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– ¿De qué está hablando?

– Si ahora no lo sabe, pronto se va a enterar. Vienen a por usted, renacuajo. Usted puso a ese tipo en la calle y mire lo que ha hecho. Ya ve lo que ha hecho, joder.

– ¡Yo no lo sabía! -protestó Krasner con un gemido, como pidiendo perdón.

– Claro, nadie sabe nunca nada. ¿Lleva usted un móvil? -¿Qué?

– Un móvil, un teléfono.

Al decirlo, Thorson le dio una palmada al maletín de Krasner, lo que hizo que el hombrecillo saltase como picado por un aguijón.

– Sí, sí, llevo un teléfono. No tiene usted que…

– Bien. Sáquelo, llame a su secretaria y dígale que haga una copia de su registro de transferencias telefónicas. Dígale que iremos a buscarla dentro de quince minutos.

– No tiene usted derecho… Mi relación con ese individuo es de abogado a cliente, y tengo que protegerla al margen de lo que haya hecho. Yo…

Thorson volvió a golpear la cartera con el dorso de la mano, dejando a Krasner con la frase a medias. Pude comprobar que se le daba muy bien lo de acorralar al menudo abogado.

– Haga esa llamada, Krasner, y le diré a la policía local que nos ha ayudado. Hágala o la próxima víctima correrá de

su cuenta. Porque ahora ya sabe de quién y de qué estamos hablando. Krasner asintió levemente con la cabeza y empezó a abrir su maletín.

– Eso es, abogado -le dijo Thorson-. Por fin ha visto la luz.

Mientras Krasner llamaba a su secretaria y le daba la orden con voz temblorosa, Thorson no dejaba de vigilarlo en silencio. Nunca había oído hablar ni había visto a nadie que utilizase el truco del policía malo sin la contrapartida del bueno y que le sacase con tanta finura una información a una fuente. No tenía claro si admiraba la habilidad de Thorson o si me pasmaba. Pero había convertido una altiva pose de artista en un bulto tembloroso. Cuando Krasner se hubo guardado el teléfono, Thorson le preguntó qué cantidad le había transferido.

– Unos seis mil dólares.

– O sea, cinco para la fianza y uno para usted. ¿Cómo es que no lo exprimió más?

– Me dijo que no podía disponer de más. Y le creí. ¿Puedo irme ya?

Su cara denotaba resignación y derrota. Antes de que Thorson contestase a su pregunta, se abrió la puerta de la sala de juicios y salió un alguacil. -Artie, tu turno.

– Vale, Jerry.

Sin esperar otro comentario de Thorson, Krasner se dispuso a entrar. Y de nuevo Thorson lo detuvo poniéndole una mano en el pecho.

Esta vez Krasner no protestó por el hecho de que le tocase. Simplemente se detuvo, alzando los ojos con una mirada aterrada.

– Artie… ¿Puedo llamarle Artie?… Será mejor que haga examen de conciencia. Eso si es que la tiene. Sabe más de lo que nos ha dicho. Mucho más. Y cuanto más se demore, más posibilidades hay de que se pierda otra vida. Piénselo y llámeme.

Se inclinó y metió una tarjeta de visita en el bolsillo superior de la chaqueta de Krasner; después le dio unas palmaditas.

– Detrás está mi número de teléfono en Los Angeles. Llámeme. Si consigo en otra parte lo que estoy buscando y me entero de que tenía usted esa información, seré despiadado, abogado, jodidamente despiadado.

Thorson se echó atrás para dejarle entrar lentamente en la sala del tribunal.

Llegamos a la calle antes de que Thorson me dirigiese la palabra.

– ¿Crees que ha recibido el mensaje?

– Sí, seguro. Tiene el teléfono. Llamará.

– Ya veremos.

– ¿Puedo preguntarte una cosa? -¿Qué?

– ¿ Realmente has hablado de él con los de la policía local? La respuesta de Thorson fue una sonrisa.

– De su condición de pedo filo. ¿Cómo lo sabías?

– Es sólo una conjetura. Los pedo filos actúan en redes. Les gusta rodearse de los de su propia clase. Tienen redes telefónicas, redes informáticas, todo un sistema de apoyo mutuo. Se ven a sí mismos como enfrentados a la sociedad. Ese rollo de la minoría incomprendida. Así que supuse que Gladden consiguió el nombre de Krasner en un listado de referencias. Y ha funcionado. Lo he visto en su cara. De no ser así no nos habría proporcionado el registro de transferencias.

– Es posible. Quizás era verdad cuando dijo que no sabía quién era Gladden. Puede que sólo sea que tiene conciencia y no quiere que le hagan daño a alguien.

– Me parece que tú no conoces a muchos abogados.

Diez minutos más tarde, mientras esperábamos el ascensor a la puerta del bufete Krasner & Peacock, Thorson miró el recibo de la transferencia por valor de 6.000 dólares.

– Es de un banco de Jacksonville -dijo sin alzar la vista-. Habrá que enviárselo a Rach. Noté que usaba el diminutivo de su nombre. Había en ello cierta intimidad.

– ¿Por qué a ella? -le pregunté.

– Porque está en Florida.

Levantó la vista del recibo para mirarme. Sonreía.

– ¿Aún no te lo había dicho?

– No. No me lo habías dicho.

– Ya. Backus la envió allí esta mañana. Ha ido a interrogar a Horace el Hipnotizador y a trabajar con el equipo de allá. ¿Sabes qué haremos? Buscaremos un teléfono en el vestíbulo, a ver si encuentro a alguien que le haga llegar el número de esta cuenta.

38

Durante el trayecto desde el centro de la ciudad a Santa Mónica apenas hablamos. Yo iba pensando en lo de Rachel en Florida. No lograba comprender por qué Backus la había enviado allí, si era aquí donde estaba la vanguardia. Resolví que había dos posibilidades. Una era que a Rachel la hubieran castigado por algún motivo, posiblemente por mí, y la hubieran apartado de la primera línea. La otra era que se hubiera abierto una nueva vía de investigación en el caso, algo que yo desconocía y de lo que no me habían informado intencionadamente. Las dos opciones eran malas, pero en mi interior elegí la primera.

Durante la mayor parte del viaje, Thorson estuvo sumido en sus pensamientos, o quizá sólo estuviera harto de estar conmigo. Pero cuando aparcamos frente al Departamento de Policía de Santa Mónica contestó a mi pregunta incluso antes de que se la hubiera formulado.

– Sólo tenemos que coger las pertenencias que le incautaron a Gladden cuando lo detuvieron. Queremos relacionarlo todo.

– ¿Y te lo van a permitir?

Sabía cómo solían reaccionar los pequeños departamentos, todos los departamentos de policía locales, en realidad, cuando los invadía el gran G.

– Ya veremos.

En el mostrador del despacho de detectives nos informaron de que Constante Delpy estaba en el juzgado, pero que su compañero Ron Sweetzer se reuniría con nosotros enseguida. Para Sweetzer, enseguida resultaron ser diez minutos. Un lapso de tiempo que a Thorson no le hizo ninguna gracia. Me parecía que al FBI, personificado en Gordon Thorson, por lo menos, no le gustaba tener que esperar a nadie, y menos a una placa dorada de pueblo.

Cuando Sweetzer apareció por fin, se plantó detrás del mostrador y nos preguntó en qué podía ayudarnos.

Me echó un segundo vistazo, probablemente sopesando que mi barba y mi ropa no encajaban con su idea de lo que era el FBI. No dijo nada ni hizo ningún movimiento que pudiera interpretarse como una invitación a que pasáramos a su oficina. Thorson contestó en consonancia, con frases cortas y con la rudeza que le caracterizaba. Sacó una hoja de papel doblada del bolsillo interior y la extendió sobre el mostrador.

– Éste es el inventario de las pertenencias de William Gladden, alias Harold Brisbane, cuando fue detenido. He venido para encargarme de su custodia.

– ¿De qué está hablando? -le dijo Sweetzer.

– Estoy hablando de lo que acabo de decir. El FBI se ha hecho cargo del caso y dirige la investigación nacional sobre William Gladden. Necesitamos que unos expertos supervisen lo que tienen ustedes aquí.

– Espere un momento, señor agente. Contamos con nuestros propios expertos y tenemos un caso contra ese tipo. No vamos a ceder las pruebas a nadie. No, al menos, sin una orden judicial o sin el consentimiento del fiscal del distrito.