– ¡Ah! -dijo, cuando por fin encontró lo que buscaba-. He venido a buscar esto.
Puso un papel amarillo y doblado sobre el mostrador, al alcance de Thorson. Éste miró a Coombs para indicarle que se ocupara él de ese asunto.
– Tranquilo, Gordon -le dije.
Cuando ya me dirigía hacia la puerta, miré hacia Thorson esperando una respuesta a mi insistencia en utilizar el apodo por el que Backus lo llamaba. Vi que miraba el papel amarillo, ya desdoblado, que la mujer le había dado y que tenía los ojos fijos en algo. Después, desvió la mirada hacia la pared izquierda de la tienda. Yo sabía que estaba mirando a la cámara, a Backus. Luego se volvió hacia la mujer. En ese momento, yo estaba justo detrás de ella y sólo veía los ojos de Thorson por encima de su hombro. Se estaba levantando y vi que abría la boca como para pronunciar una «O», pero no dijo nada. Iba llevándose la mano al pecho, hacia e! interior de la chaqueta. Entonces vi que la mujer sacaba del bolso e! brazo derecho. Cuando lo separó del torso, vi que en la mano llevaba un cuchillo.
Le clavó el arma a Thorson antes de que éste sacara la suya. Oí su grito ahogado cuando el cuchillo se le hundió en la garganta. Empezó a derrumbarse mientras le salía disparado un chorro de sangre arterial y manchaba el hombro de la mujer, al tiempo que ella se inclinaba sobre el escritorio buscando algo.
Se irguió de repente y se dio media vuelta con el arma de Thorson en la mano.
– ¡Que no se mueva nadie, joder!
La voz femenina había desaparecido, y en su lugar vociferó un macho acorralado, tenso, casi histérico. Apuntó a Coombs con el arma, y luego a mí.
– Apártese de la puerta. ¡Entre!
Dejé caer la caja con las dos tazas de café, levanté las manos y me alejé de la puerta en dirección al interior de! establecimiento. Entonces, el hombre disfrazado giró sobre sus talones y se encaró otra vez hacia Coombs, que lanzó un grito.
– ¡No, por favor! ¡Nos están mirando, no!
– ¿Quién nos está mirando? ¿Quién?
– ¡Nos están mirando por la cámara!
– ¿Quién?
– El FBI, Gladden -dije, en el tono más tranquilo que pude, que seguramente no estaba lejos del grito que había emitido Coombs.
– ¿Nos oyen?
– Sí, nos oyen.
– ¡FBI! -gritó Gladden-. FBI: Ya tenéis un muerto. Si entráis aquí, tendréis dos más.
Entonces, se volvió hacia e! mostrador y apuntó a la luz roja de la cámara col lia pistola de Thorson. Disparó tres veces al objetivo, hasta que le dio y saltó por los aires partido en dos.
– Ven aquí -me gritó-. ¿Dónde están las llaves?
– ¿Qué llaves?
– Las de la tienda, joder.
– Tranquilízate, yo no trabajo aquí.
– Entonces, ¿quién trabaja aquí? -preguntó apuntando el arma hacia Coombs.
– En el bolsillo, están en el bolsillo.
– Cierra esa puerta con llave. Si intentas escapar, te atravieso con una bala como a la cámara.
– Sí, señor.
Coombs hizo lo que le habían mandado y después Gladden nos obligó a retiramos al fondo de la tienda y a sentarnos en el suelo contra la puerta de atrás, que daba al almacén, para que nadie pudiera entrar por allí. Después tumbó los dos escritorios para hacer una barricada que detuviera posibles balas disparadas desde la calle hacia las vitrinas. Se agachó tras el mostrador que había ocupado Thorson.
Desde donde estaba vi el cuerpo de Thorson. Su camisa estaba empapada de sangre. No se movía y tenía los ojos entreabiertos y fijos. El mango del cuchillo todavía le sobresalía de la garganta. Me estremecí al verlo; hacía sólo un momento que aquel hombre estaba vivo y, tanto si me caía bien como si no, lo conocía. Ahora estaba muerto.
De pronto se me ocurrió que Backus debía de estar aterrorizado. Sin la cámara de vídeo, tal vez se hubiera enterado del fin de Thorson. Si creía que aún estaba vivo. Y que había posibilidades de rescatarlo, era de esperar que en cualquier momento apareciera el equipo de intervención inmediata con granadas de mano y todo lo demás. Y si lo daban por muerto, ya podía prepararme para pasar una larga noche.
– Entonces, ¿tú no trabajas aquí? -me dijo Gladden-. ¿Quién eres? ¿Te conozco? Dudé. ¿Quién era yo? ¿Le decía la verdad a aquel hombre?
– ¿Eres del FBI?
– No, no soy del FB!. Soy periodista.
– ¿Periodista? Has venido a por mi historia, ¿no es verdad?
– Si quieres contarla… Si quieres hablar con el FBI, pon en su sitio ese teléfono que está en el suelo. Llamarán por esa línea.
Miró hacia el teléfono que se había caído, el auricular por un lado y el cuerpo por otro, al derribar el escritorio. En ese preciso instante empezó a emitir el pitido de que estaba descolgado. Lo alcanzó sin ponerse al descubierto, tiró del cable y colgó el auricular en su sitio. Me miró.
– Y sé quién eres -me dijo-. Eres… Sonó el teléfono y contestó él.
– Hable -ordenó.
Escuchó en silencio unos largos momentos y por fin respondió:
– Bien, bien, agente Backus, encantado de volver a tratar con usted. He aprendido muchas cosas de usted desde la última vez que nos vimos en Florida. Y de su padre, naturalmente. He leído su libro. Siempre confié en que volveríamos a hablar… Usted y yo. No, verá, eso sería imposible porque tengo aquí a un par de rehenes. Si usted me jode a mí, yo me los fallo a ellos de maneras que le parecerán increíbles cuando venga y lo vea. ¿Se acuerda de Attica? Piénselo, agente Backus. Piense en cómo afrontaría su padre esta situación. Tengo que colgar.
Colgó y me miró. Se quitó la peluca y la arrojó con furia al otro extremó de la tienda.
– ¿Cómo diablos te has metido en esto, periodista? El FBI no permite…
– Tú mataste a mi hermano. Por eso me he metido en esto. Gladden se quedó un rato mirándome fijamente.
– Yo no he matado a nadie.
– Te han atrapado. Nos hagas lo que nos hagas, te han pillado, Gladden. Y no te dejarán escapar de aquí. Saben…
– ¡Basta, cierra el pico, joder! No tengo por qué escucharte. Gladden cogió el auricular y marcó un número de teléfono.
– Póngame con Krasner, es muy urgente… William Gladden… Sí, el mismo.
Nos quedamos mirándonos mientras esperaba que se pusiera el abogado. Traté de mostrarme tranquilo, aun que la procesión iba por dentro. Aquello no podía acabar sin que muriera alguien más. Gladden no parecía una persona que se dejase convencer con palabras, capaz de levantar las manos y rendirse para que lo amarrasen a la silla eléctrica o lo encerraran en la cámara de gas al cabo de unos años, según en qué estado lo juzgaran primero.
Al parecer, Krasner se puso al teléfono y en diez acalorados minutos Gladden le puso al corriente de la situación, enfadándose cada vez que el abogado le aconsejaba diferentes formas de proceder. Hasta que, por fin, colgó el teléfono de un trompazo.
– ¡A la mierda!
Me quedé en silencio. Suponía que cada minuto que pasaba jugaba a mi favor. El FBI tenía que estar urdiendo algo allá fuera. Los tiradores de élite o el grupo de asalto.
La calle se estaba oscureciendo por momentos. Miré por el cristal del escaparate hacia la plaza del centro comercial, al otro lado de la calle. Eché una ojeada a los tejados, pero no vi nada, ni siquiera el cañón delator del rifle de un francotirador, todavía no.
Advertí que no había tráfico por Pico. Habían cerrado la calle. No sabía lo que iba a pasar, pero iba a pasar enseguida.
Miré hacia Coombs preguntándome si habría alguna forma de decirle que se preparase.
Coombs tenía la camisa húmeda de sudor. El nudo de la corbata estaba empapado del sudor que le bajaba por las mejillas y el cuello. Tenía el aspecto del que lleva casi una hora vomitando. Estaba mareado.