Выбрать главу

Tuve la tentación de salir del coche y acercarme a él para oír la conversación, pero decidí esperar. Al cabo de un instante vi que anotaba la información en su cuaderno. Mientras, observé la caja con las pruebas que Sweetzer le había entregado. Deseaba abrirla y volver a examinar la cámara, pero pensé que a Thorson no le haría ninguna gracia.

– ¿Te importaría contarme lo que está pasando? -le pregunté en cuanto volvió a ponerse tras el volante.

– Claro que me importa, pero te vas a enterar de todas formas -abrió la caja y sacó la cámara de nuevo-. ¿Sabes qué es esto?

– Tú lo has dicho. Una cámara.

– Exacto, pero lo importante es qué clase de cámara.

Mientras le daba vueltas entre las manos, vi la marca del fabricante impresa en la parte frontal. Una gran «d» minúscula de color azul claro. Sabía que era el símbolo de una empresa de ordenadores llamada digiTime. Bajo el logo corporativo ponía «digiShot 200».

– Es una cámara digital, Jack. El palurdo de Sweetzer no sabía qué cono tenía. Esperemos que no sea demasiado tarde.

– No te sigo. Supongo que también soy un palurdo, pero ¿podrías…?

– ¿Sabes lo que es una cámara digital?

– Sí. Funciona sin película. En el periódico hemos hecho pruebas con alguna.

– Exacto. No lleva película. En su lugar, un microchip captura la imagen. Entonces, ésta puede introducirse en un ordenador, editarse, ampliarse, hacer lo que quieras con ella y luego imprimirla. Según sea el equipo (y éste es un equipo muy bueno, lleva una lente Nikon) puedes obtener fotografías de alta resolución. Tan perfectas como el objeto real.

Había visto fotos tomadas con una digital en el Rocky. Thorson no exageraba.

– ¿Y qué significa eso?

– Dos cosas. ¿Recuerdas lo que te he contado sobre los pedo filos? ¿Que actúan en red? -Sí.

– Muy bien, sabemos con certeza que Gladden tiene un ordenador a causa del fax, ¿no? -Sí.

– Y ahora sabemos que tenía una cámara digital. Con la cámara digital, el ordenador y el mismo módem que utilizó para enviar el fax, podía mandar una foto al lugar del mundo que quisiera, a cualquier persona que tuviera un teléfono, un ordenador y un equipo adecuado para recibida.

En una décima de segundo se me hizo la luz.

– ¿Envía fotos de niños a otras personas?

– No, les vende fotos de niños. Eso es lo que creo. Las preguntas que nos hacíamos acerca de cómo vivía y de dónde sacaba el dinero… Sobre aquella cuenta de Jacksonville desde la que envió una transferencia. Esta es la respuesta. El Poeta consigue dinero vendiendo fotografías de niños, quizás incluso de los niños que ha matado. Quién sabe, puede que incluso de los policías que ha matado.

– ¿Alguien querría…?

No terminé la frase. Sabía que era una pregunta tonta.

– Si algo he aprendido en este trabajo es que existe una apetencia y, por lo tanto, un mercado para todo -dijo Thorson-. Siempre hay alguien que comparte el pensamiento más negro que se te pueda ocurrir. La peor cosa que puedas imaginar, sea lo que fuere, no importa lo terrible que sea, existe un mercado para ella… Tengo que hacer otra llamada, he de conseguir el listado de proveedores.

– ¿Y lo segundo? -¿Qué?

– Has dicho que había dos cosas importantes relacionadas con…

– Es una oportunidad. Es una gran oportunidad, joder. Es decir, si no llegamos demasiado tarde por culpa de que en Santa Mónica han retenido la maldita cámara. Si los ingresos de Gladden, sus cheques de viaje, proceden de la venta de

fotos a otros pedófilos, a quiénes se las envía a través de Internet o a través de alguna BBS, entonces perdió su principal herramienta de trabajo la semana pasada cuando se la quitaron los polis. Repiqueteó con los dedos en la tapa de la caja de cartón situada en el asiento que había entre los dos.

– Tiene que reemplazarla -dije.

– Lo has cogido.

– Vas a ir a ver a los proveedores de digiTime.

– Eres un chico listo, Sport. ¿Cómo es que te hiciste periodista?

Esta vez no protesté por el nombre. No lo había dicho con la misma malicia que otras veces.

– He llamado al 800 de la digiTime y me han proporcionado ocho números de proveedores que venden la digiShot 200 en Los Angeles. Supongo que buscará el mismo modelo. El resto del equipo ya lo tiene. Tengo que llamar para que se repartan la lista. ¿Tienes una moneda, Jack? No me quedan.

Le di la moneda, bajó de un salto del coche y volvió al teléfono. Supuse que llamaba a Backus, le explicaba con júbilo la nueva pista y se repartían la lista. Allí sentado, pensé que tendría que haber sido Rachel la que estuviera al teléfono. Thorson volvió al cabo de unos minutos.

– Vamos a comprobar los tres de la zona oeste. Bob le pasará los otros cinco a Cárter y a unos tíos de la oficina local.

– ¿Estas cámaras hay que encargarlas o las tienen en la tienda?

Thorson se zambulló en el tráfico y se dirigió al este, hacia Pico. Mientras hablaba y conducía, consultaba una de las direcciones que había anotado en su cuaderno.

– Algunas tiendas las tienen en existencias -dijo-. Si no las tienen las pueden conseguir con rapidez. Eso es lo que me ha dicho el empleado de la digiTime.

– Entonces, ¿qué estamos haciendo? Ha pasado una semana. A estas alturas puede que ya tenga otra.

– Puede que sí, tal vez no. Nos estamos basando en una corazonada. No se trata de una pieza barata. Hay que comprar todo el paquete con el software de carga y edición, el cable de serie para conectarla al ordenador, la funda de piel, el flash y todos los complementos. Puede subir a mil dólares. Quizá mil quinientos. Pero… -levantó el dedo para hacer la aclaración-: ¿Qué pasa si ya tienes todos los complementos y sólo quieres la cámara? Sin cable. Sin software. Sin ninguno de esos chismes. ¿Qué pasa si acabas de pagar seis mil dólares por la fianza y el abogado y no tienes dinero en metálico, y no sólo no necesitas todos esos extras, sino que además no puedes pagarlos?

– Haces un encargo especiaclass="underline" sólo la cámara; y te ahorras un montón de dinero.

– Exacto. Ésa es mi corazonada. Creo que si el pago de la fianza ha dejado tan pelado a nuestro amigo Gladden como afirmó aquel abogado tramposo, intentará ahorrar hasta el último dólar. Si se ha comprado otra cámara, apuesto a que ha hecho el encargo especial.

Estaba exultante y me contagió su entusiasmo. Yo había reparado en su excitación y empezaba a ver a Thorson bajo un prisma quizá más real. Pensé que ésos eran los momentos por los que vivía. Momentos de comprensión y de claridad. De saber que andaba cerca.

– McEvoy, estamos en racha -dijo de pronto-. Creo que me traes buena suerte, después de todo. Sólo espero que siga y no sea demasiado tarde.

Asentí en señal de conformidad.

Circulamos en silencio unos minutos hasta que volví a hacerle una pregunta.

– ¿Cómo es que sabes tanto de cámaras digitales?

– No es la primera vez que aparecen y cada vez son más frecuentes. Ahora tenemos en Quantico una unidad que se dedica sólo a delitos informáticos. Delitos en Internet. La mayoría explotan la pornografía, delitos con niños. El FBI ha publicado informes detallados para tener a la gente al corriente. Intento estar informado.

Asentí.

– Está el caso de aquella anciana, nada menos que una maestra de escuela, de cerca de Cornell, en Nueva York, que un día comprobó el archivo de envíos telefónicos de su ordenador personal y descubrió una entrada nueva que no reconoció. La imprimió y obtuvo una foto en blanco y negro, oscura pero claramente identificable, de un niño de unos diez años chupándosela a un viejo. Llamó a la policía local y dedujeron que había ido a parar a su ordenador por error. Su dirección de Internet era sólo un número y llegaron a la conclusión de que el remitente se había equivocado en un par de dígitos o algo por el estilo. De cualquier forma, siguieron la pista del archivo hasta su origen y localizaron a un cojo, un pedo filo con un largo historial. Por cierto, era de aquí, de Los Angeles. Lo pusieron en busca y captura y lo encontraron con facilidad. La primera detención digital. El tío tenía algo así como quinientas fotos diferentes en su ordenador. Joder, necesitaba un doble disco duro. Estoy hablando de persuasión, de niños de todas las edades haciendo cosas que ni siquiera se le ocurren a la gente adulta normal… Un buen caso, de todas formas. Cadena perpetua sin libertad provisional. Tenía una «digiShot», aunque debía de ser el modelo 100. El año pasado publicaron toda la historia en el boletín del FBI.