Выбрать главу

– ¡Dios mío!

– Sí. Todo empieza a caer por su peso.

Guardé silencio unos instantes, mientras digería toda la información que me había proporcionado. La investigación estaba avanzando a una velocidad vertiginosa. Había llegado el momento de abrocharse los cinturones.

– ¿Cómo es que los de la oficina de aquí no han atrapado a ese tipo? Ha salido en el periódico.

– Buena pregunta. Bob se las va a tener con los agentes locales sobre este asunto. El aviso de Gordon se recibió anoche. Alguien debería haberlo mirado yjuntar las piezas. Pero lo hicimos nosotros antes.

El típico enredo burocrático. Me preguntaba si no habrían dado mucho antes con Gladden si alguien hubiese estado un poco alerta en la oficina de Los Angeles.

– ¿Tú conoces a Gladden? -dije.

– Sí. Lo conocí durante las entrevistas sobre violaciones. Ya te hablé de ellas. Hace siete años. A él y a Gomble, entre otros, en aquel agujero infernal de Florida. Creo recordar que nuestro equipo, Gordon, Bob y yo, pasó allí toda una semana, pues teníamos muchos candidatos que entrevistar.

Estuve tentado de contarle lo de la consulta de Thorson al ordenador de la prisión, pero me lo pensé mejor. Estaba a punto de conseguir que me hablase como a un ser humano. Contarle que había estado fisgando en las facturas del hotel no era la mejor manera de lograr que continuara. Ese dilema también me creaba problemas en cuanto a la posibilidad de atrapar a Thorson. Ya llegaría el momento de sacar a relucir los registros telefónicos del hotel.

– ¿Crees que existe alguna relación entre el supuesto uso de la hipnosis por Gomble y lo que estáis buscando en los casos del Poeta? -le pregunté sin cambiar de tema-. ¿Crees que Gomble le reveló sus secretos?

– Es posible.

De nuevo volvía con las respuestas escuetas.

– Es posible -repetí con una pizca de sarcasmo.

– A la larga, me iré a Florida a hablar de nuevo con Gomble. Y se lo voy a preguntar. Hasta que obtenga una respuesta en un sentido u otro, existe esa posibilidad. ¿Satisfecho, Jack?

Nos metimos en un callejón que corría paralelo a una hilera de moteles antiguos y tiendas. Finalmente, redujo tanto la marcha que me dejé caer sobre el apoyabrazos.

– Pero no te irás a Florida ahora, ¿verdad? -le pregunté.

– Eso depende de Bob. Aunque aquí estamos muy cerca de Gladden. Por ahora, creo que lo que Bob pretende es jugarse el todo por el todo aquí, en Los Angeles. Gladden está aquí. O muy cerca. Todos lo notamos. Estamos a punto de cogerlo. Una vez que lo atrapemos, me ocuparé de todo lo demás, del móvil psicológico. También para eso habrá que ir a Florida después.

– ¿Para qué? ¿Para añadir datos a los estudios sobre asesinos múltiples?

– No. Quiero decir, sí, así es. Pero lo primero es conseguir las pruebas acusatorias. Un tipo así acaba por alegar incapacidad mental. Es su única alternativa. Eso significa que tendremos que elaborar todo un caso sobre su psicología. Habrá que demostrar que sabía lo que hacía y sabía distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. Es lo mismo de siempre.

El procesamiento del Poeta ante un tribunal era algo en lo que nunca se me había ocurrido pensar. Me di cuenta de que presumía que no lo cogerían vivo. Y esta presunción, lo sabía, se basaba en mi propio deseo de que no saliera con vida de aquello.

– ¿Qué te preocupa, Jack? ¿No quieres que vaya ajuicio? ¿Prefieres que lo matemos en cuanto lo encontremos? La miré. Al pasar ante una ventana las luces iluminaron fugazmente su cara y por un instante le vi los ojos.

– No he pensado en ello.

– Seguro que sí. ¿Te gustaría matarlo, Jack? Si tuvieras la ocasión y no hubiera consecuencias, ¿lo harías? ¿Crees que te atreverías?

No me apetecía discutir ese tema con ella. Sentía algo más que un interés pasajero por ella.

– No lo sé -contesté al fin-. ¿Podrías matarlo tú? ¿Has matado a alguien, Rachel?

– En un momento dado, y en caliente, lo haría.

– ¿Por qué?

– Porque los conozco. Los he mirado a los ojos y sé lo que se esconde detrás de esa oscuridad. Si pudiera matarlos a todos, creo que lo haría.

Esperaba que continuase, pero no lo hizo. Metió el coche en un aparcamiento, junto a otros dos Caprice, detrás de uno de los viejos moteles.

– No me has contestado a la segunda pregunta.

– No, nunca he matado a nadie.

Entramos por la puerta trasera en un pasillo pintado en dos tonos: verde desvaído hasta la altura de los ojos y blanco

desvaído hasta el techo. Rachel se dirigió hacia la primera puerta de la izquierda, llamó y entramos. Era una habitación de motel, una de ésas que habían sido equipadas con una pequeña cocina en los años sesenta. Backus y Thorson estaban allí esperando, sentados a una vieja mesa de fórmica pegada a la pared. En la mesa había dos teléfonos que supuse que acababan de instalar. Había también un baúl de aluminio de casi un metro de altura, de pie en un rincón, con la tapa abierta para dejar entrever tres monitores de video superpuestos. Por detrás del baúl salían unos cables que cruzaban el suelo de la habitación hasta la ventana, entreabierta lo justo para dejarlos pasar.

– Jack, no puedo decir que me alegre verte -dijo Backus.

Pero lo dijo con una sonrisa burlona, antes de levantarse para darme la mano.

– Lo siento mucho -le dije sin saber realmente por qué. Después, mirando a Thorson, añadí-: No era mi intención entrometerme, pero es que me dieron una información errónea.

Me vino otra vez a la mente la idea de hablar de los registros telefónicos, pero la deseché. No era el momento adecuado.

– Bueno -dijo Backus-, he de admitir que intentamos darte esquinazo. Creímos que sería mejor concentramos en esto sin distracciones.

– Intentaré no distraeros.

– Ya lo estás haciendo -dijo Thorson.

No le hice caso y me concentré en Backus.

– Toma asiento -dijo éste.

Rachel y yo ocupamos las dos sillas que quedaban libres en torno a la mesa.

– Supongo que estás al tanto de lo que ocurre -dijo Backus.

– Supongo que tenéis vigilado a Thomas.

Me volví para poder ver las pantallas dé vídeo y me fijé por primera vez en lo que se veía en cada una de ellas. El monitor de encima mostraba un pasillo muy parecido al que habíamos cruzado para entrar en la habitación. Había varias puertas a ambos lados. Todas estaban cerradas y numeradas. En la siguiente se veía la fachada exterior de un motel. En el gris azulado del vídeo apenas se distinguía el rótulo que había sobre la puerta: «Hotel Mark Twain.» El monitor de abajo mostraba la perspectiva desde un callejón de lo que supuse sería el mismo hotel.

– ¿Es ahí donde estamos? -pregunté.

– No -contestó Backus-. Ahí es donde está el detective Thomas. Nosotros estamos a una manzana, más o menos.

– No es precisamente un lugar encantador. ¿Qué se paga ahora por eso en esta ciudad?

– Ésa no es su casa. Aunque los detectives de Hollywood utilizan con frecuencia ese hotel para ocultar testigos o para echar una cabezadita cuando trabajan veinte horas diarias siguiendo un caso. El detective Thomas prefiere estar en el hotel que en su casa. Allí tiene a su mujer y tres hijos.

– Bueno, eso contesta a mi próxima pregunta. Me alegro de que le hayáis dicho que le estáis utilizando como cebo.

– Pareces notablemente más cínico que en la reunión de esta mañana, Jack.

– Supongo que es porque lo soy.

Desvié la mirada para volverme de nuevo hacia los vídeos. Backus siguió hablando a mis espaldas.

– Tenemos tres cámaras de vigilancia y una parabólica en el tejado. También contamos con la unidad de emergencia y con el escuadrón de élite del Departamento de Policía de Los Angeles para vigilar a Thomas a todas horas. Nadie puede acercarse a él. Ni siquiera en la comisaría. Está totalmente protegido.