– Espera a que todo haya terminado y entonces me lo cuentas.
– Lo haré. Mientras tanto, tienes que mantenerte al margen, Jack.
Me volví hacia él, con la mejor mueca de perplejidad que pude improvisar.
– Ya entiendes lo que te digo -me dijo Backus sin hacer caso a mi mueca-. Nos encontramos en el momento más crítico. Lo tenemos a nuestro alcance y, francamente, Jack, tienes que quedarte al margen.
– Siempre he estado al margen, y lo seguiré estando. Aunque el trato sigue en pie: no se publicará nada hasta que tú lo apruebes. Pero no me voy a ir a Denver a esperar. Yo también estoy muy cerca, demasiado… Esto significa mucho para mí. Vais a dejarme que vuelva a entrar en el asunto.
– Esto nos puede llevar unas semanas. Recuerda el fax. Sólo decía que ya tenía á su alcance a su próxima víctima. Pero no decía cuándo iba a ocurrir. No fijaba ningún límite de tiempo. No tenemos ni idea de cuándo intentará atacar a Thomas.
Sacudí la cabeza.
– No me importa. Pase lo que pase, quiero participar en la investigación. Yo ya he cumplido mi parte del trato.
La habitación se llenó de un incómodo silencio, durante el cual Backus se puso en pie y empezó a pasear por la alfombra que había detrás de mi silla. Miré a Rachel. Tenía la vista fija sobre la mesa, en actitud reflexiva. Decidí quemar mi último cartucho.
– Mañana tengo que escribir un reportaje, Bob. Mi redactor jefe lo está esperando. Si no quieres que lo escriba, déjame entrar en el caso. Es la única forma que tengo de convencerle para que deje de apremiarme. Es lo que hay.
Thorson soltó una risita burlona y sacudió la cabeza.
– Es un problema -dijo-. Bob, ¿adonde iremos a parar si dejas que este tipo vuelva a entrometerse?
– La única vez que ha habido problemas -le dije ha sido cuando se me ha mentido para mantenerme al margen de la investigación, la cual, por cierto, inicié yo.
Backus se dirigió a Rachel.
– ¿Qué opinas tú?
– No le preguntes a ella -se interpuso Thorson-. Puedo decirte ahora mismo lo que te va a contestar.
– Si tienes algo que decir de mí, dilo -le pidió Rachel.
– Está bien, ya basta -medió Backus, separando los brazos como un arbitro-. ¿Es que no paráis nunca vosotros dos? Estás dentro, Jack. De momento. Con el mismo trato que antes. Eso quiere decir que mañana no habrá reportaje. ¿Entendido?
Asentí. Miré a Thorson, que ya se había levantado y se dirigía hacia la puerta, derrotado.
36
En el hotel Wilcox, que así se llamaba, aún cabía uno más, sobre todo cuando el recepcionista nocturno se enteró de que yo estaba con la gente del Gobierno que ya se alojaba allí y de que iba a pagar la tarifa más alta: treinta y cinco dólares por noche. Nunca me había registrado en un hotel en el que sintiera tan negros presagios por darle al recepcionista el número de mi tarjeta de crédito. El hombre que estaba tras el mostrador daba la impresión de haberse bebido media botella en su solitario turno. También parecía que en los últimos cuatro días había decidido cada mañana que aún no había llegado el momento de afeitarse. Ni siquiera me miró durante todo el proceso de registro, que le llevó cinco minutos más de lo habitual porque estuvo buscando inútilmente un bolígrafo hasta que aceptó el que yo le presté
– ¿Y qué están haciendo aquí, pues? -me preguntó mientras me deslizaba una llave con el número de la habitación casi invisible por encima del desgastado mostrador de fórmica.
– ¿No se lo han dicho ellos? -le pregunté fingiendo sorpresa.
– ¡Qué va! Yo sólo registro las entradas del personal.
– Es una investigación sobre fraude con tarjetas de crédito. Pasan muchas por aquí. -Ya.
– Por cierto, ¿en qué habitación está la agente Walling? Le llevó medio minuto interpretar sus propias anotaciones.
– En la diecisiete.
Mi habitación era muy pequeña, y cuando me senté al borde de la cama, éste se hundió al menos quince centímetros, alzándose por un igual del otro lado, con la correspondiente protesta de los viejos resortes. Era una habitación de la planta baja, frugalmente amueblada, aunque aseada, y con un tufillo añejo de tabaco. Las persianas amarillentas estaban subidas y por la única ventana se veía una reja metálica. En caso de incendio, quedaría atrapado como una rata si no conseguía alcanzar la puerta.
Cogí el tubo de dentífrico de viaje y el cepillo de dientes que me había comprado de la funda de la almohada y entré en el baño. Todavía tenía en la boca el sabor del Bloody Mary que me había tomado en el avión y quería librarme de él. Además, pretendía estar preparado para lo que pudiera pasar con Rachel.
Lo más deprimente de los hoteles antiguos suelen ser los baños de las habitaciones. Este era sólo un poco mayor que las cabinas telefónicas que solía haber en las gasolineras cuando yo era pequeño. Allí se apiñaban la pica, el retrete y una ducha de teléfono, todo con manchas de óxido a juego. Si estabas sentado en el retrete y entraba alguien, te podía dejar sin rodillas. Cuando hube terminado y volví a la relativa espaciosidad de la habitación, contemplé la cama y supe que no volvería a sentarme en ella. Tampoco quería dormir allí. Decidí arriesgarme a dejar en la habitación el ordenador y mi improvisada bolsa de viaje llena de ropa, y salí.
A mi ligera llamada en la puerta número diecisiete siguió una respuesta tan rápida que pensé que Rachel me había estado esperando al otro lado de la hoja. Me introdujo en su habitación con el mismo sigilo que a un espía en una embajada.
– La habitación de Bob es la de enfrente -me explicó en un susurro-. ¿Qué te pasa?
No contesté. Nos quedamos mirándonos un rato, cada uno esperando que el otro hiciese algo. Por fin, me decidí a acercarme y estamparle un largo beso. Ella pareció responder y eso apaciguó rápidamente todas las preocupaciones que me bullían en la cabeza. Apartó sus labios de los míos y me abrazó con fuerza. Contemplé la habitación por encima de su hombro. Era más grande que la mía y los muebles tenían quizás una década menos, aunque no dejaba de ser deprimente. Tenía el ordenador en la cama y unos papeles esparcidos sobre la colcha de un amarillo desvaído en la que millares de personas se habían acostado y habían estado follando, tirándose pedos y peleándose.
– Es curioso -susurró-. Te he dejado esta mañana y ya te estaba echando de menos.
– Yo también.
– Jack, lo siento, pero no quiero hacer el amor en esta cama, ni en esta habitación, ni en este hotel.
– Está bien -le dije conciliador, aunque arrepintiéndome de mis palabras apenas las pronunciaba-. Lo comprendo. Aunque esto es una suite de lujo comparada con la mía.
– Tendremos que esperar, pero después nos resarciremos.
– Sí. Pero ¿por qué tenemos que quedamos aquí? -Bob quiere estar cerca. Para que podamos movernos con rapidez si lo localizan.
Asentí con un gesto de la cabeza.
– Bueno, pero ¿podemos salir un rato? ¿Te apetece beber algo? Debe de haber algún sitio por aquí.
– Probablemente, pero no será mejor que esto. Mejor nos quedamos y charlamos.
Se acercó a la cama y quitó los papeles y el ordenador; después se sentó con la espalda en la cabecera, apoyándose en una almohada. Yo me senté en la única silla que había, cuyo asiento había sido desgarrado con una navaja y después reparado con cinta adhesiva.
– ¿De qué quieres que hablemos, Rachel?
– No sé. Tú eres el reportero. Creo que eres el que tiene que preguntar. Sonrió.
– ¿Del caso?
– De cualquier cosa.
Me la quedé mirando un rato. Decidí empezar con algo sencillo y ver después hasta dónde podíamos llegar.
– ¿Cómo es ese tipo, Thomas?