa durante la vista, afirmó que Bledsoe había hecho lo que cualquier compañero leal haría por un camarada y amigo. «Todo lo que hizo fue intentar que el trago no fuese tan amargo para la viuda -afirmó Liebling-. Pero los del Departamento se han pasado de la raya. Él intentó hacer lo que le pareció mejor y ahora pierde su empleo, su carrera, su modo de ganarse la vida. ¿Qué clase de mensaje encierra esto para el cuerpo de policía?»