Colgó y nos miró. Yo quería preguntarle a qué se refería con lo de la exhumación, pero Rachel se me adelantó.
– ¿Seis habitaciones? ¿Es que va a venir Gordon?
– Sí, con Cárter.
– ¿Por qué, Bob? Ya sabes…
– Los necesitamos, Rachel. Estamos llegando al punto crítico en esta investigación y las cosas empiezan a moverse. Como máximo, ahora estamos a diez días de ese delincuente. Necesitamos más personal para dar los pasos que vamos a tener que dar. Así de sencillo, y ya he dicho más de lo necesario. Bien, Jack, ¿querías preguntar algo?
– La exhumación de la que habéis hablado…
– Te lo aclaro dentro de un minuto. Lo entenderás. James, cuéntales lo que encontraste en el cadáver. Thompson sacó cuatro instantáneas del bolsillo y las colocó encima de la mesa frente a Rachel y a mí.
– Son de la palma de la mano izquierda y el dedo índice. Las dos fotos de ese lado son a tamaño natural. Las otras dos están ampliadas diez veces.
– Perforaciones -dijo Rachel.
– Exacto.
Yo no las había visto, pero cuando ella lo dijo reconocí los diminutos agujeros en las rayas de la piel. Tres en la palma de la mano, dos en la punta del dedo índice.
– ¿Qué significan? -pregunté.
– A primera vista parecen simples pinchazos de alfiler -repuso Thompson-. Pero no se ha formado costra ni se han cerrado las heridas. Se las hizo, o se las hicieron, poco antes de morir. Muy poco antes o incluso después, aunque no tendría sentido que hubiera sido después.
– ¿Qué no tendría sentido?
– Jack, queremos saber cómo llegó a ocurrir -dijo Backus-. ¿Cómo han podido caer así unos policías veteranos y curtidos? Me refiero al control. Es una de las claves. Señalé las fotos.
– ¿Y esto qué os aclara?
– Esto, además de otros detalles, apunta a que hubo hipnosis de por medio.
– ¿Estáis diciendo que ese tío hipnotizó a mi hermano y a los demás y les obligó a meterse la pistola en la boca y apretar el gatillo?
– No, no creo que sea tan sencillo. Hay que tener en cuenta que es bastante difícil eliminar de la mente de un individuo el instinto de supervivencia mediante la hipnosis. La mayoría de los expertos opinan que es absolutamente imposible. Pero a las personas susceptibles de ser hipnotizadas se las puede controlar en diferentes grados. Se hacen dóciles, manejables. En estos momentos, es sólo una posibilidad. Pero en la mano de esta víctima hay cinco perforaciones. Una forma habitual de comprobar la profundidad del trance hipnótico consiste en pinchar la piel con un
alfiler después de decirle al paciente que no va a sentir dolor. Si el paciente reacciona, el trance no es profundo. Si, por el contrario, no acusa el dolor, el estado de trance es completo.
– Y controlable -añadió Thompson.
– Ya. Queréis mirar la mano de mi hermano.
– Sí, Jack -dijo Backus-. Necesitaremos una orden de exhumación. Me parece recordar que en el historial figura como casado. ¿Crees que la viuda dará su con sentimiento?
– No lo sé.
– Es posible que tengas que ayudarnos en este asunto.
Asentí sin decir nada. Todo aquello me parecía cada vez más raro.
– ¿Qué es lo demás? Dijiste que las perforaciones y otros detalles apuntaban a un estado de hipnosis.
– Las autopsias -contestó Rachel-. Ninguno de los análisis de sangre de las víctimas salió completamente limpio. Todos tenían algo en la sangre. Tu hermano…
– Jarabe para la tos -salté a la defensiva-. El de la guantera del coche.
– Justo. Han encontrado desde productos que se adquieren sin receta hasta fármacos que sólo se preparan por prescripción facultativa. En uno se encontró Percocet. Se lo habían recetado dieciocho meses antes para una lesión de espalda. Creo que fue el caso de Chicago. Otro, creo que Petry el de Dallas, tenía codeína en la sangre. También se lo habían recetado, Tylenol con codeína. Tenía el frasco en el botiquín.
– De acuerdo, pero ¿qué quiere decir?
– Bueno, por separado y en el momento de cada una de las muertes, no significaba nada. La sustancia que aparecía en los análisis en cada caso quedaba justificada porque la víctima tenía acceso a ella. Es decir, es lógico que si una persona tiene intención de suicidarse trate de calmarse con un par de Percocets que conserva de un tratamiento anterior. De ahí que no se tuvieran en cuenta esos detalles.
– Pero ahora sí son significativos.
– Posiblemente -dijo Rachel-. El hallazgo de las perforaciones puede ser indicio de hipnosis. Si añadimos la presencia de un inhibidor químico en la sangre, ya no resulta tan difícil imaginarse de qué modo se consiguió dominar a esos hombres.
– ¿Con jarabe para la tos?
– Es posible que aumente la sensibilidad a la hipnosis. La codeína es un estimulante reconocido. Los medicamentos para la tos que se venden sin receta ya no contienen codeína, pero sí algún otro ingrediente con las mismas propiedades estimulantes.
– ¿Lo sabíais desde el principio?
– No, hasta ahora era un dato aislado, fuera de contexto.
– ¿Habéis visto casos así antes? ¿Cómo es que sabéis tanto?
– Recurrimos a la hipnosis con relativa frecuencia, como herramienta al servicio de la ley -dijo Backus-. Y también nos la hemos encontrado del otro lado.
– Hubo un caso, hace años -dijo Rachel-. Un hombre, una especie de artista de variedades de Las Vegas, que hacía números de hipnosis. Además era pedófilo. Y cuando llevaba su espectáculo a las ferias de los pueblos, remoloneaba en torno a las niñas. Hacía una sesión infantil, matinal, y pedía una voluntaria de entre los niños del público. Los padres ponían prácticamente a sus hijas en manos del hipnotizador. Él escogía a la afortunada y, con el pretexto de prepararla para el número, se la llevaba detrás del escenario mientras otra atracción distraía al público. Entonces hipnotizaba a la criatura, la violaba y después le borraba todo de la memoria mediante la hipnosis. Luego colocaba a la criatura en el escenario, hacía su número y la sacaba del trance. Utilizaba codeína como estimulante; las invitaba a Coca-Cola y se la ponía en el vaso.
– Ya me acuerdo. Harry el Hipnotizador -comentó Thompson.
– No, era Horace el Hipnotizador -corrigió Rachel-. Fue uno de los entrevistados para el proyecto sobre violaciones. En Raiford, Florida.
– Un momento -dije-. ¿No podría ser el…?
– No, no es nuestro hombre. Todavía debe de estar en prisión, en Florida. Le cayeron unos veinticinco años, y te hablo de hace seis o siete. Sigue allí. Tiene que seguir allí.
– De todos modos, lo comprobaremos -dijo Backus-, para asegurarnos. Pero, aparte de eso, ¿comprendes lo que tratamos de establecer con esto, Jack? Me gustaría que llamases a tu cuñada. Sería mejor que se lo comunicaras tú. Subráyale la importancia que tiene.
Asentí sin decir nada.
– Bien, Jack; te lo agradecemos. Bueno, ¿por qué no nos tomamos un descanso y vamos a ver qué dan de comer en este pueblo? Dentro de una hora y veinte minutos tenemos la teleconferencia con las demás oficinas locales.
– ¿Y lo otro? -pregunté.
– ¿A qué te refieres? -preguntó Backus.