– ¿Diga?
– Soy Greg Glenn. ¿Quién era?
– Uf, era una agente del FBI. Hemos de ir a una reunión. Supongo que te has enterado de lo del Times.
– Joder, si me he enterado!
Me iba invadiendo una sensación de abatimiento.
– Han conseguido un reportaje sobre el asesino. Nuestro asesino, Jack. Le llaman el Poeta. Me aseguraste que teníamos la exclusiva y que eso iba a misa. -Iba. Eso fue todo lo que acerté a decir. Cuando Rachel acabó de vestirse me dedicó una mirada comprensiva.
– Se acabó -prosiguió Glenn-. Vas a volver ahora y lo escribirás para mañana. Lo que tengas. Y será mejor que tengas más que ellos. Podríamos haberlo publicado nosotros, Jack, pero me convenciste. Ahora tenemos que ponernos al día con lo que era nuestra exclusiva, maldita sea.
– ¡De acuerdo! -le dije con energía, sólo para que se callase.
– Y espero no descubrir que tu estancia en Phoenix se ha alargado sólo porque has ligado.
– Que te jodan, Greg. ¿Tienes ahí el reportaje o no?
– Claro que lo tengo. Un gran reportaje. Muy bien escrito. ¡Pero en otro periódico!
– Léemelo. No, espera un momento. Tengo que ir a esa reunión. Si hay alguien en la biblioteca…
– ¿No me has oído, Jack? No vas a ir a ninguna reunión. Quiero que vuelvas en el primer avión a escribir eso para mañana.
Vi que Rachel me mandaba un beso y salía de la habitación.
– Entendido. Lo tendrás para mañana. Puedo escribirlo aquí y enviártelo.
– No. Éste es un reportaje que hay que tocar. Quiero tenerte aquí trabajando conmigo.
– Déjame ir a esa reunión y te llamo después.
– ¿Por qué?
– Hay novedades -le mentí-. No sé de qué se trata y tengo que ir a enterarme. Deja que vaya y te llamaré. Mientras, procura que desde la biblioteca envíen el reportaje del Times a mi buzón de correo electrónico. Te llamo enseguida. Tengo que irme.
Colgué sin darle tiempo a protestar. Me vestí a toda prisa y me dirigí a la puerta con la bolsa del ordenador. Estaba aturdido. No tenía ni idea de cómo podía haber ocurrido. Aunque se iba abriendo camino una idea: Thorson.
Cogimos cada uno dos tazas de una barra improvisada en el vestíbulo y nos pusimos en camino hacia la oficina de los federales. Ella llevaba consigo todo su equipaje. Yo me había olvidado. No dijimos nada hasta después de acabar la primera taza. Supuse que a ambos nos asaltaban pensamientos y dilemas diferentes.
– ¿ Vuelves a Denver? -me preguntó.
– Todavía no lo sé.
– ¿Ha ido mal?
– Sí, muy mal. Es la última vez que se fía de una promesa mía.
– No me cabe en la cabeza cómo ha podido ocurrir. Tendrían que haber llamado a Bob Backus para que lo comentase.
– Quizá lo hicieron.
– No, él te lo habría dicho. Habría cumplido el trato. Pertenece a la segunda generación del FBI. No conozco a nadie tan cumplidor como ese hombre.
– Bueno, espero que ahora lo cumpla. Porque hoy voy a ponerme a escribir.
– ¿Qué decía el reportaje?
– No lo sé. Lo sabré en cuanto conecte el ordenador a un teléfono.
Ya habíamos llegado a los juzgados. Aparcó en el garaje para funcionarios.
En la sala sólo estaban Backus y Thorson. Backus abrió la reunión lamentando que la filtración ocurriese antes de que yo hubiera podido escribir. Parecía sincero y me supo mal haber puesto en duda su integridad con los comentarios que le acababa de hacer a Rachel.
– ¿Lo tenéis? Yo puedo conseguirlo con mi ordenador si se me permite conectarlo a la línea telefónica.
– Por supuesto. Estaba esperando que alguien de la oficina de Los Angeles me lo enviase por fax. La única noticia que tengo es que Brass me ha dicho que en Quantico ya estamos recibiendo llamadas de otros medios de información.
Enchufé el ordenador, lo puse en marcha y lo conecté con el sistema del Rocky. No me paré a leer los mensajes que tenía. Me fui derecho a mi bandeja personal y miré los archivos que había en ella. Vi que había dos nuevos: «poetcopy» e «hipnotic». Entonces recordé que le había pedido a Laurie Prine noticias sobre hipnotismo y sobre Horace el Hipnotizador, pero ya las miraría más tarde. Abrí en pantalla el archivo «poetcopy» y me llevé una sorpresa, que tendría que haberme esperado ya antes de leer la primera frase del reportaje.
– ¡Maldita sea!
– ¿Qué pasa? -me preguntó Rachel.
– Lo ha escrito Warren. Nada más dimitir de la Fundación, la manera más inmediata que se le ha ocurrido para volver a entrar en el Times ha sido utilizar mi tema.
– Periodistas -dijo Thorson con manifiesta alegría-. No te puedes fiar de ellos.
No le hice caso, aunque había sido duro. Estaba enfadado por lo ocurrido. Con Warren y conmigo mismo. Tendría que haberlo previsto.
– Léelo, Jack -dijo Backus. Y así lo hice.
EL FBI y LA POLICÍA BUSCAN A UN ASESINO DE DETECTIVES
La presa se vuelve contra los cazadores
Por Michael Warren, especial para el Times
El FBI ha iniciado la persecución de un asesino en serie, cuyas víctimas han sido nada menos que siete detectives de homicidios, en una carrera desbocada por todo el país que empezó haceya tres años.
El sospechoso, apodado «el Poeta» porque deja versos de la obra de Edgar Alian Poe en la escena de sus crímenes, ha intentado hacer pasar por suicidios las muertes de sus víctimas.
Y como suicidas han sido consideradas esas víctimas durante tres años, hasta que la semana pasada se descubrieron las similitudes entre los crímenes, incluidas las citas de Poe, según una fuente próxima a la investigación.
Este descubrimiento impulsó al FBI a agilizar sus esfuerzos por identificar y capturar al Poeta. Varias docenas de agentes federales y la policía local de siete ciudades están llevando a cabo la investigación, dirigida por el Servicio de Ciencias del Comportamiento (BSS) del FBI En estos momentos ésta se centra en Phoenix, donde se produjo la última muerte atribuida al Poeta, según la citada fuente.
Esta fuente, que se confió al Times a condición de mantenerse en el anonimato, se negó a revelar de qué modo sé han descubierto las actividades del Poeta, aunque afirmó que la información crucial surgió de un estudio conjunto del FBI y la Fundación para el Cumplimiento de la Ley sobre suicidios de policías en los últimos seis años.
La noticia daba a continuación la lista de las víctimas y algunos detalles de cada caso. Después incluía unos cuantos párrafos de relleno sobre la unidad del BSS y terminaba con una cita encubierta de la misma fuente anónima que aseguraba que el FBI no sabía gran cosa sobre quién era el Poeta y dónde estaba.
Cuando acabé de leer se me habían encendido las mejillas de ira. No hay nada peor que sentirse atado por la letra de un compromiso cuando una de las personas con las que has cerrado el trato lo incumple. En mi opinión, el reportaje era flojo: mucha palabrería sobre escasos hechos, y todo atribuido a una fuente anónima. Warren no mencionaba siquiera el fax ni, lo que es peor, los asesinatos cometidos como cebo. Yo estaba seguro de que lo que me proponía escribir aquel día iba a ser la piedra de toque sobre el Poeta. Pero eso no calmaba un ápice mi enojo. Por muchos defectos que tuviera el reportaje, estaba claro que Warren había hablado con alguien del FBI. Y yo no podía dejar de pensar en que esa persona estaba sentada conmigo en aquella mesa.
– Habíamos hecho un trato -dije mirando por encima del ordenador-. Alguien le ha dado esto a ese tipo. Él sabía lo que le conté cuando acudí a él el jueves, pero el resto se lo ha sacado a alguien del FBI. Probablemente a alguien de nuestro equipo. Probablemente a alguien…