Otros inspectores con los que se mantuvo contacto el lunes expresaron pareceres similares. Pero los oficiales al mando afirman que a Bledsoe se le ha tratado de modo imparcial y citan como signo de compasión el hecho de que no se hayan presentado cargos criminales contra él ni contra Susan McCafferty.
McCafferty y Bledsoe habían trabajado juntos durante siete años y en ese tiempo resolvieron algunos de los asesinatos más importantes ocurridos en la ciudad. A uno de esos asesinatos se atribuyó en parte la muerte de McCafferty.
Según la policía, la depresión de McCafferty por no haber podido resolver el caso del asesinato de PollyAznherst (la maestra de primer grado del colegio privado Hopkins que fue secuestrada, mutilada sexualmente y estrangulada) le llevó a la idea de acabar con su vida. Además, McCafferty estaba teniendo problemas con la bebida. «De este modo, el Departamento no sólo ha perdido un buen inspector -dijo Liebling tras la vista del lunes-. Ha perdido dos. Nunca encontrarán a dos tipos tan buenos como Bledsoe y McCafferty. Realmente, en el Departamento estarán orgullosos hoy. »
– Es todo, Jack.
– Vale. Uf, voy a necesitar que envíes esto a mi buzón de correo electrónico. Llevo el portátil, podré acceder.
– Bueno. ¿Y qué hago con las demás noticias?
– ¿Puedes volver a los titulares? ¿Hay alguno sobre la muerte de McCafferty o son noticias sobre otros casos? Le llevó medio minuto repasar los titulares.
– Parece que todos son sobre otros casos. Hay unos cuantos sobre la maestra de escuela. Nada más sobre el suicidio. Y ya sé por qué la noticia que te acabo de leer no apareció en mi búsqueda del lunes: porque no contiene la palabra «suicidio». Ésa fue la palabra clave que introduje.
Ya me lo había imaginado. Le pedí que enviase las noticias sobre la maestra a mi buzón, le di las gracias y colgué.
Llamé al despacho principal de inspectores del Departamento de Policía de Bal timo re y pregunté por Jerry Liebling.
– Al habla Liebling.
– Detective Liebling, me llamo Jack McEvoy y me pregunto si podría usted ayudarme. Estoy tratando de localizar a Dan Bledsoe.
– ¿Para qué sería?
– Preferiría comentárselo a él.
– Lo siento, pero no puedo ayudarle, y me están llamando por otra línea.
– Verá, sé lo que intentó hacer por McCafferty. Quiero contarle algo que creo que le será de ayuda. Es todo lo que puedo decirle. Pero si usted no me ayuda a mí, está perdiendo una ocasión de ayudarle a él. Puedo darle mi teléfono. ¿Por qué no le llama y se lo da? Deje que sea él quien decida.
Hubo un largo silencio y de pronto me dio la impresión de que no había nadie al otro lado del teléfono.
– ¿Hola?
– Sí, estoy aquí. Mire, si Dan quiere hablar con usted, que hable. Llámele. Está en la guía.
– ¿En la guía telefónica?
– Exacto. Tengo que colgar.
Colgó. Me sentí como un tonto. Ni siquiera había pensado en el listín telefónico porque no conocía a ningún poli que figurase en él. Volví a marcar el número de información de Baltimore y di el nombre del ex inspector.
– No lo tengo en la guía como Daniel Bledsoe -me dijo la telefonista-. Hay un Bledsoe Seguros y un Investigaciones Bledsoe.
– Vale, démelos. ¿Puede darme las direcciones, por favor?
– En realidad, los nombres y números son distintos, pero la dirección es la misma, en Fells Point. Me dio la información y llamé al número de las investigaciones.
Contestó una voz de mujer:
– Investigaciones Bledsoe.
– Sí, ¿puedo hablar con Dan?
– Lo siento, pero no está.
– ¿Sabe usted si estará más tarde?
– Está en su despacho. Sólo que está hablando por teléfono. Esto es un servicio de mensajería. Cuando está fuera o hablando por teléfono sus llamadas suenan aquí. Pero sé que está. No hace ni diez minutos que llamó para ver si tenía algún mensaje. Lo que no sé es por cuánto tiempo. Yo no le llevo la agenda.
Fells Point es una lengua de tierra situada al este del puerto de Baltimore. Los hoteles y establecimientos turísticos dan paso a animados bares musicales y tiendas pequeñas y, más allá, a fábricas de ladrillo y a la Pequeña Italia. En algunas calles, el asfalto ha dejado al descubierto los adoquines y cuando sopla el viento lo invade todo el olor penetrante del mar o el aroma de la fábrica azucarera que está justo al otro lado de la ensenada. Bledsoe Investigaciones y Seguros estaba en un edificio de ladrillo de dos plantas, en el cruce de las calles Caroline y Fleet.
Pasaban unos minutos de la una. En la puerta de la pequeña oficina había un reloj de plástico con manecillas ajustables y las palabras: «Vuelvo a las…» Estaba puesto a la una. Miré a mi alrededor, no vi a nadie que corriese hacia la oficina para llegar a tiempo, pero decidí esperarle de todos modos. No tenía otro sitio adonde ir.
Me acerqué al mercado de la calle Fleet, compré una Coca-Cola y volví a mi coche. Desde el asiento del conductor podía ver la puerta de la oficina de Bledsoe. Llevaba veinte minutos mirándola cuando vi a un hombre, con el cabello negro azabache y barriga de cuarentón sobresaliendo de la chaqueta, que llegaba cojeando ligeramente, la abría y entraba. Salí con la bolsa del portátil y me dirigí hacia él.
La oficina de Bledsoe parecía haber sido en otro tiempo la consulta de un médico, aunque me costaba imaginarme qué clase de doctor podía haber ocupado semejante choza en un barrio obrero como aquél. Había un pequeño recibidor con una ventanilla y un mostrador tras el cual imaginé que en otros tiempos se habría sentado una recepcionista. La ventanilla, de cristal glaseado como los de las duchas, estaba cerrada. Al abrir la puerta había oído un timbrazo, pero nadie respondía a él. Me quedé allí de pie, mirando a mi alrededor. Había un viejo sofá y una mesita baja. La habitación no daba para más. Desplegadas sobre la mesa había unas cuantas revistas, la más actual de las cuales no tenía menos de seis meses: Estaba a punto de gritar ¡hola! o de llamar a la puerta del despacho interior cuando escuché el sonido de la cadena del retrete procedente de alguna parte al otro lado de la ventanilla. Entonces vi una figura borrosa que se movía al otro lado del cristal y se abrió la puerta de la izquierda. Allí estaba el hombre del cabello negro. No me había dado cuenta de que, resiguiéndole el labio, llevaba un bigote tan fino como la carretera de un mapa.
– ¿En qué puedo servirle?
– ¿Daniel Bledsoe? -Yo mismo.
– Me llamo Jack McEvoy Quería preguntarle algo sobre John McCafferty Creo que podemos ayudarnos mutuamente.
– Lo de John McCafferty fue hace mucho tiempo. Se había quedado mirando la bolsa del ordenador.
– No es más que un ordenador -le dije-. ¿Podemos sentamos en algún sitio?
– Claro, ¿por qué no?
Le seguí a través de la puerta y después por un pasillo en el que había tres puertas más, alineadas a la derecha. Abrió la primera y entramos en un despacho revestido de paneles baratos que imitaban madera de arce. De la pared colgaba, enmarcada, su licencia estatal, así como varias fotos de sus tiempos de policía. Todo parecía tan de pacotilla como el bigote, pero yo estaba decidido a seguir adelante. Sabía que tratándose de policías (y suponía que también de ex policías) las apariencias engañan. Conocí algunos en Colorado que aún usarían trajes de poliéster azul claro si todavía los hicieran. No obstante, esos detectives tenían fama de ser los mejores, los más brillantes y los más duros de sus departamentos. Supuse que eso valdría también para Bledsoe. Se sentó tras una mesa con tablero de fórmica negra. No había tenido mucho donde escoger cuando la compró en un almacén de muebles de oficina usados. En la pulida superficie se podía ver claramente una espesa capa de polvo. Me senté frente a Bledsoe en la única silla disponible. El observaba detenidamente mis reacciones.