– Grayson ha consultado con el Departamento de Policía -dijo-. No tienen constancia de que se abriera ningún coche en esa zona. Ni ese día ni esa semana. Digo yo que cualquier ciudadano legal que se encuentre el coche abierto pondría una denuncia.
Rachel asintió.
– Digo yo.
Backus le hizo una seña a Matuzak para que recogiera de la mesa la bolsa de la prueba.
– ¿Sabes lo que tienes que hacer? -Sí.
– Vuelve con un poco de suerte para todos. Nos hace mucha falta.
El contenido de la bolsa era una radio robada de un coche Ford Mustang último modelo, blanco o amarillo, según cuál de los dos hermanos Tyrell tuviera mejor visión en la oscuridad.
No les habíamos sacado más información, pero teníamos la sensación, o la esperanza, de que bastaría con eso. Rachel y Thompson los entrevistaron por separado y luego se los intercambiaron y volvieron a interrogarlos, pero lo único que tenían los hermanos Tyrell era la radio. Dijeron que no habían visto en ningún momento al conductor que dejó el coche junto al bordillo de la acera frente a «Parcelas con sol», y que no se llevaron nada más que la radio, que fue un trabajo rápido de romper y sacar. Ni siquiera se preocuparon de abrir el maletero. Tampoco se fijaron en la matrícula para comprobar si era de Arizona.
Mientras Rachel pasaba el resto de la tarde rellenando papeles y preparando un informe sobre el coche para que lo transmitieran a todas las oficinas locales, Matuzak introdujo el número de serie de la radio en la Unidad de Identificación de Automóviles de Washington D.C., la central, luego pasó el aparato al laboratorio para que lo inspeccionasen. Previamente, tomó las huellas dactilares de los hermanos para eliminar posibilidades.
En el laboratorio no encontraron huellas útiles en la radio, sólo las que habían dejado los hermanos Tyrell. Pero el número de serie no terminó en un callejón sin salida. Los llevó hasta un Mustang amarillo claro de 1994 registrado a nombre de la compañía Hertz. Después, Matuzak y Mize se dirigieron al aeropuerto internacional Sky Harbor para seguir la pista del coche.
En la oficina local reinaba el optimismo. Rachel había cumplido. No era seguro que el conductor del Mustang hubiera sido el Poeta. Pero el tiempo que estuvo aparcado frente a las «Parcelas con sol» coincidía con el período de la muerte de Orsulak. Además había que contar con el detalle de que nadie había denunciado a la policía la rotura del cristal. Eran aportaciones valiosas de una pista viable y: lo que es más, les proporcionaba una idea más aproximada de la forma de operar del Poeta. Era un avance importante. Sentían lo mismo que yo. Que el Poeta era un enigma, un fantasma que deambulaba por el exterior, en la oscuridad. El hecho de haber encontrado una pista como la radio del
coche hacía más creíble la posibilidad de atrapado. Nos íbamos acercando, estábamos llegando.
Pasé casi toda la tarde sin inmiscuirme en nada, sólo mirando cómo trabajaba Rachel. Estaba prendado de su destreza, me admiraba por cómo se había hecho con la radio y por la forma en que había hablado con Adkins y con los hermanos. En un momento determinado, en la oficina, se dio cuenta de que no paraba de observada y me preguntó qué estaba haciendo.
– Nada, sólo mirar.
– ¿Te gusta mirarme?
– Eres buena en lo que haces. Siempre es interesante mirar a alguien así.
– Gracias. Es que he tenido suerte.
– Me da la impresión de que tienes suerte muchas veces.
– Creo que en este negocio la suerte se la busca uno mismo.
Al final del día, Backus recogió y leyó una copia de la alerta transmitida por Rachel y vi que entrecerraba los ojos, reducidos a un par de canicas negras.
– ¿Escogería ese coche intencionadamente? -preguntó-. Un Mustang amarillo pálido.
– ¿Por qué? -pregunté yo.
Vi que Rachel asentía. Sabía la respuesta.
– La Biblia -contestó Backus-. «Y he ahí un caballo pálido cuyo jinete tenía por nombre Muerte.»
– «Y el infierno le iba siguiendo» -remató Rachel.
El domingo por la noche volvimos a hacer el amor, y ella parecía entregarse aún más y estar más necesitada de intimidad. Al final, si uno de los dos se contenía, era yo. Por un lado, en ese momento no había nada en el mundo que deseara más que rendirme a los sentimientos que me inspiraba; pero, por otro, podía escuchar en lo más hondo de mi mente un susurro lejano que me aconsejaba poner en duda los motivos de Rachel. Tal vez fuera un testimonio de la precaria confianza que tenía en mí mismo, pero no podía evitar prestar oídos a esa voz cuando me decía que a lo mejor ella pretendía fastidiar a su ex marido tanto como satisfacerme a mí y a sí misma. Ese pensamiento hizo que me sintiera culpable y falso, poco sincero. Cuando nos abrazamos al final, me musitó al oído que esta vez se quedaría hasta el amanecer.
31
El teléfono me sacó de un sueño profundo. Eché un vistazo a los extraños confines de la habitación, tratando de orientarme, hasta que mis ojos se detuvieron en Rachel.
– Será mejor que lo cojas -dijo con calma-. Ésta es tu habitación.
Me dio la impresión de que a ella no le había costado tanto como a mí despertarse. De hecho, por un instante, tuve la sensación de que ya estaba despierta y mirándome antes de que sonara el teléfono. Levanté el auricular después del que debía de ser el noveno o décimo timbrazo, mientras me fijaba en el reloj de la mesilla. Eran las siete y cinco.
– ¿Sí?
– Que se ponga Walling.
Me quedé de piedra. Aquella voz tenía alguna reminiscencia que me sonaba, pero no conseguí hallarla en mi mente confusa. Entonces caí en la cuenta de que Rachel no tenía por qué estar en mi habitación.
– Se equivoca de habitación. Ella está en…
– No me jodas, reportero. Dile que se ponga.
Tapé el micrófono con la mano y me volví hacia Rachel.
– Es Thorson. Dice que sabe que estás allí… digo, aquí.
– Dámelo -dijo airada, arrancándome el teléfono de la mano.
– ¿Qué quieres?
Hubo un largo silencio. Él debió de decirle dos o tres frases.
– ¿De dónde procede? Más silencio.
– ¿Por qué me llamas a mí? -le preguntó, de nuevo con voz airada-. Ve y díselo a él, si es lo que quieres. Seguro que le encantará saber que eres una especie de fisgón.
Me pasó el teléfono y lo colgué. Se puso una almohada sobre la cara y lanzó un gruñido. Se la quité.
– ¿Qué pasa?
– Malas noticias para ti, Jack. -¿Qué?
– En la edición de esta mañana del Times de Los Angeles aparece un reportaje sobre el Poeta. Lo siento. Tengo que llevarte a la oficina para una reunión con Bob.
Me quedé callado un instante, perplejo.
– ¿Cómo se habrán…?
– No lo sabemos. Precisamente de eso es de lo que vamos a hablar.
– ¿Te ha dicho qué es lo que saben?
– No, aunque parece que es bastante.
– Sabía que tenía que haberlo escrito ayer. ¡Maldita sea! Cuando quedó claro que ese tipo sabe que estáis tras él, no había ningún motivo para no escribirlo.
– Hiciste un trato y lo has cumplido. Tenías que hacerlo, Jack. Mira, vamos a esperar hasta que lleguemos a la oficina y veamos qué es lo que tienen.
– Voy a llamar a mi redactor jefe.
– Después. Parece que Bob ya está allí y nos está esperando. Volvió a sonar el teléfono. Ella tiró violentamente del auricular.
– ¿Qué pasa? -dijo con voz muy disgustada. Luego, en un tono más suave, se dirigió a mí-: Toma, es para ti. Sonrió tímidamente y me pasó el teléfono.
Después me besó suavemente en la mejilla, susurrándome que iba a su habitación a prepararse, y empezó a vestirse. Yo me puse al teléfono.