Выбрать главу

– Vale. Vaya por el pasillo. Segunda puerta a la izquierda.

Le di las gracias y me dirigí al pasillo. Enmarcados en ambas paredes, colgaban docenas de carteles en blanco y negro de publicidad de espectáculos, intercalados con fotografías de equipos policiales de béisbol y de agentes muertos en acto de servicio. En la puerta que me habían indicado ponía «Homicidios». Llamé, esperé una respuesta y, al no recibir ninguna, la abrí.

Rachel estaba sentada en uno de los seis escritorios que había en la sala. Los otros estaban vacíos.

– Hola, Jack.

La saludé con un gesto. No me sorprendió demasiado encontrada allí.

– ¿Qué estás haciendo aquí?

– Eso es obvio, porque es obvio que me esperabas. ¿Dónde está Thomas?

– Está a salvo.

– ¿Por qué todas esas mentiras?

– ¿Qué mentiras?

– Thorson me dijo que Gladden no era sospechoso. Dijo que lo habíais comprobado y descartado. Por eso he venido. Pensé que se equivocaba o que mentía. ¿Por qué no me has llamado tú, Rachel? Todo esto…

– Jack, estaba muy ocupada con Thomas y, de todos modos, sabía que si te llamaba tendría que mentirte, y no quería hacerla.

– Así que le pediste a Thorson que lo hiciera. Muy bien. Gracias. Eso está mejor.

– Deja de portarte como un niño. Tengo cosas más importantes de que ocuparme que de tus sentimientos. Lo siento. Mira, estoy aquí, ¿no? Pero ¿por qué te crees que es?

Me alcé de hombros.

– Sabía que vendrías, al margen de lo que Gordon te dijera. Te conozco, Jack. Sólo tuve que llamar a las líneas aéreas y ponerme a esperarte. Y confío en que Gladden no esté por ahí fuera vigilando el edificio. Tú saliste en la tele con nosotros. Eso significa que, probablemente, te considera un agente. Si te ha visto entrar aquí, sabrá que estamos tramando algo.

– Pero si estaba ahí fuera y lo bastante cerca como para verme, entonces ya lo tenéis, ¿no? Porque lleváis veinticuatro horas vigilando las inmediaciones de este edificio.

Sonrió levemente. Mi suposición era correcta.

Cogió un transmisor de radio que había sobre la mesa y llamó a su puesto de mando. Reconocí inmediatamente la voz que le respondió. Era Backus. Le dijo que iba a acudir con un visitante. Después cortó la comunicación y se levantó.

– Vamos.

– ¿Adonde?

– Al puesto de mando. No está lejos.

Lo dijo con una voz seca, cortante. Se mostraba fría conmigo y me costaba creer que hacía menos de veinticuatro horas que había hecho el amor con aquella mujer. Me trataba como si fuera un extraño. Me contuve mientras caminábamos por el pasillo hacia la parte trasera del edificio, hacia un aparcamiento para funcionarios donde la

esperaba un coche.

– Tengo un coche ahí delante -le dije.

– Bueno, tendrás que dejarlo ahí, de momento. A menos que quieras actuar por tu cuenta y seguir haciendo de llanero solitario.

– Mira, Rachel, si no me hubieran mentido quizá no estaría aquí, ni siquiera habría venido a Los Angeles.

– Seguro.

Entró en el coche, lo arrancó y después quitó el seguro de mi puerta. Siempre me molestaba que alguien hiciera eso conmigo, pero me callé. Salió del aparcamiento y se dirigió hacia Sunset Boulevard pisando a fondo el acelerador. No abrió la boca hasta que un semáforo en rojo le hizo detener el coche.

– ¿De dónde has sacado ese nombre, Jack?

– ¿Qué nombre? -repliqué, aunque ya lo sabía.

– Gladden, Jack. Wllliam Gladden.

– He hecho mis deberes. ¿De dónde lo habéis sacado vosotros?

– No te lo puedo decir.

– Rachel… mírame, soy yo, ¿no? Hemos hecho, uf… -no se lo podía decir en voz alta por miedo a que pareciese mentira-. Creía que había algo entre nosotros, Rachel. Y ahora me tratas como si fuese un leproso o algo así. Yo no… Vamos a ver, ¿es información lo que quieres? Te diré todo lo que sé. Lo he sacado de los periódicos. En la edición del Times de Los Angeles del sábado había un buen reportaje sobre ese tipo, Gladden. ¿Vale? La noticia decía que conoció a Horace el Hipnotizador en Raiford. Sólo tuve que juntar las piezas. No fue difícil.

– Vale, Jack. -Ahora te toca a ti. Guardó silencio.

– ¿Rachel?

– ¿Lo consideramos extraoficial?

– Ya sabes que no tienes por qué preguntármelo. Dudó un instante y pareció ablandarse. Empezó.

– Dimos con Gladden siguiendo dos pistas convergentes. Eso nos dio una sensación bastante consistente de que se trataba de nuestro hombre. En primer lugar, el coche. Los de identificación de automóviles siguieron el rastro del número de serie de la radio estéreo que nos llevó sobre la pista de la compañía Hertz. ¿Te acuerdas?

– Sí.

– Bien. Matuzak y Mize se fueron al aeropuerto y siguieron la pista a ese coche. Ya lo habían alquilado de nuevo unos yanquis de Chicago. Tuvieron que ir a Sedona a recuperado. Se comprobó. No se sacó nada útil. El cristal roto y la radio habían sido reemplazados. Pero no lo hizo Hertz. En Hertz ni siquiera se enteraron del robo. Quienquiera que tuviese el coche cuando fue asaltado repuso el cristal y la radio por su propia cuenta. De todos modos, el registro de la compañía aclaró que el coche estuvo en manos de N. H. Breedlove durante cinco días de este mes, incluyendo el día en que Orsulak fue asesinado. El tal Breedlove lo devolvió al día siguiente. Matuzak introdujo ese nombre en el ordenador y Nathan H. Breedlove resultó ser un alias de William Gladden que surgió cuando se le investigó en Florida hace siete años. Fue utilizado por un hombre que publicaba anuncios en los periódicos de Tampa ofreciendo sus servicios como fotógrafo de niños. Abusaba de ellos cuando se quedaban a solas con él y les sacaba fotos marranas. Usaba disfraces. La policía de Tampa estaba buscando al tal Breedlove cuando estalló el caso Gladden. El de abusos de menores en la guardería. Los investigadores estaban convencidos de que eran la misma persona, pero nunca pudieron demostrarlo a causa de los disfraces. Además, no lo presionaron porque creyeron que el otro caso ya le proporcionaría bastantes años de cárcel… De todos modos, una vez que conseguimos el nombre de Gladden en el banco de datos de la red de identificaciones, lo cotejamos con el bando que el Departamento de Policía de Los Angeles puso en circulación la semana pasada a través del Centro Nacional de Investigaciones Criminales. Y hasta aquí hemos llegado.

– Parece que os ha sido…

– ¿Fácil? Bueno, a veces uno se labra su propia suerte.

– Eso ya me lo habías dicho antes.

– Porque es verdad.

– ¿Por qué habrá usado un nombre supuesto que sabía que estaba registrado en alguna parte?

– A muchas de estas personas les gusta seguir la tradición. Además, es un fanfarrón, el muy hijo de puta. Lo sabemos por el fax.

– Sin embargo, utilizaba un alias completamente nuevo cuando fue detenido por la policía de Santa Mónica la semana pasada. ¿Por qué iba…?

– Sólo puedo contarte lo que sé, Jack. Si es tan listo como creemos, es probable que tenga varias posibilidades de cambiar de identidad. Debe de tener facilidad para conseguirlas. Los de la oficina local de Phoenix están registrando los archivos de Hertz. Vamos detrás de un historial completo de los coches alquilados por Breedlave desde hace tres años. Es nada menos que un Cliente de Oro de Hertz. Eso demuestra de nuevo lo listo que es. En la mayoría de los aeropuertos bajas del avión, te vas directamente al aparcamiento reservado para Clientes de Oro y encuentras tu nombre encima del coche y las llaves puestas. La mayor parte de las veces ni siquiera tienes que hablar con un empleado. Simplemente, te metes en el coche, enseñas el carnet de conducir a la salida y te largas.

– Vale. ¿Y la otra pista? Decías que teníais dos que os llevaban a Gladden.

– Los Amigos del alma. Ted Vincent y Steve Raffa, los de Florida, consiguieron por fin hacerse esta mañana con los expedientes de la organización sobre Beltran. Había sido el amigo del alma de nueve chicos durante varios años. El segundo de los que patrocinó, hace ahora unos dieciséis años, era Gladden.