– ¿En cualquier parte del mundo?
– En cualquier parte del mundo. Hasta que el satélite se caiga.
32
Gladden miró las palabras que había en la pantalla. Eran hermosas, como escritas por la mano invisible de Dios. Tan ciertas. Tan comprensibles. Volvió a leerlas:
Ya tienen noticias mías y estoy preparado. Esperándoles. Estoy listo para ocupar el lugar que me corresponde en el panteón de famosos. Me siento como cuando era niño y esperaba que se abriera la puerta del armario para poder recibirlo a él. La raya de luz en el suelo. Mi faro. Contemplaba la luz y las sombras que proyectaban cada una de sus pisadas. Entonces sabía que había llegado y que conseguiría su amor. La niña de sus ojos.
Somos lo que nos han hecho ser y ahora nos rechazan. Nos han abandonado. Nos hemos convertido en nómadas en el mundo de los quejidos. El rechazo es mi dolor y mi incentivo. Soy portador de la sed de venganza de todos los niños. Soy el ídolo. Me llaman el predador, aquel a quien hay que vigilar- Soy el cuclillo, la mezcla de luz y oscuridad- Mi historia no es aquélla de la privación y el abuso. Anhelo el contacto- Yo puedo aceptarlo. ¿Podéis vosotros? Yo lo deseo, lo imploro, lo ansio- Fue sólo el rechazo -cuando mis huesos se estiraron demasiado-lo que me abrió en canal y me forzó a una vida errante. Soy el desecho. Y los niños deben seguir siendo siempre jóvenes.
Alzó la vista cuando sonó el teléfono. Estaba en el mostrador de la cocina y se lo quedó mirando mientras sonaba. Era la primera vez que la llamaban. Después del tercer timbrazo se puso en marcha el contestador automático. Gladden había escrito el mensaje en un trozo de papel y la había obligado a leerlo, tres veces antes de grabarlo. Estúpida mujer, pensó al escucharlo ahora. No tenía nada de actriz… al menos, no con la ropa puesta.
– Hola, soy Darlene. Yo… en este momento no puedo ponerme. He tenido que salir de la ciudad por una urgencia. Luego comprobaré los mensajes…, los mensajes y te llamaré en cuanto pueda.
Se la notaba nerviosa y a Gladden le preocupó que, por la repetición de una palabra, el interlocutor pudiera adivinar que estaba leyendo. Después de la señal escuchó una airada voz de hombre:
– ¡Darlene, maldita sea! Será mejor que me llames en cuanto llegues. Me has dejado esto abandonado. Más te vale que me llames o te quedarás sin trabajo, ¡joder!
Gladden pensó que le había salido bien. Se levantó y borró la cinta. Su jefe, supuso. Pero ya no recibiría la respuesta de Darlene.
Notó el olor en el umbral de la puerta de la cocina. Cogió las cerillas de encima de la mesita de la sala y entró en el dormitorio. Se quedó contemplando el cuerpo unos instantes. La cara había adquirido un color verde pálido, aunque más oscuro desde la última vez que la había mirado. Se le escurría un fluido sanguinolento por la boca y por la nariz, como resultado de la descomposición de los líquidos corporales. Había leído algo sobre eso en uno de los libros que había conseguido recibir a través del alcaide de Raiford: Patología forense. A Gladden le habría gustado tener la cámara para registrar los cambios que se iban produciendo en el cuerpo de Darlene.
Encendió otras cuatro varillas de incienso de jazmín y las puso en sendos ceniceros en cada una de las esquinas de la cama.
Esta vez, después de salir y cerrar la puerta del dormitorio, puso una toalla húmeda cubriendo el umbral, con la esperanza de que eso impediría que el hedor invadiese la zona del apartamento en la que él estaba viviendo. Todavía le quedaban dos días.
33
Convencí a Greg Glenn para que me dejase escribir desde Phoenix. El resto de la mañana lo pasé en mi habitación haciendo llamadas, reuniendo declaraciones de los protagonistas de la historia; desde Wexler, en Denver, hasta Bledsoe, en Baltimore. Después me pasé cinco horas enteras escribiendo, y lo único que me distrajo durante todo el día fueron las llamadas del propio Glenn, preocupado por lo que estaba haciendo. Una hora antes del cierre de las cinco en Denver envié dos reportajes a la redacción.
Cuando envié los reportajes tenía los nervios crispados y un insoportable dolor de cabeza. Me había tragado jarra y media de café del servicio de habitaciones y acabado un paquete entero de Marlboro; era la vez que más había fumado de una sentada desde hacía años. Paseando como un león enjaulado a la espera de la llamada de Glenn, volví a llamar al servicio de habitaciones para explicarles que no podía salir porque esperaba una llamada importante y pedirles un bote de aspirinas de la farmacia del hotel.
Cuando llegaron, me tomé tres de ellas con agua mineral del mini bar y al instante empecé a sentirme mejor. Después llamé a mi madre y a Riley para avisarlas de que mi reportaje saldría en el periódico del día siguiente. Les advertí que seguramente otros reporteros intentarían ponerse en contacto con ellas, ahora que la historia se había publicado. Ambas me contestaron que no querían hablar con ningún periodista y yo les dije que me parecía bien, pensando que era irónico que yo fuese uno de ellos.
Por fin, me di cuenta de que se me había olvidado llamar a Rachel para decirle que me había quedado en la ciudad. En la oficina local del FBI en Phoenix, un agente me informó de que había salido.
– ¿Qué significa que ha salido? ¿Está todavía en Phoenix?
– No estoy autorizado para decírselo.
– ¿Puedo hablar entonces con el agente Backus?
– También ha salido. ¿Puedo preguntarle quién es usted?
Colgué, marqué el número de la centralita del hotel y pedí que me pusieran con su habitación. Me dijeron que había dejado el hotel. También Backus. Así como Thorson, Cárter y Thompson.
Algo había pasado. Tenía que ser así. Para que todos dejasen el hotel debía de haber habido un cambio importante en la investigación. Y habían pasado de mí, ya no contaban conmigo para la investigación. Me levanté y me puse a recorrer de nuevo la habitación, preguntándome adonde habrían ido y qué sería lo que les había obligado a ponerse en marcha tan rápidamente. Entonces me acordé de la tarjeta que me había dado Rachel. La saqué del bolsillo y marqué el número del busca.
Diez minutos me parecieron un tiempo suficiente para que mi mensaje subiera hasta el satélite y le llegara a ella, dondequiera que estuviese. Pero pasaron los diez minutos, y más, y el teléfono no sonaba. Pasaron otros diez minutos y media hora más. Ni siquiera Greg Glenn me llamaba. En mi impaciencia llegué incluso a comprobar que el teléfono tuviera línea.
Inquieto, aunque cansado de pasear y esperar, puse en marcha el portátil y volví a conectarlo con el Rocky. Miré la bandeja de mensajes, pero no había nada importante.
Entré en mi bandeja personal, recorrí los archivos y traje a la pantalla el llamado «hipnotic». El fichero contenía varias noticias sobre Horace Gomble, una tras otra, por orden cronológico. Empecé a leer por la más antigua, mientras iba recordando lo que ya sabía del hipnotizador.
Era una noticia pintoresca. Médico e investigador de la CÍA a principios de los sesenta, Gomble pasó después a practicar la psiquiatría en Beverly Hills, especializándose en hipnoterapia. Aprovechó su habilidad y su experiencia en las artes hipnóticas, como él las llamaba, para actuar en un club nocturno con el nombre de Horace el Hipnotizador. Al principio sólo eran actuaciones esporádicas en las noches de micrófono abierto de los clubs de Los Angeles, pero pronto se hizo enormemente popular y empezó a actuar en Las Vegas con contratos de toda una semana. Pronto dejó de practicar la psiquiatría. Se dedicó de lleno al espectáculo, apareciendo en los escenarios de los mejores locales de Las Vegas. Mediados los setenta, su nombre compartía los carteles del Caesar's con el de Sinatra, aunque en letra más pequeña. Llevó a cabo cuatro actuaciones en el programa de Carson, la última de ellas poniendo a su anfitrión en trance hipnótico y sonsacándole lo que verdaderamente pensaba de los demás invitados de aquella noche. Los cáusticos comentarios de Carson hicieron creer al público del estudio que se trataba de un montaje. Pero no lo era. Cuando Carson vio la grabación, prohibió que el programa se emitiera y puso a Horace el Hipnotizador en su lista negra. El asunto fue noticia en la prensa del mundo del espectáculo y acabó con la carrera de Gomble. No volvió a aparecer por televisión hasta que fue detenido.