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– Sí, eso mismo. Y en la fotografía se ven tres estantes con libros encima del lavabo. Supongo que eran estantes compartidos y que los libros eran de los dos. Pero, de todas formas, los lomos de esos libros se ven claramente. La mayoría son libros jurídicos que creo que Gladden estaba utilizando mientras trabajaba en su propia apelación y en las de otros presos. Además, está la Patología forense de DiMaio y DiMaio, las Técnicas de investigación de la escena del crimen de Fisher y el Perfil psitopatológico de Robert Backus Sr. Estoy familiarizada con estos libros y creo que Gladden puede haber aprendido de ellos, en especial del libro del padre de Bob, lo suficiente para saber cómo conseguir que cada uno de los asesinatos de cebo y tada una de las escenas del crimen parezcan lo bastante diferentes como para superar un formulario del Proyecto de Aprehensión de Criminales Violentos, ya sabéis, el VICAP.

– Mierda -dijo Thorson-. ¿Qué cojo… qué hacía con esos libros?

– Creo que por imperativo legal la prisión tiene que permitirle el acceso a ellos para que pueda preparar debidamente su apelación -replicó Doran-. Recordad que se defendió a sí mismo. El tribunal le permitió ejercer como su propio abogado.

– Muy bien. Buen trabajo, Brass -dijo Backus-. Es una buena ayuda.

– Eso no es todo. Había otros dos libros dignos de mención en el estante. Edgar Alian Poe, los poemas y Las obras completas de Edgar Alian Poe.

Backus silbó encantado.

– Esto realmente empieza a ligar las cosas -dijo-. ¿Debo suponer que podemos encontrar todas las citas en esos libros?

– Sí. Uno de ellos es el que Jack McEvoy utilizó para comprobar las citas.

– Bien. ¿Puedes mandamos una copia de esa foto? -Lo haré,jefe.

El nerviosismo de la sala y el procedente de la línea telefónica casi se podía palpar. Todo encajaba, todas las piezas. Y al día siguiente, los agentes saldrían a la calle y atraparían a aquel hijo de puta.

– Me encanta el olor a napalm por la mañana -dijo Thorson-. Huele a…

– ¡Victoria! -exclamaron todos los presentes en la sala y los de la línea telefónica.

– Muy bien, compañeros -dijo Backus picando de palmas dos veces-. Creo que hemos abarcado bastante por ahora. Mantengámonos despiertos. Arriba esos ánimos. Mañana puede ser el gran día. Digamos que es el día. Y vosotros, que me escucháis desde las otras ciudades, no perdáis ni un minuto. Acabad el trabajo. Si cogemos a ese tipo, necesitaremos pruebas físicas que lo relacionen con otros crímenes. Necesitamos ubicarlo en todas las ciudades de cara al juicio.

– Si que hay un juicio -dijo Thorson.

Lo miré. El buen humor que había demostrado hacía un momento se había esfumado.

Tenía la mandíbula rígida.

Se levantó y salió de la sala de conferencias.

Pasé la noche solo en mi habitación, llenando el ordenador con las notas de la reunión y esperando a que llamara Rachel. Ya la había telefoneado dos veces al busca. Por fin, a las nueve -medianoche en Florida- hizo una llamada.

– No podía dormir y sólo quería asegurarme de que no estabas con otra mujer. Sonreí.

– No es muy probable. Esperaba tu llamada. ¿No has recibido mis mensajes o es que estás demasiado ocupada con otro hombre?

– No, déjame ver -soltó el teléfono unos instantes-. Mierda, se le ha acabado la pila. Tengo que ponerle otra. Lo siento.

– ¿Te refieres a la del busca o a la del otro hombre? -Muy gracioso.

– ¿Por qué no podías dormir?

– Pensaba en Thorson en esa tienda, mañana. "¿Y?

– Tengo que admitir que estoy jodidamente celosa. Si lleva a cabo la detención… Quiero decir que es mi caso y estoy a más de tres mil malditos kilómetros de ahí.

– Quizá no ocurra mañana. Quizá vuelvas a tiempo. Y, aunque no llegues, no lo hará él. Será el equipo crítico.

– No lo sé. Gordon conoce la manera de meterse en el ajo. Y tengo un mal presagio. Será mañana.

– Mucha gente consideraría un buen presagio saber que a ese tipo lo van a retirar de la circulación.

– Lo sé, lo sé. Pero ¿por qué él? Creo que Bob y él… No acabo de entender por qué Bob me envió a mí a Florida en lugar de a cualquier otro, en vez de enviar a Gordon. Me apartó del caso y yo se lo permití sin rechistar.

– Quizá Thorson le contó lo nuestro.

– No lo creo. Podría haberlo hecho. Pero no veo por qué Bob lo hizo sin antes decírmelo, sin explicarme antes por qué. Él no es así. No toma partido hasta que no ha oído las dos versiones.

– Lo siento, Rachel. Pero, verás, todo el mundo sabe que este caso es tuyo. Y fue un logro tuyo lo de aquel coche de la Hertz que nos llevó a todos a Los Angeles.

– Gracias, Jack. Pero sólo es uno de los logros. Y no tiene ninguna importancia. Realizar el arresto es como lo que dijiste sobre publicar el primero un reportaje. Realmente, no importa lo que haya sucedido antes.

Sabía que no conseguiría hacer que se sintiera mejor respecto a aquella situación. Llevaba toda la noche obsesionada con eso y nada de lo que yo dijera la haría cambiar de opinión. Decidí cambiar de tema.

– De todas formas, hoy has aportado un buen material. Parece que todo empieza a engranarse. Ni siquiera hemos cogido al tipo y ya sabemos un montón de cosas sobre él.

– Supongo que sí. Después de oír todo lo que ha dicho Brass, ¿le tienes alguna simpatía, Jack?, ¿a Gladden?

– ¿Al hombre que mató a mi hermano? No. No le tengo ninguna simpatía. -No lo creo.

– Pero tú aún se la tienes. Tardó un rato en contestar.

– Pienso en el niño que podría haber sido otras muchas cosas hasta que ese hombre le hizo lo que le hizo. Beltran le puso en el mal camino. Fue el verdadero monstruo de la historia. Como ya te dije, si alguien se llevó su merecido, fue él.

– Muy bien, Rachel. Se echó a reír.

– Lo siento, supongo que estoy cansada, al fin y al cabo. No pretendía acalorarme tanto de repente.

– Está bien. Te comprendo. Hay un medio para cada fin. Una raíz para cada causa. Algunas veces hay más maldad en la raíz que en la causa, aunque la causa suele ser lo más vilipendiado.

– Tienes un don para las palabras, Jack.

– Preferiría tenerlo contigo.

– También lo tienes.

Me reí y le di las gracias. Estuvimos un momento en silencio, con la línea abierta a través de tres mil kilómetros. Me sentía cómodo. No había necesidad de hablar.

– No sé si mañana te dejarán acercarte -me dijo-. Pero ten cuidado.

– Lo tendré. Tenlo tú también. ¿Cuándo volverás?

– Espero estar de vuelta mañana por la tarde. Les he dicho que tengan el avión a punto a las doce. Comprobaré el apartado de correos de Gladden y después subiré al avión.

– Muy bien. Y ahora ¿por qué no intentas dormir?

– Vale. Me gustaría estar contigo. -A mí también…

Pensé que iba a colgar, pero no lo hizo.

– ¿Has hablado de mí con Gordon?

Pensé en el comentario que él había hecho, cuando la había comparado con el Desierto Pintado.

– No. Hemos estado muy ocupados todo el día. Me pareció que no me creía y el hecho de mentirle me hizo sentir mal.

– Ya nos veremos, Jack.

– Vale, Rachel.

Después de colgar estuve un rato pensando en la conversación telefónica. Me había puesto un poco triste y no acertaba a saber por qué. Después me levanté y salí de la habitación. Estaba lloviendo. Desde la puerta principal del hotel eché un vistazo a la calle y no vi a nadie escondido, a nadie que me esperara. Resté importancia a mis temores de la noche anterior y salí.

Caminando pegado a los edificios para evitar al máximo la lluvia, fui hacia el Cat & Fiddle y pedí una cerveza en la barra. El local estaba abarrotado a pesar de la lluvia. Tenía el pelo mojado y en el espejo que había detrás de la barra me vi unos círculos oscuros debajo de los ojos. Me toqué la barba tal como me la había acariciado Rachel. Cuando me acabé la black and tan, pedí otra.