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– ¿Qué pasa aquí? -preguntó Honigman a Emily.

– Esperar, por favor -dijo Kumhar, de nuevo con las manos levantadas, pero se movió hacia la cómoda en una postura defensiva-. Le enseño papeles. Sí. ¿De acuerdo? Usted ver papeles.

Avanzó hacia una cómoda de mimbre. Cuando extendió las manos hacia los tiradores, Honigman dijo:

– ¡Quieto ahí, colegui! Retroceda. Deprisa. ¡Vuelva aquí!

Kumhar alzó las manos.

– No daño -gritó-. Por favor. Papeles. Tengo papeles.

Emily comprendió. Eran la policía. Él era extranjero.

– Quiere enseñarnos sus documentos legales, Billy. Deben de estar en el cajón. -Agitó la cabeza en dirección al paquistaní-. No hemos venido para examinar sus papeles, señor Kumhar.

– Papeles, sí.

Kumhar asintió frenéticamente. Empezó a abrir uno de los cajones de mimbre.

– ¡Quieto ahí, colegui! -chilló Honigman.

El paquistaní se apartó de un salto. Corrió hacia el lavabo situado en una esquina de la habitación. Detrás había una pila de revistas. Parecían muy manoseadas, con las puntas de algunas páginas dobladas y las portadas manchadas de aros de café y té. Desde donde estaba, Emily vio los títulos: Country Life, Helo!, Woman's Own, Vanity Fair. Entre ellas había un diccionario Collins de bolsillo. Parecía tan sobado como las revistas.

El agente Honigman registró el cajón que Kumhar había empezado a abrir.

– Aquí no hay armas -dijo, y lo cerró de golpe.

Por su parte, Kumhar espiaba todos sus movimientos. Daba la impresión de que estaba concentrado en impedir que su cuerpo se arrojara por la ventana abierta. Emily pensó en cuál era el significado de su patente deseo de escapar.

– Siéntese, señor Kumhar -dijo, e indicó la única silla de la habitación.

Estaba ante una mesita cubierta de periódicos, sobre la que había una casa de muñecas en construcción. Por lo visto, Kumhar había interrumpido su trabajo para ir a la papelería. La llegada de la policía había interrumpido todavía más su tarea. Había un tubo de cola sin tapar sobre la mesa, y cinco tejas para montar el tejado impregnadas del líquido. La casa era de un diseño decididamente inglés: la miniatura del tipo de vivienda que podía encontrarse en casi cualquier rincón del país.

Kumhar se acercó con cautela a la silla. Caminaba a paso de tortuga, como convencido de que, al menor movimiento en falso, el pesado brazo de la ley se abatiría sobre él. Emily no se movió de su sitio, al lado de la ventana. Honigman se acercó a la puerta. Detrás de ella, el perro de lanas lloriqueó. Era evidente que la señora Kersey no había establecido ninguna relación entre la puerta cerrada en sus narices y el deseo de privacidad.

Emily movió la cabeza en dirección a la puerta. Honigman asintió. La abrió e intercambió unas pocas palabras con la propietaria. Permitió que asomara un momento la cabeza para comprobar que su inquilino no había sufrido daños. Al parecer, después de haber visto tantos telefilmes norteamericanos, esperaba encontrar a Fahd Kumhar en el suelo, ensangrentado y esposado. Al verle sentado en la silla, apoyó al perro bajo su barbilla y retrocedió. Honigman cerró la puerta.

– Haytham Querashi, señor Kumhar -dijo Emily-. Haga el favor de explicar su relación con él.

Kumhar hundió las manos entre las rodillas. Estaba muy delgado, con el pecho hundido y los hombros caídos. Una camisa blanca recién planchada, abotonada hasta el cuello y en los puños, pese al calor, los cubría. Llevaba pantalones negros, con una tira de cuero marrón a modo de cinturón, demasiado larga para su cintura, y que colgaba flaccida como la cola de un perro reprendido. No contestó. Tragó saliva y se mordisqueó los labios.

– El señor Querashi le extendió un cheque por cuatrocientas libras. Su nombre constaba en más de un mensaje telefónico dejado para él en el hotel Burnt House. Si los ha leído -indicó los periódicos sobre los que descansaba la casa de muñecas-, ya sabrá que el señor Querashi ha muerto.

– Papeles -dijo Fahd Kumhar, y movió la cabeza entre la cómoda y Honigman.

– No he venido por sus papeles. -Emily habló más despacio y en voz más alta, aunque su auténtico deseo era sacudirle hasta conseguir que comprendiera. ¿Por qué demonios la gente emigraba a un país cuyo idioma era un misterio para ella?, se preguntó-. Hemos venido para hablar de Haytham Querashi. Le conocía, ¿verdad? ¿Conocía a Haytham Querashi?

– El señor Querashi, sí.

Las manos de Kumhar se tensaron sobre sus rodillas. Temblaba tanto que la tela de su camisa se agitaba como si soplara brisa.

– Fue asesinado, señor Kumhar. Estamos investigando ese asesinato. El hecho de que le diera cuatrocientas libras le convierte en sospechoso. ¿Para qué era ese dinero?

A juzgar por sus temblores, parecía que el asiático estuviera sufriendo un ataque de apoplejía leve. Emily estaba convencida de que podía entenderla, pero cuando contestó, lo hizo en su idioma. Un chorro de palabras ininteligibles brotó de su boca.

Emily interrumpió lo que debía ser una ristra de protestas de inocencia.

– En inglés, señor Kumhar, por favor -dijo, impaciente-. Ha oído bien su nombre, y entiende lo que le estoy preguntando. ¿Cómo conoció al señor Querashi?

Kumhar continuó farfullando.

– ¿Dónde le conoció? -siguió Emily-. ¿Por qué le dio el dinero? ¿Qué hizo con él?

Más farfúlleos, esta vez en voz más alta. Kumhar se llevó las manos al pecho y empezó a gimotear.

– Conteste, señor Kumhar. No vive lejos de la plaza del mercado. Sabemos que el señor Querashi estuvo allí. ¿Le vio alguna vez? ¿Fue así como se conocieron?

Parecía que el asiático estaba repitiendo la palabra «Alá» una y otra vez. Formaba parte de un cántico ritual. Brillante, pensó Emily, era la hora de rezar de cara a La Meca.

– Conteste a las preguntas -dijo, con un volumen comparable al del hombre.

Honigman se removió.

– Creo que no la entiende, jefa.

– Oh, ya lo creo que me entiende. Me atrevería a decir que su inglés es tan bueno como el nuestro cuando le da por ahí.

– La señora Kersey dijo que no lo dominaba mucho -recordó Honigman.

Emily no le hizo caso. Sentada delante de ella había una verdadera fuente de información sobre el hombre asesinado, y tenía la intención de llegar hasta su origen mientras el hombre estuviera a su merced.

– ¿Conoció al señor Querashi en Pakistán? ¿Conocía a su familia?

– 'Ulaaa- 'ika 'alaa Hudammir-Rabbihim wa 'ulaaaa-ika humul-Muf-lihunn -canturreó el desdichado.

Emily alzó la voz para imponerse al galimatías.

– ¿Dónde trabaja, señor Kumhar? ¿Cómo se gana la vida? ¿Quién paga esta habitación? ¿Quién compra sus cigarrillos, sus revistas, sus periódicos, sus chocolatinas? ¿Tiene coche? ¿Qué está haciendo en Clacton?

– Jefa -dijo Honigman, inquieto.

– 'Innallaziina 'aamanuu wa 'amilus-saalihaati lanhum…

– ¡Mierda!

Emily descargó el puño sobre la mesa. El asiático se encogió al instante y calló.

– Deténle -dijo Emily a su agente.

– ¿Qué? -dijo Honigman.

– Ya me ha oído, agente. Deténgale. Le quiero en Balford. Le quiero arrestado. Quiero que tenga la oportunidad de decidir cuánto inglés comprende en realidad.

– Entendido -dijo Honigman.

Se acercó al asiático y le cogió del brazo. Tiró de él hasta que se puso en pie. Kumhar empezó a farfullar de nuevo, pero esta vez rompió a llorar.

– Joder -dijo Honigman a Emily-. ¿Qué le pasa a este tío?

– Eso es exactamente lo que pienso averiguar -respondió Emily.

La puerta del número 6 de Alfred Terrace estaba abierta cuando Barbara llegó. Desde el interior de la angosta casa, la música atronaba y el televisor parloteaba en un volumen tan alto como el día anterior. Golpeó con los nudillos un lado del desteñido arquitrabe, pero sólo una perforadora en plena acción habría podido abrir un hueco en el estruendo.