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Usar la referencia de Rachel sobre la Siberia del FBI no me apaciguó. Aún tenía las mandíbulas prietas y estaba esperando su respuesta.

– Buenas noches, Jack -dijo por fin-. Todo lo que se me ocurre decirte es que lo superes, joder, y que te vaya bien.

– Espera un momento, Warren. Contéstame a una pregunta.

Se lo dije con un tono de súplica que no me gustó nada. Y como no contestaba, me lancé.

– La hoja de mi bloc de notas que dejaste en el archivo de la Fundación, ¿lo hiciste a propósito? ¿Lo tenías planeado desde el principio?

– Eso son dos preguntas -dijo, y por el tono de su voz pude adivinar que sonreía-. Ya basta. Y colgó.

Diez minutos más tarde, el avión empezaba a descender y yo empezaba a aplacarme. Gracias, sobre todo, a la ayuda de unBloody Mary bien cargado. También sirvió para apaciguarme el hecho de que ahora podía respaldar con una prueba mi acusación contra Thorson. La verdad era que no podía culpar a Warren. Me había utilizado, pero eso es lo

que hacen los reporteros. ¿Quién lo iba a saber mejor que yo?

No obstante, sí podía culpar a Thorson y lo iba a hacer. No sabía cómo ni cuándo, pero me aseguraría de que la factura de Thorson y el significado de sus llama das telefónicas llegasen a oídos de Backus. Iba a presenciar la caída de Thorson.

Cuando acabé la bebida volví a coger las facturas del hotel que había dejado en la bolsa del respaldo del asiento. Por pura curiosidad, me puse a mirar las de Thorson, analizando las llamadas que había hecho antes y después de hablar con Warren.

Sólo había hecho tres llamadas de larga distancia durante sus dos días de estancia en Phoenix, todas ellas en un lapso de media hora. Estaba la llamada a Warren, el domingo a las doce y cuarenta y un minutos, una cuatro minutos antes a un número con el prefijo 703, y otra a la zona con el prefijo 904, a las doce y cincuenta y seis minutos. Supuse que el prefijo 703 correspondía a la central del FBI en Virginia y, como no tenía otra cosa que hacer, volví a coger el teléfono. Marqué aquel número y me contestaron enseguida.

– FBI, Quantico.

Colgué. Había acertado. Después llamé al tercer número, sin saber siquiera a qué zona correspondía el prefijo 904. Después de tres tonos escuché un agudo chirrido que sólo entienden las máquinas. Esperé hasta que cesó aquel gemido electrónico. Al no obtener respuesta, el ordenador había cortado la comunicación.

Confuso, llamé a información con el prefijo 904 y le pregunté a la telefonista cuál era la ciudad más importante de aquella zona. Me dijo que Jacksonville. Después le pregunté si la zona incluía la ciudad de Raiford y me dijo que sí. Le di las gracias y colgué.

Por las noticias sobre Horace Gomble sabía que el Instituto Correccional Federal (VCI) estaba en Raiford. Allí estaba encarcelado por entonces Horace Gomble, y anteriormente lo estuvo William Gladden. Me preguntaba si la llamada de Thorson a un ordenador con el prefijo 904 tendría alguna relación con la prisión, con Gladden o con Gomble.

Llamé de nuevo a información de la zona con prefijo 904. Esta vez pedí el número de la centralita del VCI de Raiford. Las tres primeras cifras de aquel número, 431, coincidían con las del número al que Thorson había llamado desde el hotel. Me recosté en el asiento y cavilé sobre aquello. ¿Por qué había llamado a la prisión? ¿Tendría conexión directa con un ordenador de la cárcel para poder comprobar la situación actual de Gomble allí o para ver el expediente de Gladden? Recordé que Backus había dicho que comprobaría la situación de Gomble. Posiblemente se lo había encargado a Thorson cuando se encontraron en el aeropuerto el sábado por la noche.

También se me ocurrió otra posibilidad. Thorson me había dicho hacía menos de una hora que habían comprobado a Gladden y quedo habían descartado como sospechoso. Quizás aquella llamada había sido, de algún modo, parte de la comprobación. Pero no sabía qué parte. Lo único que saqué en claro fue que a mí no me habían hecho partícipe de todo lo que hacían los agentes. Había estado allí, entre ellos, pero en algunos aspectos se me había mantenido al margen.

Las demás facturas no me depararon ninguna sorpresa. Las de Cárter y Thompson estaban en blanco. No había llamadas. Backus, según su factura, había llamado al mismo número de Quantico dos veces, sobre la medianoche del sábado y del domingo. Picado por la curiosidad, llamé a aquel número desde el avión. Contestaron inmediatamente.

– Quantico, Central de Operaciones.

Colgué sin decir nada. Me satisfacía saber que Backus había llamado a Quantico mientras Thorson había tenido que estar trayendo y llevando recados y ocupándose de otros asuntos administrativos.

Finalmente, llegué a la factura de Rachel y se apoderó de mí un temblor repentino. Era una sensación que no había experimentado al analizar las otras facturas. Esta vez me sentía como un marido celoso fisgando en los asuntos de su esposa. Experimentaba, al mismo tiempo, la excitación de un mirón y un cierto sentimiento de culpa.

Había hecho cuatro llamadas desde su habitación. Todas eran a Quantico y dos de ellas al mismo número que Backus. La Central de Operaciones. Llamé a uno de los otros números y respondió un contestador automático con su propia voz.

– Aquí la agente especial del FBI Rachel Walling. En este momento no puedo atenderle, pero si deja su nombre y el motivo de su llamada le llamaré en cuanto pueda. Gracias.

Había llamado a su propio teléfono para ver si tenía algún mensaje. Tecleé el último número, al que había llamado el domingo por la tarde, a las seis y diez minutos, y contestó una voz femenina.

– Perfiles, aquí Doran.

Colgué sin decir nada y me supo mal. Apreciaba a Brass, pero no tanto como para ponerla sobre aviso de que estaba comprobando las llamadas que habían hecho sus compañeros.

Cuando acabé con las facturas, las doblé y las guardé otra vez en la bolsa de! ordenador; después volví a colocar el teléfono móvil en su soporte.

35

Ya eran casi las ocho y media cuando llegué frente a la comisaría de Hollywood del LAPD. Me quedé mirando la fortaleza de ladrillo de la calle Wilcox sin saber exactamente qué esperaba encontrar. No sabía si Thomas estaría allí todavía, siendo la hora que era, aunque tenía la esperanza de que, al estar dirigiendo un caso reciente -el asesinato de la sirvienta del motel-, seguiría allí dentro, colgado del teléfono, más que por la calle buscando a Gladden.

Al cruzar la puerta principal me encontré en un gran vestíbulo con suelo de linóleo gris, dos sofás de vinilo verde y el mostrador principal de recepción, tras el cual se sentaban tres agentes uniformados.

A la izquierda se abría un pasillo y en la pared de encima había un cartel que decía «Despacho de Detectives» sobre una flecha que señalaba hacia el interior. Miré al único policía que no estaba hablando por teléfono y le hice un gesto con la cabeza como si estuviera haciendo mi visita de todas las noches. No había dado ni dos pasos cuando me detuvo su voz.

– Quieto ahí, socio. ¿Puedo ayudarle en algo? Me volví hacia él y señalé el cartel.

– Tengo que ir al despacho de los detectives. -¿A qué?

Me acerqué al mostrador para que no se enterasen de nuestra conversación en todo el edificio.

– Quiero ver al detective Thomas. Saqué mi carnet de periodista.

– Denver -dijo el policía, por si se me había olvidado de dónde era-. Déjeme comprobar si está. ¿Le espera? -No, que yo sepa.

– ¿Qué tiene que ver Denver con…? Sí, ¿está ahí Ed Thomas? Hay uno de Denver que quiere verle. Estuvo escuchando unos instantes, alzó las cejas ante determinada información que le dieron y después colgó.