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Un agente de la segunda fila levantó la mano y Doran le cedió la palabra con la cabeza.

– Si había tres incidentes en los que se recuperaron fibras de capoc, ¿cómo es que el ordenador del VICAP no registró esta coincidencia si como tú dices se introdujeron todos los casos?

– Error humano. En el primer caso, el del pequeño Ortiz, el capoc era originario de la zona y no se tuvo en cuenta. No lo señalaron en el cuestionario. En el caso de Albuquerque no se identificaron las fibras hasta después de que se nos enviara el informe del VICAP. Una vez identificadas como capoc, el informe no fue actualizado. Un descuido. Perdimos la conexión. Hasta hoy no hemos recibido la confirmación de nuestra oficina local. Sólo en el caso de Denver el capoc se consideró lo bastante significativo como para mencionarlo en el formulario del VICAP.

A varios agentes se les escapó un gruñido y yo mismo noté cómo se me aceleraba el corazón. Se había perdido la oportunidad de identificar que se trataba de un asesino en serie ya desde el caso de Albuquerque. Me preguntaba qué habría pasado si no se hubiera perdido esa pista. Quizá Sean estaría vivo.

– Esto nos lleva a la cuestión primordial -dijo Doran-. ¿Cuántos asesinos tenemos? ¿Uno que tira la primera piedra y otro que se carga a los detectives? ¿O sólo uno? Uno que lo hace todo. De momento, basándonos inicialmente en la improbabilidad logística que conlleva el hecho de ser dos, estamos siguiendo la teoría de la conexión. Nuestra presunción es que en cada ciudad las dos muertes están conectadas entre sí.

– ¿Cuál es la patología? -preguntó Smitty

– Sólo podemos hacer conjeturas, por ahora. La más obvia es que mata al detective para tapar sus propias huellas, para asegurarse la huida. Pero también manejamos otra teoría. Y es que el primer homicidio lo comete para poner a un detective ante el punto de mira. Dicho de otro modo, el primer homicidio es un cebo, presentado de manera suficientemente horripilante como para obsesionar a un detective de homicidios. Suponemos que entonces el Poeta acosa a cada uno de esos oficiales y se aprende sus hábitos rutinarios. Eso le permite acercarse a él y llevar a cabo el consiguiente asesinato sin que lo descubran.

Esto sumió la sala en el silencio.

Yo tenía la sensación de que muchos de aquellos agentes, aunque avezados en no pocas investigaciones de asesinatos en serie, no se habían encontrado nunca ante un depredador como ése al que ahora llamaban el Poeta.

– Por supuesto -dijo Brass-, para nosotros esta teoría es sólo provisional… Backus se puso en pie.

– Gracias, Brass -le dijo, y dirigiéndose a toda la sala añadió-: Rápidamente, porque quiero que tracemos unos perfiles y hemos de dejar esto listo, Gordon tiene algo que decirnos.

– Sí, muy rápido -dijo Thorson mientras se levantaba y se desplazaba hacia un caballete que sostenía una gran pizarra-. El mapa que tenéis en el expediente no está actualizado porque falta la conexión de Baltimore. Así que prestadme un momento de atención.

Dibujó rápidamente el perfil de Estados Unidos con un grueso rotulador negro. Después, con uno rojo, empezó a trazar la ruta del Poeta. Empezando por Florida, que había dibujado desproporcionadamente pequeña en relación con el resto del país, la línea subía hasta Baltimore y después hasta Chicago para luego bajar a Dallas, volver a subir a Albuquerque y finalmente llegar hasta Denver. Volvió a coger el rotulador negro y escribió las fechas de los asesinatos en cada ciudad.

– Casi se explica por sí mismo -dijo Thorson-. Nuestro hombre se dirige hacia el Oeste y es obvio que le sacan de quicio los polis de homicidios.

Levantó la mano y la blandió sobre la mitad occidental del país que había dibujado.

– La próxima vez lo veremos aparecer por aquí, a menos que tengamos suerte y lo pillemos antes.

Al mirar el final de la línea roja que Thorson había trazado sentí la necesidad de preguntarme por el porvenir. ¿Dónde estaba el Poeta? ¿Quién sería el siguiente?

– ¿Por qué no le dejamos que llegue a California y así estará ya en su ambiente? Y se acabó el problema. Todo el mundo rió el chiste de un agente que se sentaba en la segunda fila. El humor envalentonó a Hazelton.

– Eh, Gordon -dijo, acercándose al atril y señalando con un lápiz el desproporcionadamente pequeño apéndice de Florida-. Espero que este mapa no sea una especie de desliz freudiano por tu parte.

Esto arrancó la más sonora carcajada de la reunión y la cara de Thorson enrojeció, aunque sonrió por el chiste a su costa. Vi que a Rachel Walling se le iluminaba la cara de gusto.

– Muy divertido, Hazel -replicó Thorson en voz alta-. ¿Por qué no vuelves a analizar los poemas? Se ve que es lo tuyo.

Las risas se cortaron en seco y sospeché que Thorson le había clavado a Hazelton un aguijón que era más personal que gracioso.

– Bueno, si me dejáis continuar -dijo Thorson-, para vuestra información, esta noche vamos a alertar a todas las oficinas federales, sobre todo en el Oeste, para que estén al tanto de algo así. Nos sería de gran ayuda tener noticias anticipadas del próximo y poder trasladar nuestro laboratorio a uno de los posibles escenarios criminales. Pronto tendremos listo un equipo móvil. Aunque de momento nos tenemos que basar en las oficinas locales para todo. ¿Bob?

Backus se aclaró la garganta para proseguir con el debate.

– Si a nadie se le ocurre nada más, vamos con los perfiles. ¿Qué es lo que sabemos sobre ese delincuente? Quisiera añadir algo a la alerta que Gordon ha anunciado.

A partir de ahí todo fue una retahila de confusas observaciones, muchas de ellas absolutamente erróneas y algunas

que hasta hicieron reír.

Pude comprobar que había mucha camaradería entre los agentes. También vi que había cierta rivalidad, como lo había demostrado el juego entre Walling y Thorson y después entre éste y Hazelton. No obstante, tenía la sensación de que aquellas personas ya se habían sentado otras veces en torno a aquella mesa y en aquella sala para hacer lo mismo. Demasiadas veces, desgraciadamente.

El perfil que iba saliendo iba a servir de muy poco en la caza del Poeta. Las generalidades que los agentes iban poniendo sobre la mesa se referían principalmente a su descripción íntima. Rabia. Aislamiento. Nivel de formación e inteligencia por encima de la media. «¿Cómo identificar esas cosas entre la masa?», me preguntaba. No hay manera.

De vez en cuando, Backus intervenía con alguna pregunta para reencauzar el debate.

– Si estás de acuerdo con la última teoría de Brass, ¿por qué polis de homicidios?

– Responde a esta pregunta y lo tendrás metido en una celda. Ése es el misterio. Ese rollo de la poesía es una maniobra de diversión.

– ¿Rico o pobre?

– Consigue dinero. Tiene que conseguirlo. Allá donde va, no se queda mucho tiempo. No trabaja: su trabajo es matar.

– Debe tener una cuenta bancaria o unos padres ricos, algo así. Utiliza coches y necesita dinero para llenar el depósito.

La sesión se alargó durante otros veinte minutos mientras Doran iba tomando notas para trazar el retrato preliminar. Después, Backus la concluyó diciendo a todos que se fueran a descansar el resto de la noche para salir de viaje a primera hora de la mañana.

Al terminar la reunión se me acercaron unos cuantos para presentarse, me dieron el pésame por lo de mi hermano y me expresaron su admiración por lo que había investigado. Pero fueron sólo unos cuantos, incluyendo a Hazelton y Doran. Al cabo de unos minutos me quedé solo en medio de la sala, y estaba mirando a Walling cuando se me acercó Gordon Thorson. Me tendió la mano y, tras un instante de duda, se la estreché.

– Espero que no tengamos problemas -dijo con una sonrisa cordial.

– En absoluto. Ha estado bien.