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– Exterminio absoluto -dijo Backus-. Indicio de conocimiento o amistad con la víctima.

– Exacto. Después, tenemos el arma en sí. Según los informes, era una vieja Smith & Wesson que Beltran guardaba en un armario, en el estante superior, fuera de la vista. El informe atribuye esta información a su hermana. Beltran era soltero y vivía en la misma casa donde se crió. No hemos hablado con la hermana personalmente. La cuestión es que si fue un suicidio, pues vale, el hombre fue hasta el armario y sacó la escopeta. Pero ahora venimos nosotros y decimos que no fue suicidio.

– ¿Cómo sabía el Poeta que la escopeta estaba en el estante superior? -preguntó Rachel.

– Exaaacto… ¿Cómo lo sabía?

– Muy buena, Ted, Steve -dijo Backus-. Me gusta. ¿Qué más?

– El último detalle es bastante escabroso. ¿Está ahí con vosotros el periodista? Todos me miraron.

– Sí -respondió Backus-. Pero aún estamos extraoficialmente. Di lo que ibas a decir. ¿De acuerdo, Jack? Asentí con la cabeza, pero me di cuenta de que los de las otras ciudades no me veían.

– De acuerdo -dije-. Lo considero extraoficial.

– Bien, pues se trata de una especulación, de momento, y no estamos seguros de cómo encajarlo, pero esto es lo que hay. En la autopsia de la primera víctima, el muchacho, Gabriel Ortiz, el forense, basándose en el análisis de las glándulas y músculos anales, llegó a la conclusión de que el chico había sido víctima de abusos desde tiempo atrás. Si el asesino del chico y el que abusó de él durante un tiempo prolongado eran la misma persona, eso no encajaría en

nuestro esquema de búsqueda y captura de víctimas al azar. Es decir, que nos parece poco probable. Sin embargo, considerándolo desde el punto de vista de Beltran, o sea hace tres años, cuando no disponía de los datos de que disponemos nosotros, hay otra cosa que no encaja. Beltran tenía este caso aislado, no sabía nada de los otros casos que conocemos ahora. Cuando llegó el informe de la autopsia con la conclusión de que el chico era víctima de abusos desde hacía tiempo, lo normal habría sido que Beltran se saltara todo y buscara al violador como sospechoso número uno.

– ¿Y no lo hizo?

– No. Era el jefe de un equipo formado por tres detectives y dirigió casi todo el trabajo de investigación hacia el parque donde el chico fue secuestrado a la salida del colegio. Es un dato extraoficial que me facilitó uno de los hombres del equipo. Me comentó que cuando le propuso ampliar la investigación al historial del chico, Beltran no le hizo caso.

»Y ahora viene lo bueno. Mi informante de la oficina del sheriff me ha dicho que Beltran solicitó ocuparse personalmente de la investigación. La quería controlar. Después de su supuesto suicidio, mi informante hizo algunas comprobaciones y descubrió que Beltran conocía al chico por un programa del servicio social llamado Amigos del alma, que coloca a chicos sin padre bajo la tutela de personas adultas. Beltran era policía, de modo que no tuvo ningún problema para superar el proceso de selección. Era el «amigo del alma», o sea, el tutor del chico. Supongo que, con esto, sacaréis vuestras propias conclusiones.

– ¿Crees que pudo ser Beltran el que abusaba del chico? -preguntó Backus.

– Es posible. Creo que mi informante apuntaba en esa dirección, pero no está dispuesto a decirlo abiertamente. Han muerto todos. Ya no tiene sentido. No van a revelar ahora a la prensa una historia semejante, y menos tratándose de uno de los suyos y siendo electoral el cargo de sheriff.

Vi que Backus asentía con un gesto de la cabeza.

– Era de esperar.

Hubo unos momentos de silencio.

– Ted, Steve, todo esto es muy interesante -dijo Backus-. Pero ¿cómo hay que interpretarlo? ¿Creéis que puede tratarse de algo más que una curiosa ramificación del caso?

– No estamos seguros. Pero suponiendo que Beltran fuera un pervertido, un pedo filo nada menos, y que además lo matara con su propia escopeta una persona que sabía que la guardaba en el estante superior del armario porque lo conocía, entraríamos en un terreno que, en mi opinión, habría que estudiar más a fondo.

– Estoy de acuerdo. Cuéntanos qué más sabía tu informante sobre Beltran y el programa Amigos del alma.

– Dijo que le habían contado que Beltran llevaba mucho tiempo en Amigos del alma, así es que suponemos que fue tutor de muchos niños.

– Y vais a seguir por ese lado, ¿verdad?

– Nos lanzaremos de lleno mañana por la mañana. Esta noche ya no se puede hacer nada. Backus hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y se llevó un dedo a la boca pensativamente.

– Brass -dijo Backus-. ¿Qué te parece todo esto? ¿Qué explicación nos ofrece la psicopatología?

– Los niños son el hilo conductor de todo el asunto, igual que los policías de homicidios. Todavía no hay nada firme que indique de qué va ese tipo. Opino que es necesario continuar investigando a fondo en el tema.

– Ted, Steve, ¿necesitáis más gente? -les preguntó Backus.

– Me parece que nos las apañaremos. Todos los de la oficina local de Tampa están deseando entrar en el caso, así que si necesitamos a alguien más, recurriremos a ellos.

– Excelente. Por cierto, ¿habéis hablado con la madre sobre la relación de su hijo con Beltran?

– Todavía estamos intentando localizarla, y también a la hermana de Beltran. Ten en cuenta que han pasado tres años. Si hay suerte, mañana daremos con ellas después de hablar con los del programa Amigos del alma.

– De acuerdo. ¿Qué cuenta Baltimore? ¿Sheila?

– Sí, señor. Hemos pasado casi todo el día volviendo a cubrir el terreno rastreado por los locales. Hablamos con Bledsoe. Su teoría sobre el caso de Polly Amherst fue, desde el principio, que estaban buscando a un corruptor. Amherst era maestra. Bledsoe dice que McCafferty y él siempre creyeron que la mujer debió de taparse en los patios de la escuela con un corruptor que la secuestró y después la estranguló, y que la descuartizó para disimular los verdaderos motivos del crimen.

– ¿Por qué tendría que tratarse de un corruptor? -inquirió Rachel-. ¿No habría podido ser un ladrón o un camello o cualquier otra cosa?

– Polly Amherst tenía vigilancia del tercer recreo el día que desapareció. La policía local interrogó a todos los niños que habían salido al patio. Les contaron muchas historias contradictorias, pero unos cuantos crios recordaban haber visto a un hombre en la verja. Era rubio, pelo greñudo y grasiento, y llevaba gafas. Era blanco. Parece que Brad no andaba muy desencaminado con la descripción que hizo de Roderick Usher. También dijeron que el hombre llevaba una cámara fotográfica. Y eso es todo, en lo que concierne a la descripción.

– Bien, Sheila, ¿qué más? -preguntó Backus.

– La única evidencia física que se extrajo del cuerpo fue un mechón de pelo. Rubio decolorado. El color natural es castaño cobrizo. De momento, no hay nada más. Mañana volveremos a trabajar con Bledsoe.

– Bien. Ahora, Chicago.

El resto de los informes no contenía detalles relevantes con respecto a la identificación ni añadía nada nuevo a la creciente ficha de datos del Poeta. Casi todos los agentes habían seguido los pasos de la policía local sin encontrar novedades. Tampoco el informe de Denver contenía nada nuevo. Sin embargo, al final, el agente que estaba al teléfono dijo que se había llevado a cabo el examen de los guantes que mi hermano tenía puestos y que se había encontrado una única gota de sangre en la piel del forro del guante derecho. Después preguntó si yo estaría dispuesto a llamar a Riley y solicitar su consentimiento para exhumar el cadáver.

No contesté porque estaba aturdido pensando en lo que podía significar el indicio de hipnotismo con respecto a los últimos momentos de mi hermano. Me preguntaron de nuevo y dije que la llamaría por la mañana.