– Lo tengo difícil. Le he soplado al oído a Backus suficientes indirectas como para que se dé cuenta de lo que pasa. Como puedes deducir por lo que has oído hoy, no va a tomar medidas al respecto. Supongo que Gordon también le sopla lo suyo por el otro oído. Si yo fuera Bob, me quedaría sentada tranquilamente, como hace él, esperando a ver cuál de los dos mete la pata. El que la cague primero, se larga.
– ¿En qué consistiría cagada?
– No sé. Nunca se sabe con el FBI. Pero Bob tiene que tener más cuidado conmigo que con él. Cuestión de prioridades, ¿sabes? Tendrá que organizarse muy bien si pretende suprimir a una mujer de la unidad. Ahí está mi ventaja.
Asentí con la cabeza. Habíamos llevado una parte de la conversación hasta su fin de forma natural. Pero yo no quería que volviera a su habitación. Quería estar con ella.
– Eres hábil haciendo entrevistas, Jack. Muy astuto. -¿Qué?
– Nos hemos pasado el rato hablando de mí y del FBI. ¿Qué hay de ti?
– ¿Qué quieres que te cuente? No estoy casado ni divorciado. Ni siquiera tengo plantas en casa. Me paso el día sentado delante del ordenador. No estoy en la misma onda que vosotros, Thorsonytú.
Sonrió y soltó una risita un poco infantil.
– Sí, somos toda una pareja. Eramos. ¿Te sientes mejor después de la reunión de hoy, con lo que han encontrado en Denver?
– Querrás decir con lo que no han encontrado. No sé. Supongo que es mejor que parezca que no tuvo que pasar por eso. De todas formas, todavía no hay motivos para sentirse mejor.
– ¿Has llamado a tu cuñada?
– No, todavía no. La llamaré por la mañana. Me parece que esas cosas se discuten mejor a luz del día.
– Nunca he pasado mucho tiempo con los familiares de las víctimas -comentó-. Al FBI siempre lo llaman más tarde.
– Yo he… Soy un experto en entrevistas a viudas recientes, madres que acaban de quedarse sin su hijo, padres de la novia muerta. Di un caso cualquiera, seguro que hice la entrevista.
Nos quedamos un buen rato en silencio. El camarero acudió con la cafetera, pero los dos pasamos. Pedí la cuenta. Sabía que esa noche no ocurriría nada entre los dos. Había perdido el valor de intentarlo porque no quería arriesgarme a un rechazo. Mi táctica siempre ha sido la misma. Si no me importa que una mujer me rechace, me arriesgo sin pensarlo. Pero si me importa y sé que su rechazo me va a doler, siempre me retiro.
– ¿En qué estás pensando? -me preguntó.
– En nada -mentí-. Supongo que en mi hermano.
– ¿Por qué no me cuentas esa historia?
– ¿Cuál?
– La del otro día. Estabas a punto de contarme algo bueno de él. Lo más hermoso que hizo por ti en su vida. Lo que lo convirtió en un santo.
Me quedé mirándola. Inmediatamente supe a qué se refería, pero lo pensé un poco antes de hablar. Habría podido contarle una mentira con toda facilidad, decirle que lo más hermoso que había hecho por mí era quererme, pero confiaba en ella. Confiamos en lo que nos parece bello, en lo que deseamos. Y a lo mejor tenía necesidad de confesarme con alguien al cabo de tantos años.
– Lo más hermoso que hizo en su vida fue no culparme.
– ¿De qué?
– Nuestra hermana murió cuando éramos pequeños. Yo tuve la culpa. Él lo sabía. Era el único que sabía la verdad. Además de ella. Pero jamás me lo reprochó ni se lo contó a nadie. En realidad, asumió la mitad de la culpa. Eso fue lo más hermoso.
Se apoyó en la mesa y me miró de cerca con expresión de pena. Cred que realmente habría sido una buena psicóloga, si se lo hubiera propuesto.
– ¿Qué pasó, Jack?
– Mi hermana cayó al lago al romperse el hielo. En el mismo sitio donde encontraron el cuerpo de Sean. Era más alta
que yo, y mayor. Habíamos ido allí con nuestros padres. Teníamos una caravana y mis padres estaban preparando la comida o algo parecido. Sean y yo estábamos fuera y Sarah nos vigilaba. Yo eché a correr por el lago helado y Sarah vino detrás para impedir que me adentrase en la parte donde el hielo estaba más quebradizo. Pero ella era mayor que yo, más alta, más pesada, y se rompió el hielo. Empecé a gritar y Sean también. Mi padre y algunas otras personas que habían por allí intentaron rescatarla, pero no llegaron a tiempo… Me llevé el café a los labios, pero ya no quedaba nada. La miré y proseguí.
– En fin, todos preguntaban qué había pasado, ¿sabes?, pero yo no podía… no podía hablar. Y él, Sean, dijo que nos habíamos metido los dos en el hielo y que Sarah, al acercarse a nosotros, se hundió. Era mentira y no sé si mis padres llegaron a creerlo en algún momento. Supongo que no. Pero Sean lo hizo por mí, como si estuviera dispuesto a compartir la culpa conmigo, a cargada a medias para que me fuera más llevadera.
Me quedé, mirando la taza vacía. Rachel no dijo nada.
– Podías haber hecho carrera en la psicología. Nunca se lo había contado a nadie.
– Bueno, a loO mejor es que sientes que se lo debías… el contar la historia, quiero decir. Una forma de mostrarle tu agradecimiento.
El camarero dejó la nota en la mesa y nos dio las gracias. Abrí la cartera y coloqué la tarjeta de crédito encima de la cuenta. Podía pensar en una forma mejor de demostrarle mi agradecimiento. Pensaba en ello.
Al salir del ascensor me faltó poco para quedarme paralizado por el miedo. No conseguí reunir fuerzas para hacer lo que deseaba.
Nos acercamos primero a su puerta. Ella sacó la llave magnética del bolsillo y me miró. Me quedé dudando y no dije nada.
– Bien -dijo al cabo de un momento largo-. Creo que mañana empezamos temprano. ¿Sueles desayunar?
– Sólo café, normalmente.
– Bien, de acuerdo. Te llamo y a lo mejor tenemos tiempo de tomar una taza rápida.
Asentí con un gesto; no podía hablar, abrumado por la vergüenza de mi fracaso y mi cobardía.
– Buenas noches, Jack.
– Buenas noches -logré decir antes de seguir pasillo adelante.
Me senté al borde de la cama y vi los programas de la CNN durante media hora, con la esperanza de pillar el reportaje del que ella me había hablado o cualquier otra cosa que me quitara de la cabeza el desastroso final de la noche. ¿Por qué será, me pregunté, que las personas que más nos interesan son a las que más nos cuesta llegar? Un instinto profundo me decía que la oportunidad, el momento idóneo, había sido cuando estábamos en el pasillo. Pero lo dejé pasar. Me alejé corriendo. Ahora sospechaba que el fracaso me obsesionaría eternamente. Porque podía haber perdido ese sexto sentido para siempre.
Creo que no oí el primer golpe en la puerta. Porque lo que me sacó de mis sombrías elucubraciones fue una llamada muy fuerte y seguro que no era la primera. Sonaba con la impaciencia de una tercera o cuarta intentona.
Molesto por la intrusión, apagué el televisor, me acerqué a la puerta y abrí sin fijarme antes por la mirilla. Era ella.
– Rachel.
– Hola. -Hola.
– Esto… bueno, se me ha ocurrido que podía darte la oportunidad de redimirte, si es que quieres.
La miré pensando en un montón de respuestas, todas encaminadas a pasad e la pelota otra vez para que fuera ella la que diera el paso siguiente. Pero había recuperado el sexto sentido y supe enseguida lo que ella quería y lo que yo tenía que hacer.
Di un paso adelante, le pasé el brazo por la espalda y la besé. Después la hice entrar en la habitación y cerré la puerta.
– Gracias -susurré.
Después, ya no dijimos nada más, prácticamente. Ella apagó la luz y me llevó a la cama. Me rodeó el cuello con los brazos y me tumbó despacio con un beso largo y profundo. Nos hicimos un lío con la ropa y decidimos, sin mediar palabra, desnudarnos cada uno por su cuenta. Era más rápido.
– ¿No tienes nada por ahí? -musitó-. Ya sabes, algo que ponerte.
Alicaído por las consecuencias de mi indecisión anterior, le dije que no con la cabeza y estuve a punto de decirle que bajaba a la farmacia, pero sabía que la interrupción echaría a perder aquel momento.