– Brown está con el reportaje principal y Bayer con el breve. La última lectura la haré yo mismo. Estaba en buenas manos. Brown y Bayer eran dos de los mejores.
– Bueno, ¿qué planes tienes para mañana? -me preguntó Glenn mientras esperábamos-. Ya sé, que es pronto, pero tendríamos que empezar a hablar sobre el fin de semana.
– Todavía no he tenido tiempo de pensar en eso.
– Tendrá que haber una continuación, Jack. Lo que sea. No podemos salir con algo tan fuerte y que el día siguiente nos coja desprevenidos. Tiene que haber una continuidad. Y para este fin de semana me gustaría algo sobre cómo se vive la historia ahí. Ya sabes, la caza de un asesino reincidente vista desde dentro del FBI, la personalidad de los agentes con los que te has codeado. También necesitaremos fotos.
– Lo sé, lo sé -le dije-. Sólo que todavía no he pensado en eso.
No quería hablarle de mi último descubrimiento ni de la nueva teoría que estaba elaborando. Era peligroso poner una información como aquélla en manos de un redactor jefe. Lo primero que haría sería anunciar en primera página que yo tenía una continuación en la que relacionaba al Poeta con Horace el Hipnotizador. Decidí que esperaría a haber hablado con Rachel antes de contárselo a Glenn.
– ¿Qué hay del FBI? ¿Te dejarán que vuelvas a meterte en el asunto?
– Buena pregunta -le contesté-. Lo dudo. Hoy, al marcharme, me despidieron con una especie de sayonara. De hecho, ni siquiera sé dónde están. Creo que han volado de la ciudad. Está ocurriendo algo.
– Mierda, Jack. Creía que tú…
– No te preocupes, Greg. Me enteraré de dónde están. Todavía tengo cierta influencia con ellos y hay unas cuantas cosas que me he dejado en el tintero al escribir el reportaje de hoy. En cualquier caso, mañana tendré algo. Aún no sé qué será. Después de eso haré lo de la historia desde dentro. Pero no cuentes con que haya fotos. A esa gente no le gusta que les hagan fotos.
Al cabo de unos minutos más, Glenn recibió el visto bueno de edición y el reportaje pasó a composición. Me dijo que iba a vigilar de cerca la compaginación para asegurarse de que salía bien, y que ya había terminado conmigo por aquella noche. Añadió que cenase bien a costa de la empresa y que le llamase por la mañana. Le dije que así lo haría.
Mientras dudaba si llamar por tercera vez al busca de Rachel sonó el teléfono.
– ¿Qué tal?, Sport.
Reconocí el sarcasmo que rezumaba aquella voz.
– Thorson.
– Acertaste.
– ¿Qué quieres?
– Sólo decirte que la agente Walling está muy liada y que no esperes que te llame por ahora. Así que haznos el favor, a nosotros y a ti mismo, de dejar de llamar al busca. Es un fastidio.
– ¿Dónde está?
– Eso a ti no te importa, ¿vale? Tú ya has sacado tu tajada, por así decirlo. Ya tienes tu reportaje. Ahora te las apañas por tu cuenta.
– ¿Estáis en Los Angeles?
– Mensaje enviado. Corto.
– ¡Espera! Escucha, Thorson, creo que he conseguido algo. Déjame hablar con Backus.
– No, señor. Tú ya no vas a hablar con nadie sobre esta investigación. Estás fuera, McEvoy Recuerda: todas las peticiones de los medios de comunicación sobre este caso se canalizan a través de los relaciones públicas del cuartel general en Washington.
Estaba a punto de estallar. Tenía las mandíbulas prietas, pero eso no me impidió tirarle una pulla.
– ¿Eso también incluye las preguntas de Michael Warren, Thorson? ¿O es que tiene línea directa contigo?
– En eso te equivocas, cabrón. Yo no he filtrado nada. Me enferma la gente como tú. Me merecen más respeto algunos de los cabronazos que he metido entre rejas.
– Jódete.
– ¿Lo ves? Vosotros, tíos, no respetáis…
– Vete a la mierda, Thorson. Déjame hablar con Rachel o con Backus. Tengo algo que creo que deberían saber.
– Si tienes algo, dímelo a mí. Ellos están muy ocupados.
Me mortificaba tener que contarle nada, pero me tragué la furia e hice lo que me pareció más correcto.
– Tengo un nombre. Podría ser el hombre. William Gladden. Es un pedófilo de Florida, pero está en Los Angeles. Al menos, estaba. Es…
– Sé quién es y lo que es.
– ¿Lo conoces?
– Desde hace tiempo.
Entonces me acordé. Las entrevistas con presos.
– ¿Del proyecto sobre violaciones? Rachel me lo contó. ¿Era uno de los sujetos?
– Sí, pero olvídalo. No es nuestro hombre. Te has creído que eras el chico de la película y que ibas a resolverlo, ¿no? – ¿Cómo sabes que no es el hombre? Encaja y existe la posibilidad de que aprendiese hipnotismo con Horace
Gomble. Todo encaja. A Gladden lo están buscando en Los Angeles. Descuartizó a una empleada de un motel. ¿No lo ves? La sirvienta puede haber sido el asesinato de cebo. El detective, que se llama Ed Thomas, puede ser la víctima de la que hablaba en el fax. Déjame…
– Te equivocas -me interrumpió Thorson alzando la voz-. Ya hemos comprobado a ese tipo. No eres el primero que da con él, McEvoy Tú no eres tan especial. Hemos comprobado a Gladden y no es nuestro hombre, ¿vale? No somos idiotas. Ahora, ponte de culo y vuélvete a Denver. Cuando cojamos al que lo hizo, ya te enterarás.
– ¿Qué significa que habéis comprobado a Gladden?
– No te lo voy a explicar ahora. Estamos muy ocupados y ya no contamos contigo. Estás fuera y lo seguirás estando. Así que no llames más al busca. Como ya te he dicho, es un fastidio.
Colgó antes de que yo pudiera decir una palabra más. Tiré el auricular sobre la carcasa y ésta cayó al suelo. Estuve tentado de volver a llamar inmediatamente de nuevo al busca de Rachel, pero lo pensé dos veces. Me preguntaba qué estaría haciendo ella para que le hubiera pedido a Thorson que me llamase en su lugar. En mi pecho batallaban sentimientos encontrados y en la mente me bullían muchas ideas. ¿Habría estado sólo cuidándome mientras estuve siguiendo el caso con ellos? ¿Vigilándome como yo los vigilaba a ellos? ¿Había sido todo aquello tan sólo una actuación?
Lo aparté de mi cabeza. No había manera de saber las respuestas hasta que hablase con ella. Tenía que eludir la idea de que Thorson me había hablado por cuenta de ella. En vez de eso, empecé a reflexionar sobre lo que Thorson me había contado. Me había dicho que Rachel no podía llamarme. Que estaba muy liada. ¿Qué significaba eso? ¿Habrían detenido a un sospechoso y ella, como encargada de la investigación, lo estaría interrogando? ¿Tendrían al sospechoso bajo vigilancia? En ese caso, estaría en un coche, sin acceso a un teléfono.
¿O quizás al pedirle a Thorson que me llamase me estaba enviando un mensaje, comunicándome algo que no se atrevía a decirme en persona?
Se me escapaban los matices de la situación. Dejé de considerar el fondo del asunto y me centré en lo que estaba a mi alcance. Pensé en la reacción de Thorson ante la mención del nombre de William Gladden. No había demostrado sorpresa al oírlo y me dio la impresión de que no le daba importancia. Pero al reconstruir mental mente la conversación caí en la cuenta de que, tuviera yo razón o no con Gladden, Thorson habría reaccionado de idéntica forma. Si estaba en lo cierto, Thorson habría pretendido desviarme de la pista. Si no, no iba a perder la ocasión de decírmelo.
Pensé en la posibilidad de que yo tuviera razón sobre Gladden y que el FBI hubiera cometido un error al descartarlo como sospechoso. En tal caso, el detective de Los Angeles estaría en peligro sin siquiera saberlo.
Tuve que hacer dos llamadas al Departamento de Policía de Los Angeles para conseguir el número del detective Thomas en la División de Hollywood. Pero cuando llamé no contestaba nadie y la llamada se desvió a la recepción. El funcionario que contestó me dijo que Thomas estaba ilocalizable. No quiso decirme por qué ni cuándo estaría localizable. Decidí no dejarle ningún recado.