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Pero Akram Malik no se daba cuenta. Ni tampoco reparaba en las sonrisas de superioridad que dibujaban a sus espaldas ante aquellas costumbres extrañas. Tampoco observaba las miradas que intercambiaban, con los ojos alzados al cielo y encogimientos de hombros, cada vez que conducía a sus empleados musulmanes al patio, donde rezaban.

Como estaban haciendo ahora, y con una devoción que Sahlah era incapaz de imitar. Se erguía como ellos, se movía al tiempo que ellos, sus labios formaban las palabras apropiadas. Pero en su caso, todo era puro teatro.

Un movimiento fuera de lo normal llamó su atención. Se volvió. Su primo desterrado, Taymullah Azhar, había entrado en el patio. Estaba hablando en susurros a Muhannad. En respuesta a lo que le estaba diciendo, la cara de Muhannad se puso tensa. Al cabo de un momento, cabeceó con brusquedad e indicó la puerta. Los dos hombres salieron juntos.

Akram se levantó, después de prosternarse por última vez al frente de su pequeña congregación de creyentes. Concluyó las oraciones con un recitado del taslim, en el que suplicaba paz, misericordia y las bendiciones de Dios. Mientras Sahlah le miraba y escuchaba sus palabras, se preguntó cuándo sería concedida a su familia alguna de aquellas tres peticiones.

Como siempre, los empleados de Malik volvieron al trabajo sin perder ni un segundo más. Sahlah esperó a su padre en el umbral de la puerta.

Le observó sin que se diera cuenta. Estaba envejeciendo, y apenas se había percatado hasta aquel momento. Llevaba el pelo peinado y esparcido con sumo cuidado sobre la cabeza, pero era más ralo de lo que recordaba. Su mandíbula había perdido su antigua firmeza, y su cuerpo, que siempre se le había antojado fuerte como el acero, se había ablandado, como si hubiera perdido cierta resistencia. Debajo de sus ojos, la piel se veía oscura. Y su paso, que había sido ligero y decidido, ahora parecía vacilante.

Quiso decirle que nada importaba tanto como el futuro que tanto anhelaba, un futuro en el que plantaba raíces y una familia en una pequeña ciudad de Essex, y construía una vida allí para sus hijos, sus nietos y otros asiáticos como él, que habían abandonado su país en persecución de un sueño. Pero ella había participado en la destrucción de ese futuro. Cualquier referencia a él nacería de la necesidad de mantener una falsa apariencia que, en aquel momento, no podía ni imitar.

Akram entró en el edificio. Se detuvo para cerrar la puerta a su espalda. Vio que su hija le estaba esperando junto a la fuente de agua y avanzó hacia ella, aceptando el vaso de papel que ella le tendía.

– Pareces cansado, Abhy -dijo Sahlah-. No hace falta que te quedes en la fábrica. El señor Armstrong se ocupará de todo durante el resto de la tarde. ¿Por qué no vuelves a casa?

Tenía más de un motivo para hacer aquella sugerencia, por supuesto. Si abandonaba la fábrica mientras su padre estaba, no tardaría en enterarse y querría saber por qué. «Rachel me ha telefoneado y hay una emergencia» había servido a sus propósitos el día anterior, cuando se había ido para reunirse con su amiga en los Clifftop Suggeries. No podía utilizar la misma excusa.

Akram tocó su hombro.

– Sahlah, soportas el peso de nuestra desgracia con una energía que no acierto a comprender.

Sahlah no deseaba alabanzas, porque torturaban su conciencia. Pensó en alguna respuesta, algo que, al menos, fuera cercano a la verdad, porque ya no podía continuar inmersa en el proceso que había iniciado tantos meses antes: construir un cuidadoso laberinto de mentiras, proyectar una pureza de corazón, mente y alma que no poseía.

– No estaba enamorada de él, Abhy. Confiaba en amarle a la larga, como Ammi y tú os queréis, pero aún no había aprendido a quererle, así que no siento la pena que tú crees.

Los dedos del hombre se tensaron sobre su hombro, y luego acariciaron su mejilla.

– Quiero que conozcas en tu vida la devoción que siento por tu madre. Es lo que deseaba para Haytham y tú.

– Era un buen hombre -dijo, y reconoció para sus adentros la verdad de la afirmación-. Elegiste un buen marido para mí.

– ¿Una elección buena, o una elección egoísta? -preguntó el hombre en tono pensativo.

Recorrieron poco a poco el pasillo posterior de la fábrica, dejaron atrás la habitación de las taquillas y el salón de recreo de los empleados.

– Tenía mucho que ofrecer a la familia, Sahlah. Por eso le elegí. Desde que murió, no he cesado de preguntarme si le hubiera elegido de haber sido jorobado, malvado o de salud frágil. ¿Le habría elegido de todos modos, sólo porque necesitaba su talento? -Akram abarcó con un gesto las paredes de la fábrica-. Nos autoconvencemos de creer en toda clase de falsedades cuando nuestros intereses nos guían. Después, cuando acontece lo peor, reflexionamos sobre nuestros actos. Nos preguntamos si uno de ellos habrá sido el causante del desastre. Nos preguntamos si un acto alternativo nos habría ahorrado la calamidad.

– No te culpes de la muerte de Haytham -dijo Sahlah, angustiada al pensar que su padre cargaba con aquel peso.

– ¿Quién tuvo la culpa, si no? ¿Quién le trajo a este país? Y sólo porque yo le necesitaba, Sahlah. No tú.

– Yo también necesitaba a Haytham, Abhy-jahn.

Su padre vaciló antes de cruzar la puerta de su despacho. Su sonrisa era infinitamente triste.

– Tu espíritu es tan generoso como puro -dijo.

Ningún cumplido la habría herido más. En aquel instante, sintió el impulso de confesar la verdad a su padre, pero reconoció el egoísmo de aquel deseo. Si bien era cierto que experimentaría el alivio de despojarse del disfraz de una bondad que no poseía, lo haría a expensas de destrozar el espíritu de un hombre que, desde hacía mucho tiempo, era incapaz de comprender que el mal podía existir bajo un exterior piadoso.

Su desesperada necesidad de preservar la imagen que su padre tenía de ella la impulsó a decir:

– Vete a casa, Abhy-jahn. Por favor. Vete a casa.

La respuesta de Akram fue besar sus dedos y apretarlos contra las mejillas de Sahlah. Entró en su despacho sin decir nada más.

Sahlah volvió a la recepción, donde la esperaban sus tareas, mientras se devanaba los sesos para encontrar una excusa que le permitiera ausentarse de la fábrica durante el rato que necesitaba para hacer lo que debía. Si decía que estaba enferma, su padre insistiría en acompañarla a casa. Si aducía una emergencia en la Segunda Avenida (que uno de los niños había desaparecido y Yumn estaba asustada, por ejemplo), su padre tomaría cartas en el asunto al instante. Si desaparecía sin más… ¿Cómo podía hacerlo? ¿Cómo podía causar a su padre más preocupaciones y quebraderos de cabeza?

Se sentó detrás del mostrador de recepción y contempló los peces y las burbujas de la pantalla de descanso del monitor. Había trabajo que hacer, pero en aquel momento no podía pensar cuál era. Sólo podía pasar revista a las posibilidades en su mente: qué podía hacer para salvar a su familia y a ella al mismo tiempo. Sólo había una alternativa.

La puerta de la calle se abrió, y Sahlah alzó la vista. Dios es grande, pensó en silencio, exultante, cuando vio quién entraba en la fábrica. Era Rachel Winfield.

Había venido en bicicleta. Estaba apoyada justo al otro lado de la entrada, oxidada tras años de estar expuesta al aire salado de la ciudad. Llevaba una falda larga y transparente, y alrededor del cuello y en las orejas colgaban un collar y unos pendientes creación de Sahlah, confeccionados con rupias bruñidas y cuentas.

Sahlah intentó encontrar consuelo en el atuendo de Rachel, sobre todo en las joyas. Debía significar que, para Rachel, lo más importante era su necesidad de ayuda.

Sahlah no la saludó, ni tampoco permitió que el rostro serio de su amiga la desalentara. Se enfrentaba a un asunto grave. Ser cómplice de la destrucción de una vida incipiente, por más crítica que fuera la necesidad, no era algo que Rachel se tomara a la ligera.