Después de colgar, estuve unos minutos paseando por la habitación, dándole vueltas a lo que debía hacer. Lo mirara como lo mirase llegaba siempre a la misma conclusión: sólo había una forma de hallar respuestas a las preguntas que me hacía sobre Gladden, y era irme a Los Angeles. Ir a ver al detective Thomas. No tenía nada que perder. Ya había enviado los reportajes y me habían apartado del caso. Hice unas cuantas llamadas y reservé plaza en el primer vuelo de la Southwest desde Phoenix a Burbank. El empleado de la compañía aérea me dijo que Burbank estaba tan cerca de Hollywood como el aeropuerto internacional de Los Angeles.
El encargado de la recepción era el mismo que nos había registrado a todos el sábado.
– Ya veo que se va usted también.
Asentí, advirtiendo que se refería a los agentes del FBI.
– Sí -le dije-. Aunque ellos han madrugado, creo. Sonrió.
– Le vi en la tele la otra noche.
Aunque me pilló desprevenido, enseguida entendí lo que quería decir. La escena a la salida de la funeraria, en la que aparecía con la placa del FBI en la camisa. Entonces me percaté de que el recepcionista me confundía con un agente del FBI. No me molesté en corregirle.
– Al jefe no le hizo mucha gracia -dije.
– Bueno, ustedes se arriesgan a eso cuando se lanzan sobre una ciudad de esta manera. De todos modos, espero que lo atrapen.
– Sí, nosotros también.
Estaba comprobando mi factura. Me preguntó si había hecho algún gasto adicional y le dije lo que tenía del servicio de habitaciones y lo que había cogido del minibar.
– Oiga -le dije-. Supongo que tendrá que cobrarme una funda de almohada. He tenido que comprarme ropa y no tenía nada para…
Levanté la funda de almohada en la que había metido mis escasas pertenencias y él se rió de mi petición. Pero no supo qué cobrarme y me dijo que iba por cuenta de la casa.
– Me hago cargo de que ustedes tienen que moverse con rapidez -dijo-. Los demás ni siquiera han tenido tiempo de pasar a liquidar. Supongo que han tenido que salir volando.
– Bueno -le dije sonriendo-. Espero que al menos habrán pagado la factura.
– Por supuesto. El agente Backus llamó desde el aeropuerto para decirme que lo cargase en su tarjeta de crédito y que le enviase los recibos. Pero eso no es ningún problema. Lo hacemos con mucho gusto.
Me quedé mirándole, pensando.
– Yo voy a reunirme con ellos esta noche -le dije al fin-. ¿Quiere que me lleve yo los recibos?
Me miró por encima de los papeles que tenía delante. Noté que dudaba. Levanté la mano haciendo el gesto de quitarle importancia al asunto.
– Está bien. Era sólo una idea. Como voy a verles esta noche pensé que eso facilitaría las cosas. Ya sabe, ahorrarse el correo.
No sabía lo que estaba diciendo, aunque ya desconfiaba de mi decisión y lo que quería era echarme atrás.
– Bueno -dijo el empleado-, en realidad no veo qué mal puede haber en eso. Ya había metido los papeles en un sobre para que lo despacharan, pero creo que puedo fiarme de usted tanto como del cartero.
Sonrió y le devolví la sonrisa.
– Hombre, al cartero ya mí nos firma los cheques el mismo tipo, ¿no?
– El Tío Sam -dijo triunfador-. Ahora mismo vuelvo.
Desapareció por la puerta trasera de la oficina y miré a mi alrededor, en la recepción y el vestíbulo, como si esperase ver a Thorson, Backus y Walling saltando desde detrás de las columnas y gritando: «¿Veis? ¡No podemos fiarnos de los de la prensa!»
Pero no saltó nadie de ningún sitio y el empleado del hotel volvió con un sobre de papel de embalar que me pasó a través del mostrador junto con mi propia factura.
– Gracias -le dije-. Ellos sabrán apreciarlo.
– No tiene importancia -dijo él-. Gracias por haber elegido nuestro hotel para su estancia, agente McEvoy Asentí con un gesto, metí el sobre en la bolsa del ordenador como si acabase de robarlo y me dirigí hacia la puerta.
34
El avión estaba subiendo a nueve mil metros de altitud y todavía no había tenido ocasión de abrir el sobre.
Contenía varios pliegos de facturas referentes a los gastos de habitación de cada agente. Era lo que me imaginaba y enseguida busqué las facturas a nombre de Torzón y me puse a estudiar las conferencias telefónicas que le habían cargado en cuenta.
La factura no mostraba ninguna llamada dirigida a la zona de Maryland, prefijo 301, donde vivía Warren. Pero sí había una llamada a la zona con el prefijo 213: Los Angeles. Me pareció plausible que Warren se hubiera dirigido a Los Angeles para contarles la historia a sus antiguos jefes. Incluso la podía haber escrito allí mismo. La llamada se había hecho a las doce y cuarenta y un minutos del domingo, más o menos una hora después de que Thorson se hubiera registrado en el hotel de Phoenix. Después de utilizar mi tarjeta Visa para acceder al teléfono móvil del respaldo del asiento de delante, la introduje en él y marqué el número que figuraba en la factura del hotel. Inmediatamente contestó una voz de mujer:
– Hotel New Otani, dígame.
Confundido por un instante, me recuperé antes de que colgase y pedí por la habitación de Michael Warren. Me pasó la llamada, pero no contestaba nadie. Supuse que era demasiado temprano para que estuviese en la habitación. Colgué y llamé a información para pedir el teléfono del Times de Los Angeles. Cuando llamé a ese número pedí por la redacción y allí pregunté por Michael Warren. Me pusieron con él.
– Warren -dije.
Era una constatación, un hecho. Un veredicto. Tanto para Thorson como para Warren.
– Sí, ¿en qué puedo ayudarle?
No me había reconocido por la voz.
– Solamente quiero mandarte a tomar por el culo, Warren. Y decirte que algún día voy a escribir un libro sobre este asunto y que lo que me has hecho saldrá en él.
No tenía mucha idea de lo que le estaba diciendo. Sólo sabía que tenía la necesidad de amenazarle y no tenía con qué. Sólo palabras.
– ¿McEvoy? ¿Eres McEvoy? -hizo una pausa para lanzar una risotada-. ¿Qué libro? Yo ya tengo a mi representante por ahí con una propuesta. ¿Qué tienes tú, eh? ¿Qué es lo que tienes? Eh, Jack, ¿tienes siquiera un representante?
Se quedó esperando una respuesta, pero yo no sentía más que ira. Me quedé callado.
– Bueno, ya me parecía -dijo Warren-. Mira, Jack, eres un buen chico y todo eso, y lamento lo ocurrido. De verdad que lo siento. Pero estaba en un aprieto y me había quedado sin trabajo. Esta era mi única oportunidad. Y la aproveché.
– ¡Jodido guipo lias! Era mi reportaje.
Lo dije alzando demasiado la voz. A pesar de que estaba solo en una fila de tres asientos, un hombre me lanzó una mirada indignada desde él otro lado del pasillo. Estaba sentado junto a una anciana que debía de ser su madre y que nunca había oído hablar de aquella manera. Me volví hacia la ventanilla. Fuera todo estaba oscuro. Me puse una mano sobre la otra oreja para poder oír la respuesta de Warren por encima del constante zumbido del avión. Hablaba en voz baja y uniforme.
– El reportaje pertenece a quien lo escribe, Jack. Recuérdalo. La historia es de quien la escribe. Si quieres ponerte contra mí, adelante: escribe el jodido reportaje en vez de llamarme para quejarte. Adelante. Supéralo, si puedes. Aquí me quedo, esperando a verte en la primera plana.
Tenía razón en todo lo que había dicho, y yo lo sabía. Sentía vergüenza hasta por haberle llamado y estaba tan enfadado conmigo mismo como con Warren y Thorson. Pero no podía dejarlo estar.
– Bueno, de todos modos, no cuentes con sacarle nada más a tu fuente -le dije-. A Thorson me lo voy a cargar. Lo tengo cogido por las pelotas. Sé que te llamó el sábado por la noche al hotel. Voy a por él.
– No sé de qué me estás hablando y no quiero hablar de fuentes. Ni contigo ni con nadie.
– No tienes por qué hacerlo. Está en mis manos. Eso está hecho. Si quieres hablar con él a partir de este momento, tendrás que llamarle al equipo de carga de datos de Salt Lake City. Allí es adonde irá a parar.