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– Sí, Jack, ya sé que eres periodista y que has sido el que ha puesto todo en marcha. Pero tienes que comprenderlo: si levantas una tormenta periodística en torno a ese tipo, no lo cogeremos nunca. Se asustará y se volverá a meter en su concha. Habremos perdido nuestra mejor oportunidad.

– Bueno, yo no estoy a sueldo del Gobierno. A mí me pagan, creo, por informar y escribir reportajes… El FBI no es quién para decirme lo que he de escribir ni cuándo.

– No puedes utilizar nada de lo que te acabo de contar.

– Lo sé. Lo he prometido y lo cumpliré. No lo necesito. Ya lo tenía. La mayor parte. Todo excepto lo de Beltran, y no tengo más que leer la reseña biográfica de este libro para encontrar sus últimas palabras… Para este reportaje no necesito la información ni el permiso del FBI.

Eso volvió a crear un silencio entre los dos. Se notaba que estaba enfadada, pero yo tenía que defender mi posición. Tenía que jugar mis cartas con la mayor astucia posible. En este tipo de juegos no tienes una segunda oportunidad. Al cabo de unos minutos empecé a ver en la autopista los indicadores de la salida hacia Quantico. Ya estábamos cerca.

– Mira -le dije-. Ya hablaremos del reportaje después. No voy a salir corriendo para ponerme a escribir. Tengo que hablar detenidamente de ello con mi redactor jefe y ya te diré lo que vamos a hacer. ¿De acuerdo?

– Está bien, Jack. Espero que pienses en tu hermano cuando lo discutáis. Estoy segura de que tu redactor jefe no lo

hará.

– Oye, hazme un favor. Deja de hablarme de mi hermano y de mis motivos. Porque no sabes nada de mí ni de él ni de lo que pienso.

– Está bien.

Recorrimos unos cuantos kilómetros en absoluto silencio. Se me fue pasando un poco el enfado y empezaba a preguntarme si no habría estado muy brusco. Su propósito era atrapar a aquella persona a la que llamaban el Poeta. El mío también.

– Mira, siento lo de antes -le dije-. Todavía creo que podemos ayudamos mutuamente. Podemos colaborar y quizás atrapemos a ese tipo.

– No lo sé -replicó ella-. No veo cómo vamos a colaborar si lo que te digo va a salir en los diarios y en la televisión y después en los periódicos sensacionalistas. Tienes razón, no sé nada de lo que piensas. No te conozco y no creo que pueda confiar en ti.

No dijo nada más hasta que llegamos a la entrada de Quantico.

21

Ya había anochecido y no podía ver por dónde pasábamos. La Academia y el centro de investigación del FBI estaban en el centro de una base de la Infantería de Marina. Ocupaban tres edificios irregulares de ladrillo conectados mediante pasadizos acristalados y patios interiores. Rachel Walling introdujo el coche en un aparcamiento exclusivo para agentes del FBI.

Seguía en silencio mientras hizo la maniobra y aún cuando salió del coche. Ya empezaba a conmoverme. Me disgustaba verla triste por mi culpa y que me considerara un egoísta.

– Mira -le dije-, lo que más me importa es, obviamente, atrapar a ese tipo. Déjame llamar por teléfono a mi fuente y a mi redactor jefe y saldremos de dudas, ¿vale?

– Bueno -dijo de mala gana.

Fue una sola palabra pero me hizo feliz haberle sacado algo. Entramos en el edificio central, recorrimos una serie de pasillos hasta un tramo de escaleras por el que bajamos al Centro Nacional para el Análisis del Crimen Violento. Estaba en el sótano. Me condujo a través de la recepción hasta una gran sala no demasiado distinta a las salas de redacción. Había dos hileras de escritorios y puestos de trabajo separados por mamparas y, a la derecha, una fila de despachos individuales. Se volvió y me señaló el interior de uno de aquellos despachos. Supuse que sería el suyo, aunque me pareció austero e impersonal. La única foto que había era la del presidente, colgada en la pared del fondo.

– Aquí puedes sentarte y usar el teléfono -dijo-. Voy a buscar a Bob y a ver qué hacemos. Y no te preocupes, el teléfono no está intervenido.

Del mismo modo que noté el sarcasmo en su voz, vi que sus ojos recorrían el escritorio para asegurarse de que no me dejaba a solas delante de ningún documento importante. Una vez que lo hubo comprobado, salió. Me senté tras el escritorio y busqué en mi agenda los números que me había dado Dan Bledsoe. Lo encontré en su casa.

– Soy Jack McEvoy El de esta mañana. -Ya.

– Escuche, me han cogido los del FBI al volver a Washington. Se están tomando en serio lo de ese tipo y ya tienen conectados cinco casos. Pero todavía no tienen el de McCafferty porque en el expediente no figuraba la nota. Yo puedo proporcionárselo para que les sirva como punto de partida, pero antes quería consultarlo con usted. Si se lo cuento, es probable que vayan a hablar con usted. Probablemente lo hagan de todos modos.

Mientras se lo pensaba, mis ojos recorrieron el escritorio igual que lo había hecho Walling. Estaba casi vacío, sólo ocupado por un calendario mensual desplegado que le servía como bloc de notas. Me fijé en que acababa de volver de vacaciones, pues había escrito «vac» en todos los días de la semana anterior. Había anotaciones abreviadas en otras fechas del mes, pero eran indescifrables.

– Déselo -me dijo Bledsoe.

– ¿Está seguro?

– Segurísimo. Si viene aquí el FBI y dice que Johnny Mac fue asesinado, su viuda tendrá para comer. Eso era lo que yo quería, así que cuénteselo. A mí no me van a hacer nada. No pueden. Lo hecho, hecho está. Ya me he enterado, hoy mismo, de que andan por aquí hurgando en los archivos.

– Bueno, hombre, pues gracias.

– ¿ Va a escribir algo de esto?

– No lo sé. Estoy en ello.

– Este caso es suyo. ¡A por él! Pero no se fíe de los grises, Jack. Le utilizarán a usted y utilizarán lo que ha conseguido, y después lo dejarán tirado en la cuneta como a un perro.

Le agradecí el consejo, y cuando estaba colgando pasó por delante de la puerta abierta del despacho un hombre con el clásico traje gris del FBI que, al verme sentado tras la mesa, se detuvo y entró, con una mirada interrogante.

– Disculpe, ¿qué está haciendo aquí?

– Espero a la agente Walling.

Era un hombre corpulento, de cara enjuta y rubicunda y cabello corto y negro.

– ¿Y quién es usted?

– Me llamo Jack McEvoy y ella…

– Bueno, al menos no se siente en su mesa.

Hizo un gesto giratorio con la mano, indicándome que debía rodear el escritorio y sentarme en una de las sillas que allí había. Sin ninguna intención de discutir, obedecí sus instrucciones. Me dio las gracias y salió del despacho.

Aquel episodio sirvió para recordarme que nunca me había gustado tratar con agentes del FBI. Por lo general, todos tienen estreñimiento. Más que la mayoría de la gente.

Cuando me aseguré de que se había ido volví a coger el teléfono de Walling y marqué el número directo de Greg Glenn. En Denver eran poco más de las cinco y sabía que estaría muy ocupado supervisando titulares, pero no estaba seguro de si podría volver a llamar.

– Jack, ¿puedes llamar un poco más tarde?

– No. Tengo que hablar contigo.

– Bueno, date prisa. Hemos tenido otro tiroteo en una clínica y estamos decidiendo los titulares.

Le puse rápidamente al corriente de lo que tenía y de lo que había pasado con el FBI. Pareció olvidarse por completo del tiroteo en la clínica y de los titulares, y repetía sin parar que lo que yo tenía era fantástico y que iba a ser un reportaje estupendo. No le conté lo del empleo que Warren había perdido ni lo del intento de registro de Walling. Le dije dónde estaba y lo que pretendía hacer. Le pareció bien.

– De todos modos, es probable que necesitemos todo el espacio para este asunto de la clínica -dijo-. Por lo menos durante dos días. Aquí vamos de culo. Puede que te necesite para reescribirlo.

– ¿Cómo?

– ¡Ah, ya! Bueno, sigue con eso, a ver qué consigues. Y tenme informado. Va a ser algo grande, Jack. -Así lo espero.