– Que esté listo mañana -recalcó.
– Eso está hecho -respondió Cárter-. Cuando terminemos aquí, iré con un técnico y lo arreglaremos.
El silencio volvió a adueñarse del coche. Estaba claro que Backus y Cárter, veteranos con muchas vigilancias a la espalda, estaban acostumbrados a hacerse compañía en silencio durante largas horas. Sin embargo, a mí el tiempo se me hacía eterno. De vez en cuando intentaba trabar conversación, pero nunca conseguí más que unas pocas palabras sueltas.
Poco después de las cuatro, un vehículo se detuvo junto al bordillo de la acera detrás de nosotros. Me volví a mirar y vi a Rachel. Salió de su coche y se metió en el nuestro, a mi lado.
– Vaya, vaya -dijo Backus-. Ya sabía yo que no resistirías mucho lejos de nosotros, Rachel. ¿Estás segura de que has hecho todo lo que tenías que hacer en Florida?
Le habló con normalidad, pero me dio la sensación de que le fastidiaba que Rachel hubiera regresado tan pronto. Creo que prefería que estuviera en Florida.
– Todo va perfectamente, Bob. ¿Qué ha pasado por aquí?
– Nada. Todo va muy lento.
Cuando Backus volvió la cabeza hacia delante, Rachel me tomó la mano y me miró con una expresión curiosa. Tardaría un poco en saber el motivo.
– ¿Abriste el buzón del apartado de correos, Rachel?
Rachel apartó de mí la mirada y la dirigió a la nuca de Backus. Él no se volvió y ella estaba sentada justo detrás.
– Sí, Bob -dijo, con una leve exasperación en la voz-. Un callejón sin salida. No había nada. El dueño me contó que le parecía que una mujer, una mujer mayor, pasa por allí una vez al mes, más o menos, y recoge toda la correspondencia. Añadió que lo único que suele llegar allí parece ser correo del banco. Supongo que se trata de la madre de Gladden. Seguramente vive cerca, pero no encontré ningún listado ni nada.
– A lo mejor tenías que haberte quedado más tiempo e investigar más.
Rachel guardó silencio. Aún estaba perpleja por la forma en que la trataba Backus.
– No digo que no -respondió al cabo de unos momentos-. Pero creo que de eso pueden ocuparse los agentes de Florida. Soy la encargada de este caso, ¿recuerdas, Bob?
– Lo recuerdo.
Nos quedamos todos callados otra vez y me dediqué a mirar por mi ventanilla. Cuando me pareció que la tensión había decaído un poco, miré a Rachel arqueando las cejas. Hizo el gesto de ir a acariciarme, pero lo pensó mejor y bajó la mano.
– Te has afeitado. -Sí.
Backus miró hacia atrás, a mí, brevemente.
– Sabía que algo había cambiado -comentó.
– ¿Cómo ha sido eso? -me preguntó Rachel. Me encogí de hombros.
– No sé. Hablaron por la radio.
– Un cliente.
Cárter cogió el micro y dijo:
– Descripción.
– Hombre blanco, veintitantos, cabello rubio, lleva una caja. No se ven vehículos. Se dirige a Data o a cortarse el pelo en el establecimiento de al lado. Buena falta le hace.
Justo a la izquierda de Data lmaging Answers había una peluquería. Al lado derecho había una ferretería que estaba cerrada. Los agentes de vigilancia habían estado todo el día informando sobre posibles clientes, pero la mayoría habían entrado en la peluquería.
– Ha entrado.
Me incliné hacia delante para ver el monitor y vi al hombre de la caja entrando en la tienda. El vídeo enmarcaba una
imagen en blanco y negro que abarcaba todo el establecimiento. La figura se veía demasiado confusa y pequeña como para dilucidar si se trataba de Gladden o no. Contuve el aliento, como cada vez que entraba un cliente. El hombre fue directo al mostrador donde estaba Thorson. Vi que Thorson se llevaba la mano al pecho, dispuesto a sacar el arma de la sobaquera si fuera necesario.
– ¿Qué desea, señor? -preguntó.
– Verá, traigo unas agendas excelentes -dijo, mientras hurgaba en la caja. Thorson se puso de pie-. Muchos de sus vecinos ya las han comprado.
Thorson le sujetó por el brazo para que no se moviera y con la otra mano inclinó la caja para ver lo que había dentro.
– No me interesa -le dijo tras examinar el contenido.
El vendedor, un tanto sorprendido por la reacción de Thorson, se recuperó y prosiguió con su presentación.
– ¿Está seguro? Son sólo diez billetes. Esto le costaría a usted treinta o treinta y cinco dólares en cualquier tienda de material de oficina. Es piel auténtica y…
– No me interesa, gracias.
El vendedor se volvió hacia Coombs, que estaba sentado tras el otro escritorio.
– ¿Y usted, señor? Permítame mostrarle el modelo de lujo que…
– No nos interesa -le dijo Thorson malhumorado-. Ahora, haga el favor de salir de aquí, tenemos trabajo. No tratamos con vendedores a domicilio.
– Ya, ya veo. Pues que tengan un buen día. El hombre salió de la tienda.
– Chicos -dijo Thorson.
Sacudió la cabeza sin moverse del sitio y no añadió nada más. Luego bostezó. Se me contagió, ya Rachel se lo contagié yo.
– La excitación está tumbando a Gordon -comentó Backus.
A mí también. Necesitaba una dosis de cafeína. Si hubiera estado en la redacción, a esas horas ya me habría tomado al menos seis tazas. Pero como estábamos en misión de vigilancia, sólo habíamos ido a buscar bocadillos y café una vez, y hacía ya tres horas.
Abrí la portezuela.
– Voy a por café. ¿Vosotros queréis, chicos?
– Te lo vas a perder, Jack -dijo Backus en son de broma.
– Sí, ya. Ahora comprendo de qué les vienen las hemorroides a tantos polis. De tanto esperar sentados para nada.
Salí y las rodillas me crujieron al ponerme en pie, Cárter y Backus dijeron que no querían café, pero Rachel dijo que se tomaría uno encantada. Esperaba que no se le ocurriera decir que venía conmigo, y no lo dijo.
– ¿Cómo lo quieres? -le pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
– Solo -dijo, sonriendo ante mi forma de disimular.
– De acuerdo. Vuelvo enseguida.
42
Puse cuatro vasos de café solo en una caja de cartón y me presenté en Data Imaging Answers para ver la cara de sorpresa que ponía Thorson. Antes de que éste pudiera decir una palabra, sonó el teléfono. Contestó y dijo:
– Ya lo sé.
Me tendió el auricular.
– Es para ti, Sport. Era Backus.
– Jack, sal de ahí ahora mismo, maldita sea
– Sí, sí. Sólo quería dejarles unos cafés a estos chicos. Ya viste a Gordon, se está quedando dormido de aburrimiento.
– Muy gracioso, Jack, pero sal inmediatamente. El acuerdo era que tú harías las cosas a mi manera y que yo protegería tu exclusiva. Ahora, por favor, haz lo que te… ¡Eh! Viene un cliente. Díselo a Thorson, es una mujer.
Me puse el teléfono contra el pecho y miré a Thorson.
– Viene un cliente. Pero es una mujer. Volví a ponerme el auricular en el oído.
– Vale, ya salgo -le dije a Backus.
Colgué, saqué una taza de café de la caja y se la dejé a Thorson en el escritorio. La puerta se abrió a mi espalda, el ruido del tráfico de Pico se oyó con más intensidad durante un momento y después quedó amortiguado otra vez, al cerrarse de nuevo la puerta. Sin volverme hacia la persona que había entrado, me dirigí a la mesa en que se sentaba Coombs.
– ¿Café?
– Muchas gradas.
Dejé allí otra taza y saqué de la caja cuatro azucarillos, crema de leche en polvo y cucharillas de plástico. Al dar media vuelta, vi a la mujer ante el mostrador de Thorson, rebuscando en un enorme bolso negro. Tenía el cabello rubio y sedoso y le caía en una melena a lo Dolly Parton. Era una peluca, desde luego. Llevaba una blusa blanca, falda corta y medias negras. Era alta, lo habría sido incluso sin tacones. Me percaté de que cuando entró en la tienda, ésta se llenó de un fuerte olor a perfume.